Miguel Fernández del Pino - IGNACIO GIL
entrevista a miguel fernández del pino ginecólogo

«Todos los médicos estamos de acuerdo: el aborto es un crimen»

Ha traído al mundo a más de diez mil bebés. Sigue pensando que la relación médico-paciente es la razón de ser de su trabajo

Actualizado:

Sesenta años ejerciendo la Medicina. Con sabiduría, humanidad, calor, criterio, sensibilidad. ¿Cuántos niños ha traído al mundo?

—He asistido unos 28 partos mensuales, desde 1963 hasta 1992. Luego lo dejé y me quedé con la medicina ginecológica.

—Usted ha sido testigo del cambio demográfico español, de familias con muchos hijos a la situación actual de emergencia. ¿Qué nos ha pasado?

—Cuando terminé la carrera, lo mínimo eran de tres a seis hijos por familia. Yo he llegado a hacer nueve cesáreas en la misma persona.

—Ha ayudado a nacer a tres generaciones.

—Ahora te vienen las nietas, que empiezan a tener otros problemas como infecciones, molestias, te preguntan sobre vivir en pareja...

—¿Cómo eran sus pacientes en 1960 en un Madrid de aluvión, de gente que venía del campo, de pueblos pequeños, aislados, y cómo son ahora?

—Yo estoy seguro que antes sabían mucho más que ahora. Las abuelas enseñaban a las madres, estas a las mujeres jóvenes, y tenían una inquietud por formarse como personas. Hoy en día, los jóvenes están muy desinteresados en casi todo. En las consultas me llegan ingenieras, arquitectas... y luego parece que son analfabetas.

—¿....?

—Porque cuando preguntan no tienen ni idea de nada. Les tienes que enseñar a cómo tienen que lavarse, o a tener un orden en su manera de ser y orientarles un poco. Antes educaban en la prudencia. «¡Se prudente, hija mía!», decían las abuelas, y las hijas y nietas seguían esa prudencia.

—¿Y en la atención a los hijos?

—Antes atendían a los hijos maravillosamente; y ahora la mayoría de las chicas jóvenes...

—¿Se ha perdido la buena costumbre del paciente agradecido que enviaba su pavo engordado?

—De los pueblos nos traían unos higos esplendorosos, gallos de pelea, arrope, el pavo que era el pavo del médico: a mí lo enviaron durante 17 años de un pueblecito de Zaragoza.

—¿Y los problemas de conciencia de los médicos y ginecólogos con respecto al aborto?

—Pero los médicos todos estamos de acuerdo en que el aborto no se puede legalizar prácticamente.

—¿Hay una objeción del médico?

—Sí, hay objeción de conciencia. Es un asunto muy delicado, muy difícil de manejar, pero todos los médicos estamos de acuerdo en que el aborto es un crimen, indudablemente.

—En España, desgraciadamente, ya se han empezado a practicar esa clase de crímenes.

—Sí, es un crimen. Cuando haces hoy una ecografía, a los poquitos días ya ves cómo el corazón está latiendo, y cómo a la tercera o cuarta semana va creciendo y se van formando los demás órganos...

—Más allá del aborto, ¿cómo supera una madre la pérdida terrible de un bebé?

—Lo suelen superar por el amor a la familia, por el deseo de tener un nuevo hijo...

—¿Cuáles han sido sus maestros, don Miguel?

—Gregorio Marañón, Jiménez Díaz, Enrique de Salamanca, Vallejo-Nágera, y jefes míos el profesor Luis Agüero García, que me empujó, y con el profesor Matanzo, director del Santa Cristina.

—¿Se ha deshumanizado la medicina, hoy?

—Puede que sí. Está más mecanizada, pero en una parte nada más. Estoy viendo, constantemente, cómo hay infinidad de personas que van a consolar al triste, ayudar al paciente, organizarlos, orientarlos, cosas que los médicos quisieran hacer, pero no tienen tiempo.

—¿Cuánto tiempo hay que dedicar al paciente?

—Como mínimo, de quince a veinte minutos.

—¿Y lo ideal?

—Tres cuartos de hora es lo normal.

—¿El médico nace o se hace?

—Deben ser las dos cosas. Hay muchos que no tienen esa vocación en un principio, pero conforme la van ejerciendo se forja. Los científicos, los médicos españoles están muy preparados.

—Antes los médicos exploraban al paciente...

—...Y hoy se explora menos. La inspección es una de las cosas que nos han enseñado. A través de los ojos ves si el paciento es bajito o gordo, cómo tiene la piel, si está amoratado o demasiado pálido. Nos enseñaban a saber si un paciente había tenido polio o traumatismo nada más verle caminar.