El Papa, antes de partir a Rumanía, en su audiencia semanal de los miércoles
El Papa, antes de partir a Rumanía, en su audiencia semanal de los miércoles - EP

El Papa viaja a Rumanía para fortalecer la relación con los ortodoxos y visitar a la minoría católica

Elevará a los altares a siete obispos mártires de la dictadura comunista

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En su tercer viaje consecutivo a países ortodoxos de Europa, el Papa Francisco intentará de viernes a domingo en Rumanía mejorar las relaciones con la Iglesia mayoritaria, dar ánimos a la minoría católica -7,5 por ciento de la población- y rendir homenaje a siete obispos mártires de la dictadura comunista, que elevará a los altares en Blaj.

La situación política y las dificultades de apertura de la Iglesia Ortodoxa Rumana limitaron a Bucarest la histórica visita de Juan Pablo II en 1999, la primera a un país de Europa del Este después de su patria, Polonia, donde no podían impedirle la entrada.

Para «completar» aquel viaje de hace veinte años, Francisco dedicará la primera jornada a encuentros con las autoridades y la Iglesia ortodoxa en Bucarest, pero se trasladará el sábado y el domingo a lugares dispersos donde vive la minoría católica: el santuario de Sumuleu Ciuc, Iasi y Blaj. Su programa es agotador, pues son ciudades sin aeropuerto, lo cual requiere bastantes desplazamientos en helicóptero y automóvil.

Aunque el gobierno pasa por momentos de inestabilidad debido a casos de corrupción, el Papa abordará claramente los problemas del país, al tiempo que intentará apoyar la concordia nacional en un país bastante dividido y el esfuerzo por la construcción de Europa.

El patriarca Daniel le recibirá en el aeropuerto y le acogerá en el palacio patriarcal, pero el deseo de unidad de los cristianos no es tan intenso como en 1999, cuando los fieles ortodoxos y católicos gritaban al unísono «¡Unitate!» en una gran concentración.

Los organizadores del viaje esperan un cuarto de millón de fieles el sábado en el santuario mariano de Sumuleu Ciuc y también una gran afluencia el domingo a la ceremonia de beatificación de los siete obispos mártires en Blaj.

Se trata de obispos de rito greco-católico que se negaron a obedecer las órdenes de Stalin de unirse a la Iglesia Ortodoxa de Rumanía, controlada por los comunistas. Fueron arrestados en 1948 y maltratados, torturados e incluso mutilados hasta que murieron en prisión, excepto algunos que pusieron en libertad para que muriera fuera. Uno de ellos había sido nombrado cardenal «in pectore» (en secreto) por Pablo VI, quien no lo revelaría hasta 1973.

En cambio, el obispo Alexandru Todea logró sobrevivir a la prisión y llegar a ver la caída del comunismo. Juan Pablo II le nombró cardenal, y fue considerado un héroe nacional hasta su fallecimiento en 2002.