«Sólo quien se quiere puede hablar bien en público»

Ángel Lafuente Zorrilla, experto en Oratoria y padre del curso «Cómo hablar siempre con eficacia».-Qué reto, el de hablar en público...-¡Hay que fortalecer la personalidad para pasar del miedo al

BLANCA TORQUEMADA
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Ángel Lafuente Zorrilla, experto en Oratoria y padre del curso «Cómo hablar siempre con eficacia».

-Qué reto, el de hablar en público... -¡Hay que fortalecer la personalidad para pasar del miedo al placer escénico!

-¿Por eso resume su método en la frase «Nadie más que yo, nadie menos que yo»? -Exacto. El camino que yo explico es absolutamente de sentido común, no está apoyado en una escuela psicológica. Consiste en llevar al individuo a la conciencia de que él es la persona de mayor valor que hay en este mundo.

-Parece que azuza al ególatra que todos llevamos dentro... -No, pues esto (que aparentemente lleva a la soberbia, la presunción o la chulería) es todo lo contrario: cuando uno se quiere profundamente desaparece la vanidad, porque está bien consigo mismo.

-La receta tendrá más ingredientes. -Segunda gran idea: como le dije a Al Gore en Sevilla, el mundo es un gran teatro formado por más de 6.650 millones de actores de la misma dignidad y valor: aquí no hay Papa ni rey, ni Putin, ni Zapatero ni Sarkozy, ni nadie. Cuando esta idea la bajamos al corazón, damos un cambio personal que no nos reconoce ni la madre que nos parió.

-Autoestima, en suma. -No ya para hablar, sino para vivir. No podemos mitificar a la gente: ni a los políticos ni a los famosos. Es una idea absolutamente revolucionaria.

-La manejarán otras escuelas de oratoria. -No, porque se ha mitificado esa disciplina y se han colado todas las chorradas. Ahora vuelven loca a la gente con la comunicación no verbal.

-Su importancia tendrá... -Hay unas normas que son secundarias y también de puro sentido común. De hecho, el gran maestro de técnicas de comunicación verbal es el sentido común. Cuando empecé a dar mis cursos me leí un montón de libros hasta que me di cuenta de que mi cabeza estallaba de reglas. Muchas de ellas estúpidas.

-¿Como la de imaginarse desnudo al público para perder la vergüenza? -Por ejemplo. Cuando aquí el quid de la cuestión no está en el desconocimiento de normas, sino en el miedo que yo tengo a hablar, que es el problema universal. Incluso hay ahora quien está vendiendo que en los primeros minutos de una intervención pública no sólo no es inconveniente ese temor, sino que es provechoso. ¡Mentira! Dicen eso porque no lo saben arreglar.

-¿Cómo brotó su declarado «amor por la palabra hablada»? -Mi amor-odio por la palabra hablada comenzó cuando yo tenía diez años y empecé a estudiar Bachillerato. Por tener buena voz, me obligaban a presentar actos en público y yo me veía auténticamente morir. Era un pavor enfermizo. Eso me llevó a observar cómo hablaban los demás (en primer lugar los profesores) y a aprender todo lo que hay que saber de esta materia. Y cuando llegué a Madrid a estudiar mi carrera, como no me alcanzaba la pasta a final de mes, se me ocurrió enseñar (con más miedo que vergüenza) lo que yo había aprendido por pura observación. ¡De eso hace ya 47 años!

-¿Enseñaba lo mismo que hoy? -Comencé con el método convencional. Explicaba a pequeños grupos y luego cada alumno hacía sus prácticas.

-¡Pero si ahora usted vende como ventaja de su curso que es «sin prácticas individuales»! -Exactamente. Eso me lo cargué porque entendí que el gran taller de la palabra hablada está en la vida diaria. A mi curso, que no se parece a nada de lo que hay en el mercado y se puede impartir a grupos grandes, viene gente que nunca asistiría si tuviera que hacer el indio en público. Y ya estoy preparando la versión online...