El maltrato juvenil se disparó un 14,8% en 2017, según el INE - ABC | Vïdeo: Aumentan los casos de menores víctimas de violencia de género ATLAS
Violencia de género

«¿Lo sabes todo sobre tu novia?»: Los porqués que explican que una joven consienta el maltrato

La «violencia de control» dispara las cifras de maltrato juvenil un 14,8% en solo doce meses

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Desde hace un par de años, hay un fenómeno nuevo que, con tres palabras, repiten como un mantra las asociaciones y entidades que trabajan con mujeres víctimas de violencia de género: se llama «violencia de control». Es la que ejercen, sobre todo, los adolescentes sobre sus parejas, de un género hacia el otro y viceversa, y en la que utilizan una herramienta básica: el móvil y las redes sociales, como si fuese el auténtico termómetro del estado de su relación sentimental. En un punto de atención integral de la Comunidad de Madrid explican que cuando atienden a muchachas de 12, 13 y 14 años (aunque «son cada vez más jóvenes las chicas que entran», aseguran a ABC) se dan cuenta del «control bestial» que se está inoculando a través de ese cauce.

Las relaciones de celos y posesividad de los chicos hacia las chicas y de «lealtad» que guardan ellas permitiéndola es un hecho que vienen denunciando cada vez con mayor vehemencia entidades como la FAD y la Fundación Ana Bella. Ellas lo conciben como un amor romántico y ellos, como muestra de pertenencia, alertan desde estas entidades. Los jóvenes reproducen «roles de género» muy anticuados, corroboran los expertos consultados del punto de atención integral de la Comunidad de Madrid. Y ayer, el INE (Instituto Nacional de Estadística) puso datos también a esta realidad: el mayor repunte de denuncias y víctimas de maltrato en el país se produjo el año pasado en una horquilla tremendamente peligrosa y vulnerable, las menores de 18 años. Se incrementó un 14,8% de 2016 a 2017 (de 569 muchachas a 653), inquieta el INE, y la tasa de víctimas de violencia de género se sitúa en España en 1,4 por cada mil mujeres a partir de los 14 años.

Leticia (nombre ficticio) es una chica sevillana que sufrió maltrato entre los 14 y los 17 años. Ahora acaba de superar la mayoría de edad. La Fundación Ana Bella trabaja con ella para reforzar su autoestima, ya recuperada, y habla con la fortaleza de quien ha «tragado un infierno» con su expareja, un chico de etnia gitana que ahora espera un juicio y al que el juez ha interpuesto una orden de alejamiento de 300 metros respecto de Leticia. La joven alerta a quien consiente un control férreo. «Mi movil era prácticamente suyo, pero lo peor es que me prohibió hablar con mi familia. No me permitía salir con mis amigas porque decía que todas eran unas “putas” y que me iba a ir con otros niños. Él sale por Sevilla capital y yo aún no me atrevo, un año después de haber dejado la relación», confiesa esta muchacha andaluza a ABC.

«Joven para abrir los ojos»

Leticia pasó 8 meses en un centro de protección de Sevilla y otros 15 meses en otra provincia, Huelva, hasta que pudo «verse libre», desatada de un yugo que le llegó con una edad en la que cuesta más «abrir los ojos». «No te gusta sentir que eres una mujer maltratada. Eres demasiado joven hasta para saber qué es eso», asume. «Ahora te aseguro que no permitiré que nadie me vuelva a prohibir nada».

En la radiografía global del maltrato que hace el INE, precisamente la Comunidad de Leticia es la que lidera el ranking de las 29.008 mujeres víctimas que se detectaron en 2017 (ya que se inscribieron en el Registro Central para la Protección de las Víctimas de Violencia Doméstica y de Género), seguida de la Comunidad valenciana.

En lo que se refiere a los menores maltratadores, el número de los denunciados se disparó un 18,7%, de 107 en 2016 a 127 el años pasado. El total de hombres denunciados en el país también creció: fue de 29.987 el año pasado, un 2,8% más que en 2016.

Se refrendan, pues, estudios como los publicados por el barómetro «Proyectoscopio», de análisis de la juventud en el Centro Reina Sofía y la FAD, en los que más de una cuarta parte de las jóvenes «veía absolutamente normal conductas de posesión» y violencia si formaba parte de una relación de pareja. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad también ha dirigido las últimas campañas al foco de los más jóvenes, al estimar que el porcentaje de jóvenes de entre 16 y 19 años que ha sufrido violencia de control por parte de sus parejas ha ascendido a un 25% en el último año (frente a la media de la población en general, que es del 9,6%). Y, de acuerdo a los estudios del Ministerio de Dolors Montserrat, en cuanto a la forma de control, el mecanismo más normalizado entre los jóvenes es el cibercontrol.

Cibercontroladas

«Por qué no contestaste en el momento en que leíste el mensaje, tenías el doble clic del estado de WhatsApp y no te dignaste a responder». «Te había pedido una foto del lugar donde estabas y que me mostraras a tus amigas, y no lo hiciste». No son conversaciones inverosímiles: son casos reales de lo que varios menores, denunciados por violencia de género sobre sus parejas, dijeron a sus novias antes de pasar a mayores, según describe una psicóloga y terapeuta en el citado punto de Violencia sobre la Mujer de Madrid, que preserva el anonimato de todas sus víctimas.

«En muchos casos estamos viendo que repiten patrones de control de las relaciones que han visto en sus casas», cuenta en este punto una especialista en el tratamiento de víctimas. Hijos del maltrato que se comunican con sus parejas a través del golpe y la posesión, sobre todo de la violencia psicológica. Un ejemplo real: César (los nombres sí son ficticios) «llama “fulana” a Isabel, se relaciona con ella a través de golpes, pero es más, la relación de celos le lleva a regañarle por el escote que se pone y el maquillaje que usa». Según esta experta, es el «caso prototípico». César acaba de cumplir los 18 años y es un «caso que hemos perdido», se duele la profesional, porque cuando se aborda la lacra sexista de manera tardía es complicada la rehabilitación terapéutica. «Tuvimos dificultades de intervención con él. Quisimos que toda la inseguridad que volcaba en sus relaciones sociales la identificase como violen