CUMBRE DEL CLIMA

París quiere ser el principio del fin de los combustibles fósiles

Tras 20 años de negociaciones, 195 países más la UE intentarán sentar las bases de una economía sin casi CO2

Madrid Actualizado: Guardar
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Nada está acordado hasta que se acuerda es la frase más repetida por los negociadores climáticos. Y no es para menos porque estas cumbres de Naciones Unidas, donde asisten representantes de 196 países (la UE-28 actúa como una sola parte), y donde las decisiones se adoptan por consenso, ha dejado ya multitud de ejemplos de que cuanto más cerca está el acuerdo más fácil es que el más mínimo desequilibrio dé al traste con él. Nadie olvida el gran fiasco que resultó ser la cita de Copenhague en 2009.

Han hecho falta seis años de intensa negociación para intentarlo de nuevo, esta vez en París, con el objetivo de alcanzar un acuerdo que ponga al mundo en la senda adecuada para evitar que la temperatura global aumente más de 2ºC, límite considerado seguro por los científicos. La sensación de que París 2015 «es la última oportunidad de salvar el planeta» -como aseguró el presidente del país anfitrión, Francois Hollande, en su intervención ante la Asamblea General de la ONU el pasado septiembre- también se tenía ante la cita de Copenhague, solo que esta vez el cierre de la ventana de oportunidad para actuar es casi inminente. Los últimos datos apuntan a que 2015 no solo será el año más cálido desde que se tienen registros, sino que se cerrará con una temperatura que por primera vez será de 1ºC por encima del nivel preindustrial. Por tanto, el tiempo apremia para abortar ese aumento peligroso del termómetro.

Las conclusiones del 5º informe de Evaluación del Panel de Expertos en Cambio Climático (IPCC), presentado en 2014, fueron claras al respecto: solo una reducción drástica de las emisiones nos permitirá contener el aumento de temperatura en esos ya famosos 2ºC sobre el nivel preindustrial para final de siglo. Para ello habría que reducir las emisiones entre un 40 y un 70% con respecto a 2010 a mediados de siglo, y a casi cero para finales. Y estas reducciones sustanciales en las emisiones solo pueden lograrse a partir de cambios a gran escala en los sistemas energéticos. Por tanto, hay que empezar ya. «París no es un punto de llegada, sino de partida», explica gráficamente Pablo Saavedra, secretario de Estado de Medio Ambiente.

«No hay manual de instrucciones para hacer una transformación de tan amplio calado, pero todos los países coinciden en que podrán realizarse ajustes a medida que las tecnologías vayan avanzando, pero el cambio debe empezar ya con la tecnología disponible actualmente, pues las decisiones de hoy fijarán el perfil de emisiones de los próximos 30 o 40 años», explica Teresa Ribera, directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales y ex secretaria de Estado de Cambio Climático.

Lo que se pretende en París es conseguir un acuerdo global y vinculante que recoja los compromisos nacionales en cuanto a reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y la forma en que los países con mayores ingresos van a colaborar para que las naciones más desfavorecidas puedan sumarse a esa transformación hacia la descarbonización.

La sombra de Kioto

Ahora mismo está vigente un segundo periodo de cumplimiento del protocolo de Kioto, que se extiende hasta 2020 y que solo vincula a la Unión Europea, Noruega, Australia y Croacia, cuyas emisiones apenas representan el 11% del global. Ni Estados Unidos -primer emisor per cápita y segundo tras China en cifras absolutas-, que nunco ratificó el protocolo de Kioto, ni otros grandes emisores como Japón, Canadá y Rusia, que acabaron abandonando el acuerdo, están obligados a reducir emisiones antes de 2020, cuando se pretende que empiece a funcionar el pacto que salga de París y que ya incluiría responsabilidades para todos los países y cubriría casi el total de las emisiones mundiales. El acuerdo de París debería entrar en vigor en 2020, con vocación de perdurar al menos hasta 2050.

Para que no se produzca una desbandada al estilo Kioto una de las premisas básicas, y también uno de los principales escollos, es que el acuerdo sea jurídicamente vinculante. Ésta es una de las líneas rojas de la posición negociadora de la UE y de China -explica Valvanera Ulargui, directora de la Oficina Española de Cambio Climático-, que no quieren ver de nuevo cómo Estados Unidos acuerda fuera de sus fronteras lo que no podrá sacar adelante en su Congreso y Senado. La palabra clave aquí será flexibilidad, dice Ribera, para decidir qué elementos del acuerdo son vinculantes.

Acuerdo vinculante

Así, por ejemplo, Obama podría aceptar comprometerse internacionalmente a realizar acción interna, pero no incluir que la cifra de recorte sea vinculante porque entonces tendría que pasar por el legislador. Aunque la posición de la UE «es de máximos», matiza Ulargui, «todos vamos a tener que ser flexibles, y cómo sea esa vinculación es algo que puede negociarse».

El otro gran escollo es que las contribuciones nacionales a 2025 o 2030 remitidas a la ONU hasta el momento por cerca de 170 países responsables del 95% de las emisiones son del todo insuficientes y conducirían a que la temperatura global del planeta aumentara 2,7ºC en 2100, según los cálculos de la Agencia Internacional de la Energía. En este sentido, el acuerdo de París debería incluir un mecanismo para revisar estos objetivos al alza cada cinco años, de manera que con el tiempo vayan siendo más ambiciosos. Sin embargo, China e India, por ejemplo, son reacias a que esa revisión lleve aparejada una corrección al alza de sus contribuciones. La más beligerante es India, cuarto emisor mundial, que insiste en las emisiones históricas para eludir poner pico a sus emisiones. Aunque el hecho de que no parece que el acuerdo de París vaya a incluir mecanismos de sanción expresa -al contrario que Kioto- podría hacer que relajara su posición.

La tercera pata sobre la que se sustentará el acuerdo es la financiación; esto es, de qué manera se articula la ayuda a los países en desarrollo para que sean capaces de adaptarse a los impactos de un planeta más cálido y un clima más extremo. Este es un punto vital en la negociación. Desde que en Copenhague los países se comprometieron a aportar 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020 para adaptación, aún no se han puesto de acuerdo sobre quiénes contribuyen a ese fondo. Hay voces que creen que ya hay países emergentes, como China, con índices de desarrollo y rentas per cápita más altas que algunos de los llamados países ricos y, por tanto, deben también contribuir a ese fondo, pero se enfrentan a los que creen que solo las naciones desarrolladas deben hacer frente a este coste pues sus emisiones históricas son las que han provocado el problema.

Con estos asuntos sobre la mesa de negociación y un borrador del texto del acuerdo de 51 páginas llenas de corchetes y opciones abiertas los mandatarios de 146 países inauguran mañana una cumbre llamada a cambiar el curso de la Historia.