Más de 300 ministros, entre sacerdotes y seminaristas, repartieron la Comunión durante la solemne Eucaristía - VICTOR LERENA

La luz de la esperanza

Ayer fue un domingo muy especial para miles de personas, reunidas en torno al matrimonio y la familia, puertas de la vida y del amor

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Llegan de aquí y de allá. De las cuatro esquinas de la Península. Del vecino y fraternal Portugal. De las Baleares. De las Canarias. Vienen allende el Océano, de las benditas tierras hermanas de Hispanoamérica. Vienen también, por supuesto, allende los Pirineos. De Francia, Italia, Austria, el Reino Unido (emocionante ayer ver tremolar la Unión Jack, a una paso de la Enseña Española), Polonia, Alemania. Llegan cargados de ilusión, cargados de esperanzas, llegan también con el corazón sobrecogido por las noticias y los telediarios que cuentan y no paran de hermanos perseguidos, asesinados, martirizados. Vienen y vienen. Y bien pronto.

Al hilo de las 9 de la mañana, en la Plaza de Colón ya se cuentan por cientos, por miles, los creyentes dispuestos a la comunión de la fe y de la solidaridad en la Misa de la Sagrada Familia. Muchos se han levantado de madrugada. Había que prepararse. Había que hervir biberones, aprovisionarse de ropa de abrigo, una silla de tijera por si aprieta el cansancio. Vienen con los hijos cargados al hombro, en cochecito, a caballito, de la mano. Miles y miles y miles de niños, promesa y futuro de la Familia Cristiana. Ese hombro sobre el que apoyarnos en estos tiempos de penuria, ese cálido abrazo que reconforta ante los hielos de la crisis, del odio, del fanatismo. A las 10, los villancicos caldean los corazones, los ángeles suenan por la megafonía: «Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín, / metidito entre pajas; / ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín, / queridito del alma».

José Carlos y Carmen ya estuvieron en esta celebración en los dos años anteriores. «Es uno de los días del año más importantes para nosotros. Es muy emocionante, es un domingo de inmensa alegría». Han venido de Móstoles. Como otros vienen de Jaén, de Lugo, de Zaragoza, de Huelva... Del centro de las grandes urbes, pero también del corazón de los barrios de los cinturones industriales. Olvídense aquí, lectores, de ideas preconcebidas, de prejuicios. Esta gente es completamente normal, por mucho que algunos les pongan en las sectarias dianas del progresismo. Son gente normal, muy normal. Pero nada corriente. Porque no es corriente, en un día frío (pero no gélido), soleado, con el centro de Madrid en pie de guerra comercial por las rebajas, con el Retiro resplandeciente, con la nieve en la sierra esplendorosa, seguir con tanta fe, tanta esperanza, a aquel humilde hombre que hace ahora más de dos mil años nacía en Belén para salvarnos.

Ante los afiladísimos colmillos del lobo materialista, la ilusión y el amor de tantas, tantísimas familias. Como Ángel, Chusa y los suyos: Ángel Luis, María Jesús y Pilar y Loreto, dos gemelas, que ya saben que al final tendrán premio: «Vamos a ver al Niño, y los Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar». Bueno, algo ha habido que traducir, porque lo han dicho en el galimatías propio de los cinco añetes que tienen.

El ritmo de la paz

«Dichosos los que tienen al señor y siguen su camino», canta Kiko Argüello. Mediodía en la madrileña Plaza de Colón. Desde el balcón universal de la televisión, desde el ecuménico balcón del Vaticano, en la Plaza de San Pedro, Benedicto XVI, saluda a los españoles y a todos los creyentes con el ángelus. Aplausos y vítores desde Goya a Génova, del Paseo de Recoletos a la Castellana. Su Santidad celebra gozoso la santidad del matrimonio, y recuerda a los perseguidos, a los asesinados en estas horas terribles por creer en el mensaje de Cristo y de la Cruz. «Aleluya, aleluya», la canción de Argüello es recibida con palmas, es el ritmo de la vida, de la paz, del cariño, del amor.

En la puerta de la cafetería Riofrío, Ignacio, Borja, Francisco José y Santiago forman uno de los numerosos grupos de adolescentes que acuden a esta Santa y ya Tradicional Misa. No se separan de los móviles (la fe mueve montañas; los móviles ya son otra historia...) pero siguen atentos las palabras del Santo Papa y posteriormente de monseñor Rouco Varela. «Según está todo, casi lo único que queda es la Familia», dice Ignacio. «Y el Madrid», apostilla Santiago (hay división de opiniones). No dejan de ser chavales.

Llega la Santa Eucaristía, y un río de gente buena que vuelve al agua, que vuelve al bautismo, que vuelve a Él que es la redención y la vida. Él que también sufrió el oprobio, la persecución y el martirio. Como esos hermanos de Nigeria, de Irak, de Filipinas, de Alejandría... que están en todos los corazones. Otra vez, y las que hagan falta, nos damos fraternalmente la paz. A lo lejos, Castellana arriba, en el cielo, se atisba una estrella. Camino de la Plaza de Colón. Tras ella, sí, los Magos de Oriente: Melchor, Gaspar y Baltasar. Otra vez ante el Niño. Otra vez ante el futuro, otra vez ante la Sagrada Familia. Por los siglos de los siglos vuelve a escribirse el mensaje, vuelve a brillar la luz de la esperanza.