Todas las curiosidades que nos suscita el libro sagrado, la Biblia

¿Cuál es el texto bíblico del que se ha encontrado un testimonio escrito más antiguo? ¿Tras la Biblia, de qué obra literaria de la Antigüedad han quedado mayor número de manuscritos? Estas y otras preguntas tienen respuesta

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El documento extrabíblico más antiguo conocido hasta ahora en que aparece la palabra Israel es la estela conmemorativa de la victoria del faraón Merenptah en varios combates durante una campaña militar por tierras de Canaán en torno al año 1230 a. C. Fue encontrada en 1896 en el templo funerario de Merenptah en la región de Tebas (Egipto). En ella se citan ciudades como Ascalón, Guézer y Yanoam, regiones como Canaán, y también se menciona la «gente de Israel», con el determinativo que lo identifica como un grupo no sedentario. No cabe duda, pues, de que en ese momento en Egipto se identifica como israelitas a un grupo de nómadas que se movían por sus zonas de influencia y con los que hubo alguna escaramuza guerrera en la franja de tierra situada entre la depresión del Jordán y el Mediterráneo.

El texto bíblico del que se ha encontrado un testimonio escrito más antiguo es la bendición sacerdotal contenida en el libro de los Números: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia, el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Números 6,24-26). Esta bendición apareció hace años, escrita sobre dos amuletos de plata datados en la segunda mitad del siglo VII a.C. y encontrados en una tumba situada en Kétef Hinnom, junto a Jerusalén. Según parece se depositaron allí para que sirvieran de protección a los difuntos en su camino hacia el sheol. En una versión más breve, «Yahvé te bendiga, y te guarde, y esté contigo», figura en una inscripción sobre una jarra del siglo VIII a.C. encontrada en Kuntillet Ajrud en el Sinaí.

Los textos bíblicos son el resultado de un largo y complejo proceso de composición. En su origen habría unas noticias que circularían de forma oral de generación en generación, y sólo al cabo del tiempo darían lugar a los relatos que ahora conocemos. En ocasiones algún hallazgo arqueológico ha venido mostrar que alguno de los personajes mencionados en la Biblia también eran conocidos en la zona. Es el caso por ejemplo de Balaán, hijo de Beor mencionado en el libro de los Números (Nm 22,5). En las excavaciones arqueológicas de Tell Deir ‘Allah, cerca de los ríos Jordán y Yaboc, en Jordania, se encontraron unas tablillas con inscripciones no israelitas en una de las cuales, datada en el siglo VIII a.C., se menciona a un adivino profesional llamado Balaán, hijo de Beor. El lugar donde aparecieron esas tablillas está en Transjordania, un poco al norte del lugar donde según el relato de Números acamparon los israelitas en las estepas de Moab. En ella se dice que tuvo una visión de dioses por la noche y que recibió un mensaje del consejo de los dioses (shaddayin). En Nm 24,16 dice de sí mismo que «ve lo que le hace ver Sadday (shadday)» (cfr. también Nm 24,4). Los textos bíblicos hablan de personajes reales.

Materiales y soportes de escritura

Una persona que vive en el siglo XXI necesita una cierta dosis de esfuerzo para hacerse cargo de cómo se escribía en el II o I milenio a. C., ya que los medios de escritura y edición de que se disponía entonces eran muy distintos a los actuales. Ahora tecleamos unas páginas en nuestro ordenador, guardamos el documento, y seguimos con nuestro trabajo al cabo de un rato, o al día siguiente. Podemos alargarnos todo lo que queramos, sin que esto suponga un coste ni un gran esfuerzo adicional. Hace unas décadas, cuando todavía se escribía con tinta sobre un papel, todo era un poco más complicado, pero no agobiante. En todos los casos, cuando se trata de un libro, una vez que se envía a la imprenta, las editoriales ponen en circulación una tirada de varios miles de ejemplares, todos iguales.

El modo en que se escribió la Biblia y se fue difundiendo su texto es muy distinto. Digamos, de entrada, que los textos más antiguos que se conservan son inscripciones talladas sobre piedra, hueso o láminas metálicas, o bien en tablillas de arcilla sobre las que se marcaban signos con incisiones y luego se cocían, o trozos de cerámica sobre los que se escribía con carboncillo. Un soporte más ligero, y más fácil de manejar y transportar que todos esos, es el papiro, que se fabrica con los tallos de una planta, de la que toma su nombre, muy abundante en Egipto. En épocas más tardías también se utilizó el pergamino, fabricado a partir de piel de animales debidamente tratada, mucho más costoso que el papiro, pero también más resistente. Papiro y pergamino fueron los materiales de escritura más empleados en el mundo antiguo para textos extensos hasta que se inventó el papel en China y se difundió su uso por Siria y Egipto durante los siglos vii-viii d. C. ¡Cuando se escribió la Biblia el papel era desconocido en el Próximo Oriente!

El sistema de escritura más antiguo del que se han encontrado restos arqueológicos en el Próximo Oriente es la cuneiforme sobre tablillas de barro cocido. Fue creado por los sumerios en el tránsito del iv al iii milenio a. C. El papiro es más tardío. El más antiguo que se conserva se remonta a la dinastía V de Egipto (en torno al año 2470 a. C.). Pero han llegado hasta hoy muy pocos papiros de épocas tan remotas. Sólo el clima extremadamente seco de algunas zonas de Egipto o del desierto en torno al mar Muerto ha permitido la conservación del papiro durante mucho tiempo. En regiones más húmedas su duración media es breve, apenas algunos siglos. Por consiguiente, de las épocas en las que se usaban en proporciones parecidas la escritura cuneiforme en tablillas y el papiro, se han podido encontrar muchas tablillas y muy pocos papiros.

El raro arte de la escritura

Durante el II y gran parte del I milenio a. C., la escritura era un arte al que sólo tenían acceso algunos privilegiados. Casi nadie sabía leer ni escribir. No obstante, en los palacios y centros administrativos de importancia se conservaban archivos de textos escritos. Los había de trámite comercial, como contratos, facturas o listas de productos. También había escritos legales, como códigos o pactos de alianza, textos míticos o religiosos, y actas reales, de ordinario para ensalzar hazañas y logros del gobernador o monarca reinante que justificasen el poder del que estaban revestidos él y sus sucesores.

Las mejoras en los soportes y técnicas de escritura que tuvieron lugar a lo largo de los siglos propiciaron impulsos decisivos en la transmisión de los textos escritos más antiguos. Fabricar una copia de un documento para reemplazar otra que se estaba deteriorando o para disponer de algún ejemplar más era bastante costoso. Implicaba comprar el nuevo soporte (papiro, tablillas u objetos de barro cocido) y pagar al copista que lo escribiese. Esta tarea obligaba a veces incluso a reescribirlo por completo usando un nuevo alfabeto, como sucede por ejemplo al pasar de las tablillas de arcilla, con escritura cuneiforme, al papiro, donde no se puede utilizar ese sistema y se requiere un alfabeto de otro tipo. Se trataba, pues, de un trabajo especializado y muy caro. Por eso, sólo se copiaban algunos textos, aquellos que seguían manteniendo interés o utilidad al cabo del tiempo, por lo que la mayor parte de los escritos primitivos se perdieron para siempre. Además, cuando se hacía una nueva copia, de ordinario se aprovechaba la ocasión para actualizar el texto anterior en lo que se considerase necesario, tanto en cuestiones de idioma como de contenido.

Las primeras composiciones literarias están registradas en Mesopotamia con escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla cocida. Dependiendo de la extensión de la obra se podrían requerir varias tablillas: doce, por ejemplo, para la Epopeya de Gilgamesh. La palabra final de una tablilla se volvía a escribir al principio de la siguiente, indicando así en qué orden deberían leerse.

Relaciones entre Egipto y Mesopotamia

Las inscripciones sobre piedra, los textos grabados en las paredes y las tablillas cuneiformes que se han conservado hasta hoy —y se han podido encontrar— proporcionan la mayor parte de los datos que conocemos acerca de las relaciones entre Egipto y Mesopotamia, o de lo que sucedía con el Imperio asirio, el babilónico e incluso con los orígenes del persa.

Para los textos de la vida corriente (cartas, contratos, órdenes militares,…) el soporte normal en Samaría y Judea al menos hasta el siglo VI aC. eran trozos de vasijas de barro cocido(ostraka). Poco a poco se fue pasando después al papiro tanto para los textos ordinarios como para los literarios que comenzaban a ser algo más abundantes.

Según parece, la transición del papiro al cuero tuvo lugar durante el período persa, al ir introduciéndose en la provincia de Judá los usos de la cancillería imperial durante los siglos V y IV a.C. A la vez, se fue generalizando el uso del arameo como lengua oficial y comercial, en detrimento del hebreo hablado hasta entonces. También se fue imponiendo el alfabeto cuadrado arameo para escribir los textos hebreos, mientras se dejaba de usar el alfabeto hebreo primitivo.

En esos primeros siglos de escritura sobre cuero, éste aún no tenía la calidad de la piel tratada con una técnica que adquirió gran perfección en la ciudad de Pérgamo, durante el siglo ii a. C., por lo que su producto se llama pergamino. Se trataba de algo mucho más rudimentario, y sólo bien avanzada la época helenística, e incluso en el comienzo de la ocupación romana, fue posible disponer en Palestina de un soporte de tal calidad para la escritura.

¿Dónde están los ejemplares más antiguos de los textos bíblicos?

No se conserva el manuscrito original de ninguna gran obra literaria de la Antigüedad, y tampoco de la Biblia. La razón es muy sencilla. Los textos se escribían sobre papiro, que es un material muy poco duradero, porque se deteriora fácilmente con la humedad y con el uso. Sin embargo, en el caso de libro de la Biblia, desde sus orígenes se fueron haciendo copias, de forma que su contenido se fue difundiendo y transmitiendo sin dificultad.

En Qumrán se han encontrado copias parciales de todos los libros de la Biblia hebrea realizadas en el siglo I, e incluso dos copias casi completas del libro de Isaías, el más extenso del Antiguo Testamento.

Por lo que se refiere al Nuevo Testamento, el papiro más antiguo que se conserva contiene varios versículos del Evangelio de san Juan (Jn 18,31-33 y 18,37-38), y está datado en la primera mitad del siglo ii, es decir, no más de cincuenta años después de que fuera escrito. Se conserva en la John Rylands University Library de Mánchester.

También han llegado hasta nuestros días fragmentos de papiros con textos de Mateo y de Lucas de finales del siglo ii, y hay papiros del siglo iii que contienen pasajes muy extensos del Nuevo Testamento. En total, son más de treinta, y están repartidos por las grandes bibliotecas de Europa y América, y llegan hasta ciento diez los oficialmente catalogados, incluyendo algunos del siglo iv y posteriores. Hay algunos muy importantes, como los tres que componen la colección Chester Beatty: uno de ellos, que data aproximadamente del año 200, contiene una parte de las cartas de san Pablo, y los otros dos, de la primera mitad del siglo iii, tienen amplios fragmentos de los Evangelios, Hechos de los Apóstoles y Apocalipsis. También en la colección Bodmer se incluye uno datado en torno al año 200 que contiene catorce capítulos del Evangelio según san Juan, y otros algo posteriores, con pasajes extensos de otros Evangelios, Hechos de los Apóstoles, la Carta de Judas y las dos de san Pedro.

Además de escribir en papiros, en cuanto les fue posible, los cristianos comenzaron a usar el pergamino para conservar los textos sagrados. Nos han llegado textos casi completos de la Biblia en pergamino en varios códices.

Los más antiguos son el llamado Códice sinaítico, que se conserva en la British Library de Londres, y el Códice vaticano que, como su nombre indica, está en la Biblioteca Vaticana, ambos del siglo IV. Del siglo v son los códices que se conservan en la Biblioteca del Patriarca de Alejandría, otro más en el Vaticano, en la Biblioteca Nacional de París y en la University Library de Cambridge.

Esto supone que tenemos documentos que ofrecen un testimonio comprobable de que los textos bíblicos son muy fiables. De hecho, el Nuevo Testamento es el libro antiguo mejor atestiguado y contrastado desde el punto de vista textual de la historia. En estos momentos se conservan más de cinco mil ejemplares manuscritos en griego. De ninguna otra obra literaria de la Antigüedad se conservan tantas copias manuscritas y tan cercanas a los originales, ni de lejos. Incluso en el caso de los grandes clásicos más utilizados en la Antigüedad, el número de copias que se conserva es mucho menor: de ordinario, apenas pasan de una decena, y son muy posteriores a los originales, que en ningún caso se conservan.

La «Iliada», después de la Biblia

Por ejemplo, la obra literaria de la Antigüedad de la que han quedado más manuscritos, después de la Biblia, es la «Iliada». De ella se conservan unas seiscientas cincuenta copias. De los Anales de Tácito hay veinte, que son novecientos años posteriores al original. Otros libros quedan aún más lejos. De «De la poética de Aristóteles», por ejemplo, sólo se han conservado cinco ejemplares manuscritos, que además son mil trescientos años posteriores al original.

Respecto al Antiguo Testamento, la situación es muy semejante. El Códice sinaítico y el Vaticano contienen también una traducción griega casi completa del Antiguo Testamento. Pero, además, en Qumrán —como ya hemos dicho— se han encontrado papiros y pergaminos del siglo I, e incluso anteriores, con amplios fragmentos bíblicos y hasta libros completos, como el de Isaías.

**Francisco Varo Pineda es profesor de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra.