El Papa urge a los sacerdotes abusadores: «Convertíos y entregaos a la justicia»

Advierte a los obispos que «el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad»

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Con un vigor y claridad sin precedentes, el Papa Francisco ha reconocido este viernes ante toda la Curia vaticana las «abominaciones de los hombres consagrados que abusan de los débiles valiéndose de su poder moral» y continúan «ejerciendo su ministerio como si nada hubiera sucedido, temiendo solo ser descubiertos y desenmascarados».

En el encuentro de felicitación de Navidad, el Papa ha enviado un mensaje rotundo estos delincuentes en todo el mundo: «A los que abusan de los menores querría decirles: convertíos y entregaos a la justicia humana. Y preparaos a la justicia divina, recordando las palabras de Cristo: ‘Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar'».

La orden de Francisco es clara: que confiesen sus delitos al obispo y a la policía. Y después de haber cumplido con las leyes civiles y eclesiásticas, que se arrepientan de corazón, como el Rey David, a quien puso como ejemplo de persona ungida que se corrompe y cae en «un triple pecado, es decir, tres graves abusos a la vez: abuso sexual, de poder y de conciencia. Tres abusos distintos, que sin embargo convergen y se superponen».

El Papa quiere dar la vuelta a una situación autodestructiva en varios países en que las víctimas no tienen otra salida que acudir a los medios de comunicación y los tribunales, mientras los obispos encubren a los sacerdotes delincuentes -sin importarles el desprestigio de los buenos-, niegan el problema y ocultan además los encubrimientos cometidos por sus predecesores en el cargo, perpetuando así la herida a las víctimas.

Por eso, el Papa ha desautorizado a quienes desde dentro de la Iglesia critican a los informadores que exponen este problema, añadiendo que «en cambio, me gustaría dar las gracias sinceramente a los trabajadores de los medios que han sido honestos y objetivos, y que han tratado de desenmascarar a estos lobos y de dar voz a las víctimas».

El comportamiento recto de un obispo es la ayuda a las víctimas y la transparencia. Con toda claridad, el Santo Padre ha indicado que «incluso si se tratase solo de un caso de abuso ―que ya es una monstruosidad por si mismo― la Iglesia pide que no se guarde silencio y salga a la luz de forma objetiva, porque el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad».

El mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad

Sin pelos en la lengua, el Papa ha reconocido que «en el pasado, algunos responsables de la Iglesia, por ligereza, por incredulidad, por falta de preparación, por inexperiencia o por superficialidad espiritual y humana han tratado muchos casos sin la debida seriedad y rapidez. Esto nunca debe volver a suceder. Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia».

Para pasar página de una vez, el Papa ha adelantado que en la cumbre de presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo del 21 al 24 de febrero, «la Iglesia se planteará, con la ayuda de expertos, cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios».

Francisco asegura que «se buscarátransformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo, no solo del cuerpo de la Iglesia sino tambien de la sociedad».

Es una tarea urgente y quizá mucho más extensa de lo que parece ahora mismo pues, según el Papa, «si esta gravísima desgracia ha golpeado a algunos ministros consagrados, la pregunta es: ¿Cuánto podría ser profunda en nuestra sociedad y en nuestras familias?».

Por ese motivo, «la Iglesia no se limitará a curarse a si misma, sino que tratará de afrontar este mal que causa la muerte lenta de tantas personas, a nivel moral, psicológico y humano».

Es necesario la ayuda de profesionales pues desenmascarar a los delincuentes resulta, según el Papa, «una tarea muy difícil porque los verdaderos culpables saben esconderse tan bien que muchas esposas, madres y hermanas no pueden descubrirlos entre las personas más cercanas: esposos, padrinos, abuelos, tíos, hermanos, vecinos, maestros...».

En un mensaje de alerta a quienes no conocen estas patologías, Francisco ha dicho que «también hoy, muchos reyes David entran, sin pestañear, en la red de corrupción, traicionan a Dios, sus mandamientos, su propia vocación, la Iglesia, el pueblo de Dios y la confianza de los pequeños y sus familiares». No tienen aspecto de ogros, sino lo contrario: «A menudo, detrás de su gran amabilidad, su labor impecable y su rostro angelical, ocultan descaradamente a un lobo atroz, listo para devorar a las almas inocentes».

Por desgracia, «incluso las víctimas, bien elegidas por sus depredadores, a menudo prefieren el silencio e incluso, vencidas por el miedo, se ven sometidas a la vergüenza y al terror de ser abandonadas» por su propia familia y amigos.

En definitiva, se trata de hacer limpieza dentro de la Iglesia, abrir puertas y ventanas para que ningún delincuente pueda esconderse, y facilitar ayuda en este campo igual que se ayuda en cada país a tantos miles de personas que pasan hambre o que no pueden pagarse los estudios o la atención médica.

Duras palabras para los sembradores de cizaña

Francisco tuvo también palabras duras para los traidores, incluso entre los obispos, citando unas palabras de San Agustín: «¿Pensáis, hermanos, que la cizaña no sube a las cátedras episcopales? En las cátedras episcopales hay trigo y hay cizaña; y en las comunidades de fieles hay trigo y hay cizaña».

Refiriéndose a los obispos que siembran la división e insinúan la enemistad, el Papa ha sugerido que «en realidad, las treinta monedas de plata están casi siempre detrás de estos sembradores de cizaña. Aquí́la figura del rey David nos lleva a la de Judas Iscariote, otro elegido por el Señor que vende y entrega a su maestro».

Pero al mismo tiempo que denunciaba la corrupción interna, el discurso del Papa incluía una cálida felicitación por la gran fidelidad de la mayoría de los ministros: «Pienso especialmente en los numerosos párrocos que diariamente ofrecen un buen ejemplo al pueblo de Dios, sacerdotes cercanos a las familias, que conocen los nombres de todos y viven su vida con sencillez, fe, celo, santidad y caridad».

Y todo en un encuadre positivo pues «las caídas y el mal cometidos por algunos hijos de la Iglesia nunca pueden oscurecer la belleza de su rostro, es más, nos ofrecen la prueba cierta de que su fuerza no estáen nosotros, sino en Jesús».

Concretamente, en estos días, «la Navidad es una manifestación de que los graves males cometidos por algunos nunca ocultarán todo el bien que la Iglesia realiza gratuitamente en el mundo».