COLÓN REVIVIÓ LOS INOLVIDABLES DÍAS DE AGOSTO

La plaza de la esperanza

Miles de personas con el recuerdo de la Jornada Mundial de la Juventud en el corazón

MANUEL DE LA FUENTE
MADRID Actualizado:

Lo que no ha cambiado es la esperanza. Han cambiado las ropas (de las chanclas al forro polar), han cambiado los termómetros (más de treinta grados), ha cambiado la luz (del incendio de agosto al témpano del invierno), han cambiado los bebedizos (del agua mineral y los zumos al cafelito caliente de Ríofrío) y han cambiado las camisetas y mochilas por unas cuantas bolsas con regalos navideños, pero no, la esperanza no ha cambiado. Aquella esperanza que en agosto hizo hervir los Madriles durante la visita de Su Santidad Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud.

Ayer, un año más y como ya es hermosa tradición por estas fechas (este año el calendario no ha sido precisamente generoso) la Plaza de Colón no fue muro de las lamentaciones, sino ventana abierta al futuro en una nueva celebración de la Misa de la Familia. Familia que ahora más que nunca o que tanto como siempre se convierte en la fortaleza con la que aguantar pertrechados de fe este cruel asedio de la crisis y la ausencia de valores.

El frío no desanima a estos nuevos peregrinos, y la plaza es un tremolar de banderas de España, de sus autonomías y del resto de Europa, portuguesas, francesas, polacas, británicas, austríacas... La hora, dos y media de la tarde, invita al refrigerio, al tuper o al bocata, y mientras alguien, quizá en una perdida iglesia de Nigeria, también desgrana un rosario, aquí en Colón un coro de ángeles de la parroquia de Santa Catalina alegra estos momentos: «¡Vamos ya, pastores, vamos a Belén!, que ha nacido un niño que se llama Manuel!», y Kiko Argüello, que es algo así como el Dylan de las familias, coge como cada año su guitarra y sus canciones.

Abuelos, padres y nietos, madres como la Virgen con el fruto del amor palpitando en las entrañas, chavalas con sus bolsas del Zara o de Lefties, gente venida de aquí y de allá con un pan caliente entre las manos: la esperanza que vuelve a traernos, como así ha sido desde hace dos mil años, aquel humilde hijo de un carpintero que supo bien cómo era la cola del INEM de Nazareth, aquel niño que sin embargo no vino a hipotecarnos sino a redimirnos, a darnos luz y arrancarnos de las tinieblas.

Desde la Plaza de Colón, un año más, miles de personas contemplaron en familia el milagro de esa estrella que allá por Oriente nos promete que no todo está perdido.