El ruso Vladimir Ladyhensky perdió la vida hace unos días en un campeonato de sauna tras pasar seis minutos a 110 grados. - AFP

Hambre de fama

El afán de notoriedad lleva a muchos a protagonizar situaciones delirantes. El reto es hacerse conocido, pero el precio es cada vez más alto

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La muerte del ruso Vladimir Ladyhensky en el último Campeonato Mundial de Sauna celebrado en Finlandia hace unos días y la hospitalización por diversas quemaduras del otro finalista y aspirante a revalidar el título, resulta incomprensible para muchos. Los participantes, que tenían que soportar temperaturas de hasta 110 grados, eran observados por centenares de personas que acudieron a ver la competición y jalearles.

¿Qué puede mover a gente aparentemente normal a participar en este tipo de certámenes, hacer cola para llenar realities, o conseguir sus «quince minutos de fama» en internet haciendo «balconing»?

El afán de notoriedad o la fama efímera que acompaña a algunas personas se erige como una moda dictatorial cada vez más ansiada por jóvenes y no tan jóvenes.

Pero este éxito pocas veces se basa en grandes hazañas o pruebas extremas donde la realización personal es el punto clave. Al contrario, se puede alcanzar participando en concursos donde el esfuerzo brilla por su ausencia. El único cometido: ser conocidos por la audiencia, hagan lo que hagan, pasando si hace falta por encima de los demás y sin pensar en las consecuencias que puede producir su conducta.

Algo parecido pasa con la nueva moda instalada en la costa española, denominada «balconing», con jóvenes en su mayor parte extranjeros que se arrojan desde balcones de complejos hoteleros y apartamentos a la piscina, normalmente en estado de embriaguez. Esta arriesgada práctica, en busca de tres minutos de fama en algún portal de internet, ha supuesto ya en España cuatro muertes en lo que va de año.

La audiencia, formada por espectadores de concursos al que acuden personas en busca de una fama rápida y de aquellos que observan, con un toque de morbo, estas arriesgadas «hazañas», se constituye como clara partícipe en este juego que a veces parece estar por encima de la realidad.

Como expone Enrique García Huete, psicólogo y director de Quality Psicólogos, «vivimos en una sociedad de consumo en el que las alternativas laborales para los jóvenes son escasas. Por ello, algunos de ellos, sin formación, pueden buscar opciones en el que el dinero o la fama son relativamente fáciles».

En busca de algo efímero Enrique García afirma: «El poder, el prestigio y la fama muchas veces son sinónimos de dinero fácil» que no sólo facilita la vida a muchos, sino que abre las puertas al mundo de la fama, aunque ésta sea efímera».

El problema es que esta necesidad de notoriedad no es tomada en su justa medida. El escarnio social al que después se enfrentan algunos se suma a las consecuencias que derivan de su paso por el camino de la fama. «A veces hay que atender no sólo a los concursantes, sino también a la familia».

Todo un reto que muchos no se plantean. Un mundo que dista mucho de la realidad, pero que a veces enmascara graves situaciones. Y es que la fama cuesta. Tras el incidente de Helsinki, quizá se empiece a plantear la necesidad real de este tipo de acciones, con valores que den paso a una nueva visión, si no más comprensible para el común de los mortales, sí para salvar el sentido del ridículo.