Una familia colombiana, de paseo en la Plaza Mayor de Madrid - JULIÁN DE DOMINGO

Uno de cada cuatro niños nacidos en España es hijo de extranjeros

El último año, 120.000 de los 490.000 bebés inscritos en el Registro Civil era hijo de inmigrantes. Una década antes, apenas sumaban el 6 por ciento

CÉSAR COCA
BILBAO Actualizado:

Cada año que pasa el matrimonio cumple una función menor como legitimador de la prole, pero se da la circunstancia de que los extranjeros, que presentan una tasa de natalidad mayor que los españoles, se casan a una edad más tardía. Al menos, los que contraen matrimonio en España. Dicho de otra manera: disponen de menos tiempo para tener hijos pero lo aprovechan con más intensidad.

No obstante, la diferencia actual en la edad de contraer matrimonio —ocho meses en el caso de los varones, 17 en el de las mujeres— se ha ido reduciendo con el paso de los años, lo que refleja una adaptación a las costumbres locales.

El segundo paso, según explican los demógrafos, es que su tasa de natalidad empiece a aproximarse también a la media, pero quizá eso no suceda hasta la segunda generación o incluso más tarde.

El último paso para la homologación completa a las costumbres de la sociedad de acogida afectaría al divorcio. En la actualidad, aproximadamente un 4% de las rupturas matrimoniales que se producen en España están protagonizadas por extranjeros, cuando suponen el 12% de la población. La procedencia de muchos de ellos —países en los que no existe divorcio o solo se acogen al mismo por razones de tradición y económicas las parejas de clase media y alta— explica esa proporción tan baja en comparación con la que se da entre las parejas españolas.

El mestizaje ya no es un concepto objeto de debate o una perspectiva razonable de futuro. Es una realidad: uno de cada cuatro niños que nacen en España es hijo de extranjeros. En provincias como Gerona o Baleares son ya casi cuatro de cada diez. Hace solo una década, hallar en una maternidad un bebé cuyos progenitores no fueran españoles era tropezar con una rareza. Si se mantiene la tendencia, antes de 2020 los hijos de padre o madre de otra nacionalidad serán mayoría en varias provincias españolas. Y conceptos como raíces o identidad habrán sido puestos seriamente en tela de juicio. Ya no quedan sociedades cerradas.

El número de nacimientos inscritos en el Registro Civil con al menos uno de sus dos progenitores de otra nacionalidad ha crecido de forma paralela a la llegada de inmigrantes, aunque a un ritmo menor. En una década, la cifra de extranjeros residentes en España ha pasado de significar el 2% de la población a superar el 12%. En ese mismo período, los bebés con madre o padre extranjeros han aumentado del 6% al 24%. El último año fueron casi 120.000 sobre algo más de 490.000 nacimientos. Hace una década no llegaban a los 25.000, según los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística. La evolución ha sido continua, a razón de algo menos de dos puntos porcentuales por ejercicio hasta llegar a 2009, momento en el que se ha detenido el crecimiento, muy probablemente por la crisis económica, que ha afectado en mayor medida a los inmigrantes.

Al margen de ese frenazo, sin duda coyuntural, la aportación de los inmigrantes al incremento del número de nacimientos ha sido crucial. España llegó a tener durante los 90 una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. Tanto que el número de nacidos apenas compensaba los fallecimientos que se producían cada año. La mayor igualdad se dio en 1998: entre enero y diciembre de ese ejercicio nacieron solo 4.500 niños más que las personas que murieron en el mismo período. A partir de entonces el saldo vegetativo empezó a mejorar, y los inmigrantes han contribuido en gran medida a ello.

Pero, como sucede con otros aspectos demográficos, hay muchas diferencias regionales. Y en algunos casos un mayor número de inmigrantes no produce por sí mismo una tasa superior de hijos de extranjeros. Baleares es un caso claro de correspondencia: es la autonomía con mayor número de residentes extranjeros -si se hace la excepción de la ciudad autónoma de Melilla- y es también la que inscribe cada año más bebés en el Registro con algún progenitor extranjero. En el lado contrario, La Rioja es la segunda en ese apartado y en cambio ocupa el sexto lugar por población inmigrante. Como es obvio, esas diferencias se explican por el origen de los extranjeros: en general, los procedentes del norte de África o algunos países latinoamericanos, como Ecuador, tienen más hijos que quienes proceden de la Europa comunitaria, Asia o el cono sur. Nada que pueda sorprender: también sus países registran tasas de natalidad muy superiores.

En torno al Mediterráneo

La geografía de los hijos de la inmigración tiene su polo de atracción en el Mediterráneo. Tampoco es algo nuevo. En esa zona costera es donde se da también la mayor proporción de cualquier fenómeno que suponga ruptura del modelo tradicional de familia: allí se producen más divorcios, menos matrimonios por la Iglesia o más hijos de parejas que no han pasado por el Registro Civil o la vicaría. Gerona, Baleares, Tarragona, Lérida, Castellón y Almería son las seis provincias con mayor nivel de hijos de extranjeros. El caso de Almería es singular pues forma parte de una de las autonomías, Andalucía, con índices menores. Es habitual que se produzcan algunas diferencias entre provincias. En Euskadi, por ejemplo, con un 17,3% de media, Álava (23,9%) está justo en el promedio español, aunque Vizcaya (17%) y sobre todo Guipúzcoa (14,9%) se sitúan muy por debajo. Pero el caso andaluz rompe todas las normas: la tasa de Almería multiplica por cinco la de Jaén pese a que ambas provincias están separadas por muy pocos kilómetros.

En cualquier caso, los hijos de parejas mixtas -español con extranjera, o foráneo con española, caso menos frecuente- son aún minoría respecto de aquellos cuyos progenitores son ambos extranjeros. Esa circunstancia tiene un interés que va mucho más allá de la simple estadística. Porque así como los hijos de parejas mixtas adoptan en su mayoría la nacionalidad española -o la doble nacionalidad, cuando lo permite la legislación- en razón de ese origen de uno de los progenitores y el lugar de residencia de la pareja, no puede decirse lo mismo de los habidos de parejas extranjeras. En ese caso, la casuística legal es muy amplia y el lugar de nacimiento y de residencia de los padres puede no ser decisivo a la hora de determinar qué pasaporte tendrán esos bebés. En la práctica, según un estudio publicado por el Ministerio de Trabajo e Inmigración, lo que sucede en la mayor parte de los casos es que los hijos de madre y padre extranjeros no adoptan la nacionalidad española aunque hayan nacido en España.

Nacionalidades y hábitos

¿De dónde son las madres de estos niños? Algo más de 100.000 extranjeras dieron a luz en España el último año. Una cuarta parte de ellas eran marroquíes; a mucha distancia seguían las rumanas y ecuatorianas. Entre esas tres procedencias suman casi la mitad de los alumbramientos. Los padres extranjeros se quedaron un poco por debajo de los 100.000, pero su nacionalidad coincide casi en la misma proporción con la de las madres.

Los demógrafos ya han comenzado a alertar sobre el nuevo panorama social que se abre a partir de esta realidad: la escuela deberá atender a un número creciente de niños que compartirán acervos culturales distintos, religiones diferentes -o una radical ausencia de la misma-, lenguas maternas diversas y expectativas de futuro dispares. Ya está sucediendo, pero en breve el fenómeno se dará a una escala mucho mayor.

Los hábitos sociales de todo tipo se modificarán, pero los cambios alcanzarán también a otros ámbitos, incluso en el caso de que la mayoría de los hijos de extranjeros adopten la nacionalidad española. Solo un ejemplo: las relaciones políticas y diplomáticas con los países de origen se reforzarán. Los especialistas apuntan el caso de la oleada de emigración turca a Alemania a partir de 1960. Ambos países han establecido vínculos políticos y comerciales muy profundos. Es el camino.