Los niños de Nyumbani, aldea rural de Nairobi, aprenden en clase con tabletas - FOTO: ISMAEL MARTÍNEZ SÁNCHEZ VÍDEO: EFE

La tableta, una oportunidad para salir del vertedero

La Fundación Telefónica y Fundación Bancaria La Caixa desarrollan en Kenia un proyecto educativo digital para frenar la pobreza

ENVIADA ESPECIAL A NAIROBI (KENIA)Actualizado:

Enormes edificios de ladrillo con fachadas derruidas y ropas multicolores colgadas en las ventanas dibujan, junto a un hilo infinito de puestos de venta de zapatos llenos de polvo, las avenidas de Nairobi. Estas empiezan a desdibujarse camino a Korogocho, donde las tripas de Kenia empiezan a abrirse. En uno de los barrios marginales más grandes de la capital africana los escombros a un lado y otro de la calle sirven de descanso a una mujer que responde con mirada desafiante y desconfiada al convoy de blancos que la observan desde una furgoneta con el azoramiento de quien no se siente parte de la realidad. Una niña de unos cuatro o cinco años vestida con un tutú rosa rasgado desafía, inconsciente, la calle semiasfaltada y el paso atolondrado de coches, motos y transeúntes que parecen ir a ninguna parte. Ese viaje a la nada los lleva al gran vertedero, la «corona» de Korogocho; un enorme basurero que da de comer día a día a los cientos de miles de keniatas que viven allí o, al menos, los que pueden entrar previo pago a las mafias.

El vertedero y su nauseabundo olor a goma quemada es el paisaje que los niños del colegio Saint John tienen delante de sí cada día al asistir a clase. La tierra se impregna en sus uniformes, en los pantalones, faldas grises y camisas rojas de cuadros que combinan con un inexplicable jersey, a juzgar por el inclemente sol africano que abrasa el patio central de la escuela.

Allí juega Brian Omondi con sus compañeros. Para este joven de 13 años, de brillante piel negra y tristes ojos de color caramelo, el colegio es un refugio. Cuando no está en esta escuela dirigida por el valiente padre comboniano Maurizio Binaghi, Brian trabaja buscando plástico en el vertedero, obsceno en tamaño, localización... Obsceno en sí mismo. «Llevo tres años en Kenia y llamo cada día a las autoridades para que se elimine este vertedero; los niños respiran basura a diario pero nadie me contesta, a nadie le importa», protesta el padre Maurizio.

A este terrible escenario se suman la pobreza, el hambre, los abusos sexuales y la prostitución de menores que acechan a Korogocho y a los niños. En medio de tanta miseria asoma un hilo de esperanza, algo de belleza en el escombro: la educación digital. Para eso ha aterrizado en Kenia Profuturo, un ambicioso proyecto de Fundación Telefónica y Fundación Bancaria «la Caixa» que lleva tabletas con contenidos educativos a áreas remotas, vulnerables o en situación de conflicto en África, Asia y América Latina. «Hay mucho que resolver pero ante la desidia tenemos una forma de hacer que estos niños no se queden atrás y tengan las mismas oportunidades que un niño rico», apunta Maurizio.

Brian Omondi, en la escuela Saint John, en Korogocho, uno de los barrios marginales más grandes de Nairobi
Brian Omondi, en la escuela Saint John, en Korogocho, uno de los barrios marginales más grandes de Nairobi - RAMÓN SÁNCHEZ ORENSE

A unas 55 escuelas keniatas, de momento solo privadas y gestionadas por órdenes religiosas como los Salesianos de Don Bosco o por diócesis locales, aterrizan enormes maletas negras de Profuturo cargadas de tecnología: un ordenador para el profesor, un router para dar acceso a internet y 38 tabletas para los niños. Estas incluyen 1.820 horas de formación en inglés, francés, portugués y español y, aunque los contenidos vienen predeterminados, el profesor, conectado con los niños desde su portátil para poder monitorizar sus tareas, puede incluir o modificar lo que considere. «Tanto en Kenia como en el resto de países trabajamos codo con codo con las autoridades locales, no tenemos ninguna intención de imponer nada sino complementar la currícula escolar», explica Sofía Fernández de Mesa Echeverría, directora de Profuturo.

La escuela es en Kenia un refugio para los niños. «Prefiero estar en el colegio, aquí estoy protegida de la calle y de las violaciones de los chicos», admite sin pestañear Seline Achieng, una niña de 15 años. Pero cuando fuera no hay peligro o cuando este se vuelve atractivo, los niños van a por el dinero fácil de los robos o del vertedero. Es cuando la labor educativa y, a su vez, lúdica del proyecto de Profuturo se vuelve necesaria para reducir el absentismo.

«Las tabletas ayudan mucho a mis alumnos, están muy interesados en su uso, sus notas han mejorado y vienen más a clase cuando saben que las pueden usar», reconoce John Kioko, profesor de Ciencias y Matemáticas. «Entiendo más con la tableta que con los libros y, además, es más rápido», cuenta Nzuri Munyao, de 13 años. La realidad de Nzuri es muy distinta a la de los chicos de su edad de Korogocho. Él vive en la aldea de Nyumbani, situada en el distrito de Kitui, a unas tres horas en coche de Nairobi. El entorno de esta zona rural bañada por un manto de tierra de un rojo intenso es menos hostil para los pequeños. Sin embargo, conviven con otra terrible situación: el VIH. Esta enfermedad sigue siendo la principal causa de muerte en Kenia donde hay 1,6 millones de infectados, según datos del Gobierno de 2014. En esta aldea autosostenible los niños tienen dos hogares: el colegio y el de sus abuelas adoptivas.

El fantasma del VIH

La abuela Anna lava la ropa con sus «hijos» en Nyumbani
La abuela Anna lava la ropa con sus «hijos» en Nyumbani - RAMÓN SÁNCHEZ ORENSE

El sida ha hecho desaparecer una generación, la de sus padres, por lo que la hermana Mary Owens, una irlandesa de 80 años y gran hacedora de este proyecto, les da un hogar a los abuelos que perdieron a sus hijos y, al mismo tiempo, a los niños huérfanos. En Nyumbani viven 964 niños y 100 abuelas, cada una encargada de criar a 10 pequeños, sean o no de su familia biológica. Anna Flujyni cuida de 12 niños. De sus cuatro hijos, tres murieron de VIH. También perdió a su marido. En 2012 acudió a Nyumbani a pedir asistencia y decidió quedarse. «No es duro hacerme cargo de 12 hijos, los educo para que sean responsables», asegura. En su casa los niños duermen en habitaciones de unos 10 metros cuadrados y ayudan en las tareas de la casa. Despues de clase y cuando el sol empieza a caer, mientras las gallinas corretean y se meten, descaradas, entre los pies de los niños, la familia enjuaga la ropa para quitarle el polvo del suelo rojo que se impregna en todos lados, tambien en el rostro. Sonrien pero la tristeza estálatente en el brillo de los ojos. ¿Donde estáDios ante tanta pobreza?. «Está en todos los que cuidamos de estos niños, en los que luchamos para que no se queden atrás», sentencia emocionada la hermana Mary.