La lucidez vence a la nostalgia
Enmma Suárez, Maribel Verdú y Ariadna Gil, en primer término - de san bernardo

La lucidez vence a la nostalgia

Lleno en el Palacio de Congresos de Toledo para ver «Los hijos de Kennedy»

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Título: Los hijos de Kennedy. Autor: Robert Patrick. Traducción, versión y dirección: José María Pou. Intérpretes: Emma Suárez, Fernando Cayo, Ariadna Gil, Alex García y Maribel Verdú. Iluminación: Juanjo Llorens. Audiovisuales: Álvaro Luna. Escenografía: Ana Garay.

Un buen título, «Los hijos de Kennedy», unos excelentes actores y actrices con profesionalidad y gancho mediático, como Maribel Verdú, Emma Suárez, Ariadna Gil, Fernando Cayo y Alex García, la presencia evidente de José María Pou en la concepción teatral, su saber y su dirección, y un texto muy apropiado para el lucimiento son ingredientes más que suficientes para lograr el éxito. De éxito total habla el hecho de que casi mil personas llenen el salón del Palacio de Congresos «El Greco» de Toledo para aplaudir con fuerza esta obra de Robert Patrick, estrenada en 1973 en el cuarto trasero de un pub londinense y luego triunfadora en teatros de todo el mundo.

Cinco veladores en el marco de un bar sin vasos ni bebidas, cinco personas, cinco historias diferentes, cinco monólogos (pues en ningún momento se establece diálogo entre los personajes), que se van intercalando para componer un mosaico, conforman una obra que no habla de los ilusionantes años sesenta, sino del detritus social en el que acabaron convertidas muchas de aquellas personas que vivieron el my flowers, la cultura underground, el mayo francés, la psicodelia y todo tipo de drogas, el amor libre, el pacifismo, la guerra del Vietnam, la píldora anticonceptiva, los derechos de la mujer o el poder negro, y quienes se entusiasmaron, en su bohemia y disidencia, con la música de los Beatles, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Bob Dylan o Joan Báez.

Son cinco historias de lo que podía haber sido y no fue y de lo que terminó siendo. La ilusión y los sueños de los sesenta de los “hijos” de Kennedy, de Martin Luther King o de Marilyn Monroe se resuelve en los setenta (momento desde el que cada uno cuenta su historia) en frustración, angustia, soledad y desencanto. Son cinco vidas, cinco caras simbólicas de una realidad posible. Wanda, Emma Suárez, es una secretaria un poco simple, que sigue recordando el mito de JFK y su memoria; Maribel Verdú hace el papel de Carla, la típica aspirante a actriz (con Marilyn al fondo) que insinúa ese mundo en el que hay que prostituirse de alguna forma si quieres conseguir cualquier cosa; la más “años sesenta” y hippy es Rona, representada por Ariadna Gil, que recuerda muy especialmente las luchas sociales, la contracultura, la experimentación y las drogas, pero, como todo y ella misma, se da la vuelta y se altera por el poder corruptor del dinero; Fernando Cayo interpreta, con una apreciable vis cómica, a Sparger, actor homosexual, lleno de vitalidad y miserias y nos muestra lo mucho que el director, José María Pou, entiende de teatro; y, Mark, Álex González, es el joven sesentero al que le meten de patas en una guerra sin sentido, Vietnam, en la que se convierte en uno de tantos desequilibrados que dejó aquella insensata contienda. El trabajo de todos ellos, ¡superlativo!

«Los hijos de Kennedy», en síntesis, es un texto que nos muestra el fracaso de cinco vidas, que son el espejo en el que se refleja alguna parte de sociedad de los hermosos años sesenta del siglo pasado.

El espectáculo es duro; sin embargo, se relaja con guiños como en los que se implica al público y se le hace partícipe en diversas ocasiones; también con el poder evocador de la música o con ese «toque» Pou de homenaje a la comedia musical y la ópera, que logra un momento sublime con la Casta Diva. La escenografía, perfectamente estudiada, y la iluminación ayudan a contextualizar el protagonismo de cada momento. Los audiovisuales son esenciales para mantener siempre presente el contexto histórico al que hace referencia el título.

En suma, casi mil espectadores han podido gozar de un teatro muy bien hecho y no creo que su conclusión haya sido una apelación a la nostalgia, sino más bien una llamada a la reflexión ante el cúmulo de emociones transmitidas por los actores y actrices que han estado sobre las tablas y el director/alma de la obra.