Una tubería de extracción de petróleo que atraviesa Alaska, cerca de la estación de bombeo de Valdez
Una tubería de extracción de petróleo que atraviesa Alaska, cerca de la estación de bombeo de Valdez - EFE

Trump acelera la extracción de petróleo de Alaska antes de 2020

El Gobierno ya ha autorizado la construcción de una isla artificial sobre el mar de Beaufort para explotar la zona

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

La política energética de EE.UU. bajo las dos presidencias de Barack Obama se articuló en dos ejes: la consecución de la llamada «independencia energética», es decir, que el país no dependa de importaciones de fuentes de energía; y los progresos hacia una economía con menor dependencia del carbono según los compromisos adquiridos en el Acuerdo de País sobre cambio climático. La llegada de Donald Trump al poder, hace dos años, supuso un vuelco a esta política. Para empezar, la «independencia energética», que EE.UU. (sobre todo gracias al «boom» en la prospección de gas natural) está cada año más cerca de alcanzarse y ya no es un objetivo suficiente. En junio del año pasado, Trump colocó como meta la «dominación energética global», es decir, impulsar todavía más las industrias del sector y avanzar como exportador de petróleo y gas. Este año, las predicciones de la Administración de Información sobre Energía de EE.UU. apuntan a que el país será el mayor productor de crudo del mundo, por encima de anteriores líderes como Arabia Saudí y Rusia. La última vez que EE.UU. ostentó esa corona fue en 1973.

Parte de esa carrera hacia la «dominación energética» tiene que ver con el desmantelamiento de las regulaciones medioambientales impuestas por la Administración Obama en el pasado. Este año, Trump anunció la salida de EE.UU. del Acuerdo de París, un asunto que le ha enfrentado a la mayoría de sus socios occidentales.

Una de las grandes batallas de esta «dominación energética» se centra en Alaska. Es un territorio gigante, el mayor estado del país que aúna dos elementos: una tremenda riqueza energética (es el cuarto estado en producción combinada de petróleo y gas) y un valor medioambiental incalculable. El estado, y, de forma específica, la costa Norte sobre el mar Ártico son los protagonistas han sido desde hace décadas un asunto de disputa entre partidos políticos, la industria energética y las organizaciones medioambientales.

En octubre, la Administración Trump dio luz verde a la empresa Hilcorp Energy para que construya una isla artificial sobre el mar de Beaufort, que se usará para extraer petróleo. Se trata de la primera aprobación para la extracción de crudo en aguas federales del Ártico (hasta ahora, se han construido cuatro islas de este tipo en Alaska, pero en aguas pertenecientes al estado). La explotación estará sujeta a protecciones medioambientales, como limitar la prospección a las épocas en las que el océano esté cubierto de una capa de hielo, para no entorpecer el paso de ballenas y la labor de los cazadores locales que subsisten de ellas. «El desarrollo responsable de nuestros recursos, especialmente en Alaska, nos permitirá usar nuestra energía de forma diplomática para ayudar a nuestros aliados y controlar a nuestros adversarios», aseguró el secretario de Interior, Ryan Zinke, en medio de los crecientes esfuerzos de Rusia, China y otros países por controlar el Ártico. «Esto hace a EE.UU. más fuerte y más influyente en todo el mundo», añadió Zinke, uno de los grandes impulsores del desarrollo energético en Canadá.

Poco después, en noviembre, el mismo departamento de Interior anunció los planes de la Administración Trump para ampliar el territorio abierto a prospecciones en la llamada Reserva Nacional de Petróleo, un área de casi 90.000 kilómetros cuadrados (mayor que Andalucía). El Gobierno de Obama había decretado que la mitad de ese territorio estuviera fuera del alcance de las perforadoras, lo que la industria, y ahora la Administración Trump, ha considerado como muy restrictivo. Las principales fricciones están en torno al lago Teshekpuk, que para los geólogos tiene mucho potencial petrolífero, mientras que para los ecologistas es un hábitat clave para los rebaños de caribús y para la reproducción de varias aves.

Ahora, la Administración Trump está acelerando los trámites y tomando atajos administrativos para explotar otra zona protegida de esta costa, según explica «The New York Times» en un reciente artículo. Se trata de una franja de territorio sobre la bahía de Prudhoe, dentro del llamado Refugio Natural Nacional del Ártico. Bajo la tierra de esta tundra inhóspita, tomada por el musgo y los arbustos, cubierta de nieve y hielo buena parte del año, se esconde la que se considera la mayor reserva costera de petróleo de América del Norte.

Se creó en 1960, cuando este territorio desolado, alejado de la actividad económica y sin apenas población, no interesaba a nadie. Todo cambió en 1968, cuando se descubrió que había crudo. Desde entonces, la pelea por permitir extracciones ha dado bandazos. En 1980 se designó una amplia zona de seis mil kilómetros kilómetros cuadrados que podría albergar explotaciones de petróleo y gas, denominada Área 1002. Desde entonces, defensores y contrarios a la idea se han peleado en Alaska y Washington sobre el asunto, incluido un veto de Bill Clinton en 1995 a un plan republicano para empezar las perforaciones.

El nuevo clima político en EE.UU. ha permitido que cambie la situación. En las elecciones de 2016, Trump se hizo con el poder en la Casa Blanca y los republicanos conquistaron mayorías en las dos cámaras del Congreso. La resistencia a cambiar el ‘statu quo’ de la reserva en Alaska se superó con una treta legislativa: se incluyó dentro de la reforma fiscal -uno de los grandes logros de Trump- como una forma de generar ingresos para el estado. El siguiente paso fue acelerar los trámites burocráticos: un informe medioambiental sobre una posible exploración petrolífera con la Administración Obama tardó dos años y medio en elaborarse y ocupó mil páginas. El del Área 1002 está a punto de publicarse, con lo que se va a cerrar en menos de la mitad de tiempo, después de que la Administración Trump exigiera que este tipo de informes tengan como mucho 300 páginas y se cierren en un año. Todo apunta a que el año que viene empezarán a concederse licencias para prospecciones y, dentro de unos años, este territorio virgen empezará a bombear petróleo.