Escultura del Papa en Santiago - EFE

Un mini Vaticano volante dispuesto a aterrizar en España

Benedicto XVI viaja con 40 colaboradores que cubren todas las funciones

CORRESPONSAL EN ROMA Actualizado: Guardar
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Cuando el Papa viaja a un país, su avión se convierte en un mini Vaticano volante en el que una cuarentena de colaboradores aseguran todas las funciones de la Santa Sede: línea de mando, enlaces diplomáticos, seguridad, atención medica y enlaces con la Prensa, sobre todo con los 60 periodistas que se acomodan en la mitad posterior del avión. Es una maquinaria mínima pero disciplinada, ágil y muy eficaz. Durante el vuelo, el Papa mantiene siempre un encuentro con los periodistas para responder a preguntas enviadas de antemano. A su lado pueden verse tres colaboradores clave: el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, el secretario privado, Georg Gaenswein, y el portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi.

Los tres serán muy visibles a lo largo del viaje. El cardenal Bertone, «número dos» del Vaticano, le acompaña en todos los actos —ya sean diplomáticos, pastorales o litúrgicos—, mientras que el secretario privado, que es como su sombra, le acompaña en todo momento. Georg Gaenswein está siempre a solo unos metros: entrega al Papa los discursos y homilías, le pasa las gafas o le pone de nuevo en su lugar la esclavina o la casulla desordenada por el viento. El espigado sacerdote bávaro le acompaña también en el «papamóvil», junto con el arzobispo del lugar. La otra «sombra» del Papa es Domenico Giani, el comandante de la Gendarmería Vaticana, responsable de la seguridad del Santo Padre.

En un lugar más discreto, pero nunca lejano, está siempre su médico personal, el doctor Patrizio Polisca, acompañado por uno o dos ayudantes. Por suerte, el Papa goza de buena salud a sus 83 años, pero la misión de Polisca, con el apoyo del país visitado, es no dejar nada al azar y tener preparados de antemano los medios para una emergencia.

Más visible resulta Alberto Gasbarri, el organizador de los viajes. Su trabajo empieza muchos meses antes de la visita e incluye viajes para coordinar el programa, los itinerarios y los actos. Gasbarri, un individuo alto y elegante, vestido de traje oscuro como el resto del séquito, camina a unos metros del Pontífice indicándole el itinerario que debe seguir, el lugar que debe ocupar, etc.

Los actos litúrgicos, en cambio, son responsabilidad del maestro de ceremonias Guido Marini, quien también visita de antemano cada lugar, estudia cada movimiento y decide sobre los ornamentos, las lecturas, los cánticos, etc. En conjunto, los cuarenta colaboradores del Papa consiguen que todo vaya como una seda para que los fieles y el público puedan fijarse sin distracciones en lo principal: Benedicto XVI y su mensaje.

Cuando el Papa viaja a un país, su avión se convierte en un mini Vaticano volante en el que una cuarentena de colaboradores aseguran todas las funciones de la Santa Sede: línea de mando, enlaces diplomáticos, seguridad, atención medica y enlaces con la Prensa, sobre todo con los 60 periodistas que se acomodan en la mitad posterior del avión. Es una maquinaria mínima pero disciplinada, ágil y muy eficaz. Durante el vuelo, el Papa mantiene siempre un encuentro con los periodistas para responder a preguntas enviadas de antemano. A su lado pueden verse tres colaboradores clave: el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, el secretario privado, Georg Gaenswein, y el portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi.

Los tres serán muy visibles a lo largo del viaje. El cardenal Bertone, «número dos» del Vaticano, le acompaña en todos los actos —ya sean diplomáticos, pastorales o litúrgicos—, mientras que el secretario privado, que es como su sombra, le acompaña en todo momento. Georg Gaenswein está siempre a solo unos metros: entrega al Papa los discursos y homilías, le pasa las gafas o le pone de nuevo en su lugar la esclavina o la casulla desordenada por el viento. El espigado sacerdote bávaro le acompaña también en el «papamóvil», junto con el arzobispo del lugar. La otra «sombra» del Papa es Domenico Giani, el comandante de la Gendarmería Vaticana, responsable de la seguridad del Santo Padre.

En un lugar más discreto, pero nunca lejano, está siempre su médico personal, el doctor Patrizio Polisca, acompañado por uno o dos ayudantes. Por suerte, el Papa goza de buena salud a sus 83 años, pero la misión de Polisca, con el apoyo del país visitado, es no dejar nada al azar y tener preparados de antemano los medios para una emergencia.

Más visible resulta Alberto Gasbarri, el organizador de los viajes. Su trabajo empieza muchos meses antes de la visita e incluye viajes para coordinar el programa, los itinerarios y los actos. Gasbarri, un individuo alto y elegante, vestido de traje oscuro como el resto del séquito, camina a unos metros del Pontífice indicándole el itinerario que debe seguir, el lugar que debe ocupar, etc.

Los actos litúrgicos, en cambio, son responsabilidad del maestro de ceremonias Guido Marini, quien también visita de antemano cada lugar, estudia cada movimiento y decide sobre los ornamentos, las lecturas, los cánticos, etc. En conjunto, los cuarenta colaboradores del Papa consiguen que todo vaya como una seda para que los fieles y el público puedan fijarse sin distracciones en lo principal: Benedicto XVI y su mensaje.