Andalucía, en el Valle del Cauca (Colombia)
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TopónimosEl pueblo colombiano que votó llamarse Andalucía

Aunque la época de los grandes trasvases toponímicos desde España quedó atrás, hay denominaciones recientes más allá de nuestras fronteras que aluden a lugares españoles

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Andalucía, en el valle del Cauca, es la única ciudad de Colombia cuyo nombre ha sido escogido en dos ocasiones por votación popular. Nació como Folleco, por Vicente Folleco, que recibió aquellas tierras por su lealtad a la corona española, pero sus vecinos se hartaron del gentilicio de follequeños y resolvieron en 1849 cambiar el nombre de la localidad por el de San Vicente. Y así seguirían llamándose hoy de no ser por la ley dictada en 1920 para modificar los nombres de las poblaciones que lo llevaran repetido. Había cuatro San Vicente y el de Antioquia era el más antiguo, así que se vio obligado a buscar uno nuevo.

Según se reseña en una ponencia para un proyecto de ley de 2004 «se procedió enseguida a buscar el nuevo nombre para la población. Se abrió un plebiscito y se pusieron urnas en diferentes lugares para que cada ciudadano depositara por el nombre de sus simpatías. El honorable concejo municipal lanzó el nombre de Esparta, otros pidieron Berlín, Roma, España, Suecia, Madrid. Hasta que se propuso el nombre Andalucía y quedó consignado luego en la Ordenanza número 30 de abril 25 de 1921».

Muy distinto fue el caso de su vecina Sevilla, al norte del mismo valle del Cauca. Fundada en 1903 por Heraclio Uribe Uribe y un grupo de colonizadores como San Luis, se erigió como municipio de Sevilla en 1914. Se cuenta que a la hija de uno de sus fundadores le encantó la actuación de una compañía de baile y cantaores supuestamente de Sevilla que visitó la zona y que este instó a que el asentamiento se inscribiera con el nombre de la capital andaluza.

Es una de las doce localidades que llevan el nombre de Sevilla solo en este país conocido antiguamente como Nueva Granada. Hay «Sevillas» en Estados Unidos, en Ecuador, Jamaica, Filipinas y hasta en Australia, del mismo modo que existen multitud de «tocayas» de Barcelona, Córdoba, Cuenca, León, Madrid, Pamplona, Salamanca, Toledo, Valencia o Valladolid, por citar algunas, repartidas por todo el mundo. Desde Cordova en Alaska, bautizada así por el explorador español Salvador Fidalgo en 1790, hasta Hernani en Nueva Gales del Sur, bautizada así por el mayor Edward Parke (1837-1892) al recordarle su paisaje al de la localidad guipuzcoana. En Filipinas, que recibe el nombre de Felipe II, se replican los nombres de hasta 17 ciudades españolas.

Jairo Javier García Sánchez, profesor de la Universidad de Alcalá, experto en toponimia, señala que fuera de España además de multitud de ciudades, hay topónimos que recuerdan el conjunto del país ( España es, por ejemplo, un pueblo en Filipinas, y Puerto España, la capital de Trinidad y Tobago); regiones, incluyendo provincias y comarcas actuales, como Andalucía, Castilla, Rioja, Vizcaya, La Serena (ciudad y departamento de Chile, a partir del nombre de la comarca extremeña); otras poblaciones como Baeza, Betanzos, Camargo, Durango, Laredo, Santurce, Tuy…; incluso barrios (hay una Barceloneta en Puerto Rico, y una Triana en Cuba); ríos (Guadiana en Cuba, o Betis, que era el nombre del Guadalquivir en época romana, en Filipinas), o montes ( Montserrat es una isla de las Antillas Menores).

«De este abundante elenco de topónimos de origen español, algunos acaban siendo más conocidos y renombrados que otros, fundamentalmente por la mayor importancia de la referencia geográfica que designan», continúa el autor del «Atlas toponímico de España», que destaca el caso de Guadalajara. «Como en no pocas ocasiones llega a suceder», la ciudad del estado mexicano de Jalisco «ha desplazado en fama a la original española, cuyo nombre es de imposición y etimología arábigas», apunta. También Monterrey, importante urbe mexicana que «lleva en su nombre el de la pequeña localidad orensana por Gaspar de Zúñiga y Acevedo, oriundo de la población gallega y virrey del Reino de la Nueva España».

«Algo similar se podría decir de la colombiana Medellín, que rememora la localidad extremeña, patria chica de Hernán Cortés y portadora de nombre romano en recuerdo de Quinto Cecilio Metelo», indica García Sánchez. O de Cartagena de Indias, cuyo complemento toponímico distingue a la población colombiana más claramente de la española, que «no lo olvidemos, tiene como nombre otro topónimo trasladado (Cartago Nova)».

Todos «tienen un denominador común» con «claros vínculos afectivos», a juicio del doctor en Filología Hispánica, «y es el recuerdo del lugar español de origen», pero cada uno encierra su propia historia. En las Antillas Menores, la isla de Granada, uno de los países más pequeños del mundo, fue llamada inicialmente Isla de la Concepción por Cristóbal Colón porque arribó a ella el día de la festividad de la Inmaculada de 1498. «En 1523 se le cambió el nombre por el de Granada, por el parecido que los españoles vieron en el lugar con Sierra Nevada», relata Jairo Javier García y así la seguimos llamando en español, aunque los franceses que dominaron después la isla adaptaran el topónimo a Grenade y cuando se convirtió en territorio británico se adaptara finalmente en inglés como Grenada, su nombre oficial actual.

La ciudad estadounidense de Albuquerque, en Nuevo México, también sufrió una leve alteración respecto al topónimo extremeño del que procede. Fue llamada Alburquerque en honor a Francisco Fernández de la Cueva, octavo duque de Alburquerque y virrey de Nueva España, pero hoy se distingue del municipio de Badajoz por la pérdida de la primera «r». Reynosa, que toma su nombre de la localidad cántabra homónima ( Reinosa), cambió en el siglo XX la «i» latina de su nombre por una «y», aunque no por eso deja de ser evidente su vínculo.

Vuelta, tras un paso intermedio como apellidos

«Algo similar podemos decir de otros topónimos españoles que, tras un paso intermedio como apellidos, han regresado a la toponimia en el Nuevo Mundo con alguna variación», destaca García Sánchez antes de citar a (Jacala de) Ledezma, en México, que incorporó el título de Ledezma en 1868 en homenaje al coronel José Guadalupe Ledezma; o la provincia de Samuel Oropeza, en Bolivia. Según el experto en toponimia, «remiten en último término a la población salmantina de Ledesma y a la toledana de Oropesa».

«Se entiende fácilmente que el seseo imperante en los territorios americanos ha favorecido, por hipercorrección, el cambio de s a z en la grafía», explica.

Los topónimos, subraya, «no son inmutables y pueden cambiar, perderse, crearse y recrearse», como efectivamente sucede. Aunque «la época de los grandes trasvases toponímicos desde España quedó atrás y se cerró en el siglo XIX con la independencia de los países americanos y la pérdida de Filipinas, no se pueden descartar nuevas denominaciones en alusión a lugares españoles desde entonces», dice señalando el caso de la Andalucía colombiana del valle del Cauca.

Tampoco que otras retoponimizaciones borren su herencia hispana. como ocurrió en Guinea Ecuatorial tras la independencia del país africano en 1968 con Zaragoza de Sampoca, hoy Sampoca, o Valladolid de los Bimbiles, ahora llamado Añisok. La capital andaluza perdió entonces a una de sus tocayas porque Sevilla de Niefang volvió a ser Niefang, como antes de la colonización española.