Oxford está compuesta por 38 minicampus que son los colleges, la médula de la Universidad

Universidad de Oxford, el secreto de la máquina de primeros ministros

Las tutorías personalizadas y un ratio de 3,5 alumnos por profesor son parte del éxito permanente de la segunda universidad más antigua del mundo

Actualizado:

Las tutorías personalizadas y un ratio de 3,5 alumnos por profesor son parte del éxito permanente de la segunda universidad más antigua del mundo. De Oxford, una postal monumental de 150.000 vecinos en el valle del Támesis, se dice que es «una ciudad con una universidad pegada». De Cambrigde, su eterna rival desde hace 800 años, los oxonienses ironizan diciendo que se queda en «una universidad con algunas tiendas».

En la mañana de un día de perros de febrero, ventoso y con trombas súbitas de agua, Oxford no pierde del todo su animación: turistas, estudiantes que pasan con sus inefables bicicletas, compras en la High Street. Pero a estas horas el grueso de sus más de 22.000 estudiantes trabajan encerrados en alguno de los 38 colleges que conforman el alma de la universidad; tal vez afanados en sus bibliotecas, abiertas las 24 horas, quizá en las tutorías semanales, donde confrontan sus trabajos durante hora y media o dos con su tutor, probablemente una eminencia en la materia, a veces a nivel mundial. Ese sistema de tutorías que exige/protege al alumnos, casi único en el mundo, y un ratio de 3,5 estudiantes por profesor explican parte de su perenne éxito.

Como toda obra humana, la segunda universidad más antigua del mundo (la primera es Bolonia) también tiene sus sombras: acusaciones de elitismo, a veces llevadas hasta la extravagancia, como el Bullingdon Club, sociedad de borracheras para señoritos, de la que se cuenta que formó parte la actual crema tory: Cameron, Osborne y Boris.

Lucha por la igualdad

Hace un par de semanas, el primer ministro publicó un artículo llamativamente duro en «The Sunday Times», de título amenazante: «Atención, universidades: voy a llevar ahí la lucha por la igualdad en Gran Bretaña». Cameron revelaba que de los 2.500 alumnos que entraron en Oxford el año pasado, solo 27 eran negros. «Sé que las razones son complejas, incluidos los pobres resultados escolares, pero me preocupa que la universidad a la que tanto me enorgullece haber ido no esté haciendo lo suficiente para atraer talento de todo el país». Como primera medida para atajar la situación exigirá un destape total a las universidades, que tendrán que revelar qué alumnos han cogido y a cuáles han rechazado, con las características de todos a la luz y las razones.

Pero las luces de Oxford deslumbran. Año tras año, siempre acaba entre las cinco primeras entre los rankings universitarios mundiales más respetados. La institución, de la que existen pruebas de que ya funcionaba en 1096, es una fábrica de primeros ministros: 26, entre ellos el actual, además de Blair y Thatcher.

Literatos, premios nobel...

También han salido de sus venerables aulas otros tantos premios Nobel y hasta 120 medallistas olímpicos. La relación de ex alumnos de fuste es la historia de nunca acabar: literatos como Tolkien, T.S. Eliot, Aldous Huxley, Oscar Wilde; mandatarios como Indira Ghandi, el Rey de Jordania, Bill Clinton o el actual gobernador del Banco de Inglaterra; científicos como Stephen Hawking; hasta santos, como Tomás Moro y el cardenal Newman, y galanzotes cómicos: Hugh Grant.

Oxford es -¡todavía!- una universidad que es garantía de empleo. El 94% de sus titulados encuentran trabajo a los seis meses de la graduación. Cada año sus oficinas reciben unas 8.000 ofertas de empleo de todo el mundo. Lo curioso es que muchas de ellas no demandan una licenciatura concreta. Les basta que sea un graduado de Oxford. Y es que la universidad tiene a gala que lo que se estudia no es la clave, sino «crear personas capaces de pensar de una manera independiente y creativa». La City se rifa a los graduados de Oxford, que a lo mejor han estudiado literatura y nada saben de cuentas y fondos a priori, porque lo que buscan es «gente que sabe pensar». George Osborne, el actual y efectivo ministro de Hacienda inglés, probable sucesor de Cameron, estudió a aquí, pero lo que cursó fue Historia Moderna y al acabar trató de trabajar de periodista.

38 minicampus

Oxford no tiene un campus como tal, sino que lo conforman esos microcampus que vienen a ser sus 38 colleges, los órganos vitales del cuerpo universitario. Todos se ubican en edificios de solera, algunos medievales, con esos claustros ajardinados de ensueño, donde el detective televisivo Lewis ha esclarecido en los últimos años tanto asesinato truculento. Todos se hallan a un paso del centro de una ciudad pensada para la bici y el peatón y a solo una hora de tren de Londres.

La Universidad es formalmente del Estado y sus colleges son autónomos, seis de ellos, de raigambre cristiana, son privados. La Universidad viene a dispensar los servicios generales, cuenta con biblioteca, museos, centros de investigación y departamentos. Pero la médula son los colleges, que se organizan a su aire. En ellos es donde el alumno estudia su carrera, donde tiene a su tutor, sus clubes y sociedades de todo tipo y su alojamiento y manutención, al menos en los dos primeros años. Las carreras duran tres años, salvo lenguas extranjeras y las ramas científicas, que son cuatro.

Sin exámenes parciales

Oxford tiene sus juergas, claro, aunque no da para mucho: el circuito es limitado y todo el mundo acaba cruzándose con todo el mundo (menos los arquitectos, que llevan fama de ir por libre). Pero la exigencia es mucho mayor de lo que puede indicar echarle un ojo a una noche de copas. No hay exámenes parciales y realmente solo hay dos: los de primer año y los del último, donde el alumno se juega la carrera a cara o cruz. Tampoco existen clases programadas a diario como en España; al revés, esas lecciones magistrales de los profesores son mínimas.

El modelo universitario con el que mayoritariamente estudiamos en mi generación (el profe habla, tomas apuntes y luego en el examen repites memorísticamente lo que anotaste en clase) aquí no existe. A cambio, cada semana hay que ver al tutor y ante él usualmente toca llegar con un ensayo preparado, fruto de una investigación personal, que habrás de defender frente a una eminencia en ese tema.

Oxford te exige una conversación al máximo nivel sobre aquello que estás estudiando. El sistema te concede libertad para buscarte la vida como quieras para formarte. Pero esa libertad obliga a agilizar el ingenio, hacer de rata de biblioteca, a explorar, buscar enfoques no trillados. En el fondo se trata de un entrenamiento constante, una gimnasia intelectual que te acaba enseñando a contemplar el mundo como una lucidez que en teoría debe ser distintiva de un alto universitario.

No al alcance de todo el mundo

Pero mundo de excelencia no está al alcance de todo el mundo. La Comisión de la Movilidad Social del Parlamento de Westminster advirtió en su último informe que los alumnos de las escuelas privadas, que solo suponen el 7% del total del país, han ocupado en el curso pasado el 39% de las plazas de Cambridge y el 47% de las de Oxford. Sin eufemismos, afirman que es «una vergüenza». Los conservadores alegan que el problema no son las universidades y su supuesto elitismo excluyente, sino que la escuela pública no logra que sus alumnos obtengan las calificaciones que se requieren para acceder a ellas.

Hoy Oxford se ha abierto al mundo. Un tercio de sus estudiantes han llegado del extranjero. Para los alumnos de países de la UE, la matrícula cuesta 11.600 euros al año. Para los de fuera de la Unión, entre 19.000 y 28.000, según la carrera que elijan, a los que añaden unos 7.500 más para la manutención y estancia en el college. Lógicamente, hay que acreditar que se habla inglés con soltura, con el TOEFL, el Advanced de Cambridge, el GCSE, o habiendo cursado un bachillerato europeo al menos en un 70% en inglés. La universidad ofrece una treintena de carreras. Otra peculiaridad es que el alumno puede seleccionar asignaturas a su gusto, con unas 200 combinaciones.

El tren va dejando Oxford entre campos verdes hoy encharcados. Entra la morriña por no poder dar marcha atrás en la máquina del tiempo y haberlo intentado.