El secreto de Eva

Han pasado diez años y Eva Blanco es aún una X grabada en los archivos del crimen. La mató una puñalada en el hígado, pero le clavaron 17 veces una navaja. Intentó escapar del coche de su asesino, al

CRUZ MORCILLO / PABLO MUÑOZ
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Han pasado diez años y Eva Blanco es aún una X grabada en los archivos del crimen. La mató una puñalada en el hígado, pero le clavaron 17 veces una navaja. Intentó escapar del coche de su asesino, al que muy probablemente conocía. Con el rastro de un ADN se ha investigado a más de 600 personas sin resultado

Había dejado de llover. La mañana del 20 de abril de 1997 concedió una tregua después de una noche de agua que enlodó Madrid. J. pasó en su moto poco antes de las nueve por la carretera en obras que une Cobeña con Belvis del Jarama. Al trasluz le pareció ver algo tendido en el canal, al borde del asfalto, pero siguió su camino. Y volvió sin que ya hubiera duda. El bulto de medio lado junto a la correntía era una chica y estaba muerta. Más tarde se enteraría de que su nombre era Eva Blanco, lo seguiría oyendo durante años, aunque él sólo la encontró y, por supuesto, ignoraba que la estaban buscando desde hacía nueve horas, desde quince minutos después de «saltarse» la hora de regreso a casa acordada con Olga, su madre. Meses después uno de los investigadores, repasando el atestado, pensaría con impotencia que Eva tuvo que pasar frío porque sus ropas estaban traspasadas por el agua.

Catorce horas antes de que su cuerpo fuera descubierto, Eva aún sonreía. Sus 17 años, cumplidos el 3 de febrero, no le habían traído su mejor momento pero era viernes y había quedado con sus amigos de Algete. Esa noche, igual que las dos últimas semanas, tampoco vendría su novio -el chico vivía en Fuente del Saz y estaban enfadados-. Se enfundó los vaqueros pitillo, una sudadera negra, las botas «salomon» y su inseparable cazadora «bomber». A las siete de la tarde salió de su casa para encontrarse con Tania (su mejor amiga) y Vanessa, las hermanas Rodríguez Oronoz, con quienes pasó más de dos horas en «Varona», la tienda de chucherías donde la pandilla decidía la siguiente parada. No hubo novedades. A las 21.45 se encaminaron a las pistas de tenis, situadas junto al colegio en la urbanización Valderrey. Allí, adolescentes compañeros de pupitre apuraban minis y maxis de calimocho y besos de 15 años a ritmo de risas y confidencias, confabulados en la oscuridad de las pistas.

Vanessa y Eva -Tania había vuelto a casa desde «Varona»- se despidieron del resto pasadas las doce menos diez de la noche. Caminaron juntas hasta la glorieta conocida como Canto de la Virgen y ahí se separaron. A Eva le quedaban unos 800 metros para llegar a su casa, en la calle Carmen Conde, un camino que nunca recorrió.

A partir de la glorieta podía seguir al menos dos itinerarios: uno recto hacia abajo y otro en sentido ascendente. Nada más separarse de Vanessa se encontró con un hombre en coche que la estaba esperando. «Alguien a quien conocía, de lo contrario no habría subido al vehículo. También pudieron obligarla entre dos a punta de navaja pero con lo que sabemos o creemos que pasó después es improbable que hubiera más de una persona», explica el teniente Jesús, jefe de Homicidios de la Comandancia de la Guardia Civil de Tres Cantos.

El lugar en el que Eva fue vista por última vez y el canal de la carretera donde se halló su cuerpo están separados por unos cinco kilómetros. No es mucha distancia, aunque hay que conocer el camino y recorrerlo en coche, sobre todo en una noche de perros como la del crimen.

Las diligencias policiales del caso Eva Blanco reflejan que la víctima recibió 17 puñaladas, pero sólo una fue «mortal de necesidad», en el argot criminal: le entró por el costado izquierdo y le destrozó el hígado. El resto, en la espalda, la oreja, y la cabeza son «muy superficiales y están muy juntas». Bajo la melena castaña, en el cráneo, presentaba seis o siete punzadas «que no fueron inferidas con intención de matarla», dicen los expertos. El arma fue una pequeña navaja de no más de siete centímetros de hoja que nunca se encontró. El cuerpo de la chica, perfectamente vestido salvo la cazadora sacada de una manga, no tenía ni una sola laceración, ni una contusión, ni un arañazo. No la golpearon ni la arrastraron. No luchó con su asesino, aunque sí intentó escapar de él ante la inminencia del dolor.

Los investigadores llevan años rompiéndose el cerebro sobre lo que pasó la noche del 19 al 20 de abril y persiguiendo casi a ciegas a un asesino en el que el tiempo no ha hecho mella y al que están seguros de que han tenido y tienen muy cerca. Existe casi la certeza, como se ha dicho, de que Eva se marchó con alguien conocido alrededor de las doce y su muerte se produjo en torno a las cuatro o cuatro y media de la madrugada. Una pareja de novios que frecuentaba un descampado en las inmediaciones del lugar en el que la mataron vio un coche Renault 18 parado muy cerca a esas horas; el mismo vehículo estaba antes en el sitio elegido para apurar amores. ¿Qué pasó en ese tiempo que primero fue corto y después debió de eternizarse para la víctima?

La hipótesis de investigación con la que se trabaja es que Eva mantuvo relaciones sexuales con la persona que se marchó -en la autopsia se tomaron restos biológicos y es la única evidencia con la que se cuenta porque la lluvia se encargó de difuminar las demás-, pero algo debió de torcerse para uno u otro. Se desató una violenta discusión a la que no ayudó el calimocho que Eva había bebido con generosidad. El individuo sacó una navaja y amenazó a la joven, incluso pudo apuñalarla dentro del vehículo. No contaba con que ella no iba a dejarse matar: se arrojó del coche e intentó trepar por el terraplén -quedaron huellas de sus manos y su cuerpo y una pisada lisa en el barro supuestamente del autor-; el asesino la asió por un brazo y ella ya malherida resbaló y cayó al canal. Ahí se quedó, sola, como se sentía con frecuencia, casi dormida.

Nueve años después, sin que el ADN hallado en su cuerpo haya servido de chivato, el caso tiene otra inquietante línea abierta. Algunos creen que la persona que la mató no es la misma con la que Eva compartió intimidad, de ahí que la caza de alguien difuminado resulte aún más compleja. El asesino, por supuesto, sí sabría quién le precedió esa noche y no debió de gustarle. «Tenemos candidatos más que sospechosos», recalcan los guardias civiles.

La niña había tenido un par de relaciones que no cuajaron. Eva ejercía de chica mala sin serlo para llamar la atención del otro sexo y en un intento adolescente de hacerse respetar. Las clases -estaba repitiendo primero de BUP- no le interesaban y a cambio había empezado a frecuentar un grupo de «skin head» cercanos a Bases Autónomas, no por ideología sino como otra vuelta de tuerca en su deseo de ser aceptada.

Escribía un diario que sólo en parte llegó a los investigadores. Eva había cambiado y quizá tenía un secreto -una relación oculta, un confidente especial- que ni siquiera compartió con sus mejores amigas. Ninguna supo qué significaba el número «33643» que se repetía en varios colores y páginas de las notas de la chica.

Parece que esa muerte que tuvo sólo le podía haber pasado a ella. A la semana siguiente su pandilla y el resto de jóvenes de Algete volvieron a las pistas como si nada hubiera sucedido. Nadie mostró miedo, ni habló más que lo justo. «Fue un gran pacto de silencio que todavía hoy intentamosromper», dicen los agentes. Así, después de tomar unas 600 muestras de ADN -el fiscal no autorizó una prueba masiva como se intentó- y hablar con decenas de amigos, profesores, desconocidos, volver una y otra vez sobre los tomos gastados del sumario, se siguen grabando entrevistas. Los amigos de Eva empiezan a casarse y a hablar de otra forma, o a callar...

El asesino de Eva llegó a su casa sin una mancha de sangre, sin una salpicadura de barro. Quizá desayunó antes de irse a dormir. Todavía queda la esperanza de que una madre o una esposa intuyeran y decidan recordar.