Bombé, el fentanilo del Congo que engancha a miles de jóvenes
No es Filadelfia, sino Kinshasa. Una droga de fabricación casera y fácil acceso ha convertido los suburbios de la capital congoleña en una marea de zombies, que adquieren cada dosis por unos 50 céntimos
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Gabriel González-Andrío
Cada día son más los jóvenes congoleños zombis –así les llaman– que deambulan sin rumbo por las calles de los suburbios de Kinshasa. La capital de República Democrática del Congo (RDC) cuenta ya con más de 20 millones de habitantes y ... desde 2021 la droga de fabricación casera conocida como 'bombé' se ha convertido en una de las más consumidas por los ciudadanos por su fácil acceso y bajo coste. Se puede adquirir una pequeña dosis a partir de 1.500 francos congoleños (unos 0,5 euros).
La alta tasa de paro (en algunas zonas supera el 80%), la guerra, la pobreza y la corrupción han creado el caldo de cultivo idóneo que lleva a todos estos jóvenes a refugiarse en el bombé. Aunque no hay datos oficiales, la ONG Actions Positive pour la République (Acciones Positivas para la República) estima que actualmente hay unos 200.000 congoleños atrapados por el bombé entre consumidores y traficantes.
No son infrecuentes los casos en que muchos de estos jóvenes acaban falleciendo por sobredosis o, los más afortunados, consiguen ser atendidos en la sala de urgencias de algún centro hospitalario.
Algunas ONG y colectivos civiles han organizado marchas y actividades contra el consumo de bombé; sin embargo, no hay una campaña nacional estructurada ni sostenida desde el gobierno central para frenar esta escalada de consumo.
También escasean los centros oficiales que ofrezcan algún tipo de atención especializada para adictos al bombé y muchos jóvenes afectados no reciben ayuda psicológica ni médica adecuada.
Una mezcla artesanal
«El bombé se crea artesanalmente mezclando la nutrilina, que es un producto que se vende aquí bastante que es la espirulina; lo que lleva dentro la espirulina es el extracto de unas hierbas que en principio se usaba como nutrientes y debe tener propiedades excitantes. Eso lo mezclan con polvo de los tubos de escape de los coches y de los catalizadores. El resultado es una droga muy peligrosa como el fentanilo», explica Ana Gutiérrez, médico y misionera en Kinshasa.
La doctora Gutiérrez señala que el consumo de esta droga «está extendiéndose. Normalmente nos traen a veces a personas que han sido encontradas inconscientes en medio de la calle. Nuestra primera respuesta es hidratarles hasta que recuperan la conciencia».
El médico congoleño de urgencias Freddy Zibuhe comenta que «este fenómeno afecta principalmente a los niños de la calle, los porteadores, los consumidores de drogas y otras personas que viven en condiciones de gran precariedad social».
«No se dispone de estadísticas precisas, pero los servicios de urgencias observan regularmente sus consecuencias. Yo mismo he atendido dos o tres casos de sobredosis en urgencias, uno de los cuales acabó en muerte. Más allá de las urgencias inmediatas, este fenómeno también suscita preocupación en la salud pública nacional. El consumo del bombé se ha identificado como un factor emergente de tuberculosis pulmonar y como un posible desencadenante de crisis de bronconeumopatía crónica obstructiva (BPCO)», agrega.
El doctor Zibuhe opina que en la RDC «no hay apoyo social para acabar con el problema. Es la policía local la que termina interviniendo, con operaciones puntuales para intentar disuadir a los jóvenes adictos. También existe un centro de desintoxicación, supervisado por la Iglesia católica, pero, lamentablemente, debido a la falta de financiación, este centro no funciona. Sin embargo, estas acciones siguen siendo aisladas y hay muchos obstáculos para abordar las causas profundas del problema. Existe una voluntad manifiesta de acabar con esta lacra, pero sin medidas concretas y coordinadas es difícil imaginar una solución duradera».
Este médico comenta que el consumo de bombé «afecta de manera notable a zonas en guerra como Bukavu y Goma. La vulnerabilidad se ve agravada por la pobreza extrema, los desplazamientos forzados de población y el colapso de las estructuras sociales. Hay muchos jóvenes de entornos sociales muy precarios que son reclutados por los guerrilleros. Aunque no se conocen las estadísticas reales, se cree que estos niños de la calle tienen una alta tasa de consumo».
«Hemos visto un aumento de pacientes con síntomas de intoxicación, somnolencia extrema y desorientación. Muchos llegan con daño neurológico y problemas psiquiátricos. El bombé es extremadamente peligroso y causa daños irreversibles si no se trata a tiempo», explica, por su parte, a este diario Jean David, doctor en el hospital de la localidad congoleña de Gwaka.
En barriadas marginales
ABC ha reclutado los testimonios de familiares, amigos y adictos a eta droga, que han querido hablar sobre los efectos del bombé en su vida. Dichos testimonios han sido recogidos en barriadas marginales de Kinshasa con alto índice de paro, pobreza e inseguridad como Matete, Masina, Ndjili, Kisenso, Selembao, Ngaba, Pakadjuma y Kalamu.
Ruth, madre de cuatro hijos, es una de estas personas. Explica que uno de sus hijos «cambió completamente su forma de actuar después de probar el bombé. Antes era un chico responsable, ahora está siempre perdido, no va a la escuela ni al trabajo», se duele con amargura.
Otros han tenido peor suerte. «Perdimos a nuestro sobrino (Junior Kabongo, 22 años) por culpa de esta droga. Empezó con 'solo quiero probarla' y terminó en el hospital, donde murió por complicaciones», cuenta muy triste su prima Amélie.
Algunos consumidores, bajo la condición de aparecer con nombre ficticio, también han querido contar las consecuencias del bombé. «Cuando empecé a consumir bombé sentía una especie de sueño profundo, pero a la vez estaba despierto. Me costaba caminar derecho y hablar claro. Poco a poco perdí el interés por la escuela y la familia», afirma Louis, un joven de 19 años.
«Es como si el cuerpo estuviera desconectado de la mente. A veces no recuerdo qué hice el día anterior», relata Auguste (24 años). Philippe (22 años) comenta cómo empezó: «Al principio pensaba que servía solo para relajarme, pero luego sentí que ya no podía dejarlo. Me dormía en cualquier lugar». François solo tiene 16 años y explica: «Cada vez que tomo bombé pierdo la noción del tiempo. A veces paso días sin dormir, me siento agotado y confundido».
Vienen y pagan sin preguntar
Los traficantes justifican su actividad pese a estar perseguida por las autoridades congoleñas. Uno de ellos (de 24 años) cuenta: «Nosotros vendemos bombé porque hay mucha demanda, los jóvenes lo buscan para olvidar sus problemas. Es un negocio como otro cualquiera». Un amigo suyo, también traficante (22 años), apunta que no le importa «que cause daño, es dinero fácil y rápido. La gente viene y paga sin preguntar. Algunos consumidores vienen con sobredosis, pero no me interesa, yo solo vendo».
Otro 'vendedor' de droga algo más veterano (tiene 26 años) se muestra envalentonado y afirma a este diario que «el gobierno no hace nada serio para controlar esta droga, por eso seguimos vendiendo sin miedo». Junto a él está Antoine (23 años), quien reconoce: «Sé que vender es peligroso, pero si lo dejo, otros lo harán. Es difícil dejar esto cuando dependes de ese ingreso».
Para Charles y Dennis, que superan la treintena, «la mayoría de los que compran son jóvenes sin trabajo, buscan escapar de la realidad. Nosotros solo les damos lo que piden. El bombé se ha vuelto popular rápido, y aunque sabemos que es peligroso, el negocio es muy rentable. A veces nos detienen, pero siempre encontramos la manera de seguir vendiendo». Ambos concluyen: «Muchos clientes vienen por curiosidad al principio, pero terminan atrapados en la adicción».
Marie, de 26 años, justifica a estos traficantes y comenta que «no todos los vendedores son malos; algunos solo intentan sobrevivir en un ambiente difícil. Nuestro país es como un muerto viviente, nada progresa, los políticos roban dinero y causan mucho daño a la población; no tenemos trabajo ni nada, ¿cómo sobreviviremos entonces?».
Francis, de 16 años, se suma a esta tesis y explica que «no quería esto para mí. Solo quería olvidar mis problemas, pero ahora el bombé es otro problema más grande». Y añade: «Todo esto es la culpa de nuestro gobierno, de nuestro país que no funciona normalmente, solo hay un grupo de gente que se aprovecha de la riqueza; nosotros no tenemos trabajo ni vida social normal y el bombé ayuda olvidar todo eso, aunque reconozco que se ha vuelto un problema más grande. Pero, repito, ¡no es mi culpa!».
Un amigo suyo, Bernard, de apenas 14 años, termina: «He perdido todo por culpa del bombé: mi familia me rechazó, dejé la escuela y vivo en la calle porque no tengo otra opción que seguir con esta droga que hoy por hoy es mi único refugio».
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