Una matrícula de coche de Isla Mayor aparece semioculta por los mosquitos de la localidad sevillana.FOTOS: ROCIO RUZ

Una plaga de mosquitos «toma» un pueblo de Sevilla y obliga a sus vecinos a recluirse en las casas

Los coches se estropean al entrar los mosquitos en los radiadores, las lociones protectoras son imprescindibles y los bares ven como decae alarmantemente la clientela

ALBERTO MALLADO
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ISLA MAYOR (SEVILLA). La localidad de Isla Mayor, enclavada en el corazón de las Marismas del Guadalquivir, vive desde hace días una situación parecida a un estado de sitio. El enemigo son los mosquitos, que obligan indeclinablemente a sus 6.000 vecinos a recluirse en sus casas cuando cae la noche. Esta es la hora en la que desde los arrozales, arroyos, canales y lagos vecinos comienzan a llegar las nubes de mosquitos, que llegan a formar enormes manchas negras en el cielo. La vida en la calle se hace prácticamente imposible, puesto que se trata de una plaga que puede calificarse como de dimensiones «bíblicas».

Y es que la presencia de estos insectos, digna de un filme de Hitchcock, ha cambiado los hábitos de los vecinos de Isla Mayor. Todas las casas tienen mallas metálicas, la gente se ha acostumbrado a abrir y cerrar las puertas en el menor tiempo posible para que no entre «el enemigo», las terrazas de verano de los bares están protegidas por enormes mallas que no dejan un resquicio a la entrada de los insectos, el insecticida en spray preside todas las habitaciones de las casas y las cremas protectoras son casi un artículo de primera necesidad. La cantidad de mosquitos llega a ser tal que dificulta la circulación de los coches de noche, obligados a llevar el parabrisas funcionando para apartarlos. Hay vehículos que se averían debido a que los mosquitos llegan a atascar los radiadores.

La situación se repite cada año, desde siempre, pero en esta ocasión se ha incrementado -posiblemente por el calor- en un cuarenta o cincuenta por ciento, según los cálculos del alcalde, Francisco Murcia. Esto hace que los vecinos, que tradicionalmente soportan con estoicismo la situación, se muestren particularmente indignados y en particular el propio alcalde, porque todos saben que la situación tiene remedio. El problema es el dinero. El edil remite a lo ocurrido en Huelva, donde prácticamente se eliminaron los mosquitos mediante el tratamiento establecido en un estudio biológico. Pero en Huelva «había intereses económicos por tratarse de una zona turística y aquí no», afirma. El remedio sería incidir sobre el agua, donde se desarrollan las larvas, y no de fumigaciones masivas, puesto que esto tiene implicaciones negativas para el medio ambiente.

La situación ha llegado a ser tal que se plantean incluso realizar movilizaciones ante la Junta de Andalucía y la Diputación Provincial para que atajen el problema. Por ahora, la única solución parece ser la de esperar a que en agosto se trate el arroz con un producto que elimina un insecto, la podenta, que ataca a este cultivo justo en esas fechas. Este tratamiento se lleva por delante un gran número de mosquitos. La pregunta entre los vecinos es lógica: «¿por qué no se aplica este u otro tratamiento similar antes?». Y ellos mismos formulan la respuesta en uno de los bares del pueblo; «porque eso cuesta dinero y estamos en Isla Mayor, donde nadie se acuerda de nosotros».

Para el alcalde se trata de un problema social, de convivencia y sanitario. Quienes más lo padecen, según explica uno de los médicos del centro de salud, Juan Antonio Soto, son los niños pequeños, que pueden tener una especial sensibilidad a las picaduras. En el resto de los adultos no suele ser necesario más tratamiento que algún antihistamínico. Pero como dice este médico, «se trata de un problema de calidad de vida, no se puede estar en la calle, cuando aquí la temperatura es muy agradable por el fresco que viene de la marisma y todo el que puede se va a la playa estos meses». La Marisma trae el fresco, pero también los mosquitos, porque Isla Mayor parece exactamente eso, una isla en medio de una inmensidad de arrozales inundados, que llegan hasta las mismas puertas del pueblo, más de 35.000 hectáreas dedicadas a este cultivo y un auténtico paraíso para los mosquitos.