El Papa pide integrar a los divorciados valorando en privado la situación de cada persona

En un documento publicado hoy, ha propuesto acabar con la condena automática de personas que viven en situaciones matrimoniales «llamadas irregulares», ya que «nadie puede ser condenado para siempre»

Corresponsal en El Vaticano Actualizado: Guardar
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«El camino de la Iglesia es no condenar a nadie para siempre», señala el Papa Francisco en el capítulo ocho, el más delicado de su exhortación apostólica « La alegría del amor», pues es el dedicado a «reintegrar» en la Iglesia a los divorciados vueltos a casar y a las personas que viven en situaciones matrimoniales «llamadas irregulares». Es un documento esperanzador y misericordioso. [Lee el documento completo]

El Papa es muy consciente de que en Europa y América, el tema más debatido en los dos Sínodos de la Familiaera la posibilidad de readmitir a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar y a las parejas que conviven.

Pero, tal como adelantaron los dos Sínodos, celebrados en octubre del 2014 y octubre del 2015, se trata de un tema delicado en que cuentan mucho las circunstancias y la rectitud de cada persona, y por el eso el Papa confirma que «no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Solo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento pastoral de los casos particulares». [Vota aquí si te parece bien y estás de acuerdo o no]

Pero, a continuación, afirma claramente que «nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren».

Y puntualiza que «los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral». El documento no cierra ninguna puerta, pero tampoco las abre como norma general. Invita a un enfoque diferente: empezar por un examen a fondo de la propia conciencia.

Lo único que «La alegría del amor» proclama en modo rotundo es que «los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo». E insiste en que «la lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no sólo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino que puedan tener una experiencia feliz y fecunda».

«Son hermanos y hermanas»

En un esfuerzo por erradicar los enormes prejuicios que se viven en muchas parroquias y algunos movimientos, Francisco insiste en que «son bautizados, son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos».

Y remite de nuevo al caso por caso en cuanto al grado de integración de los divorciados casados en la vida de la parroquia y los sacramentos: «su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas».

¿Quién decide?

Ante este planteamiento, la gran pregunta es, naturalmente, ¿quién decide y cómo? La respuesta es que «los presbíteros tienen la tarea de acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo».

El elemento clave es el examen de conciencia sincero sobre las circunstancias en que se produjo el fracaso del primer matrimonio, el modo en que se respetan las obligaciones creadas por primero, la entidad de las situaciones irreversibles creadas por el segundo y, naturalmente, la rectitud de lo que uno desea de la Iglesia.

La expresión clave es «foro interno», la conciencia personal en lugar de las normas que entren en una casuística interminable e imposible de establecer.

Con toda claridad, el Papa indica que «la conversación con el sacerdote, en el fuero interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre aquello que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer».

Atenuantes

En el apartado siguiente, que lleva como título «Circunstancias atenuantes», Francisco es rotundo en poner fin a las condenas automáticas: «La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada ‘irregular’ viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante».

Como el tema es, a la vez, muy importante y delicado, el Papa orienta el juicio añadiendo que «es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano».

Naturalmente, precisa que los casos de « misericordia pastoral» son excepciones, pues «aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma».

Pero al mismo tiempo advierte que «un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares’, como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas».

No solo sería una falta de caridad sino también un error pues «por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios».

Compasión con los frágiles

Francisco sabe que hay una minoría contraria a lo que él llama en este documento la «misericordia pastoral», y la trata con respeto pero con claridad: «Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad».

Pide también que los obispos y sacerdotes corrijan el rigorismo de algunos fieles empeñados en marginar a otras personas, ayudándoles «a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes». Pero el capítulo ocho, titulado «Acompañar, discernir e integrar la fragilidad» es tan solo uno de los nueve de un documento que forma una sinfonía completa, tan realista como positiva.

Aun siendo un texto muy grato, «La alegría del amor» tiene mucha menos belleza poética y ritmo que la exhortación apostólica « La alegría del Evangelio» o la encíclica ecológica « Laudato si», que procedían directamente de la pluma de Francisco, y contenían muchas menos citas.

Documento abierto y positivo

Este documento es una exhortación apostólica postsinodal, y por eso incorpora muchas citas de los dos Sínodos de la Familia y de algunas conferencias episcopales, en la línea de sinodalidad y colegialidad.

Así, por ejemplo, el Papa menciona que «en el contexto de varias décadas atrás, los Obispos de España ya reconocían una realidad doméstica con más espacios de libertad, ‘con un reparto equitativo de cargas, responsabilidades y tareas (…) Al valorar más la comunicación personal entre los esposos, se contribuye a humanizar toda la convivencia familiar’». Es una cita tomada del documento «Matrimonio y familia» del 6 de julio de 1979.

En conjunto, «La alegría del amor» es un documento muy abierto y positivo, pero sin ignorar los problemas y sin esconder las propias faltas.

Francisco no tiene inconveniente en reconocer que «a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos, por lo cual nos corresponde una saludable reacción de autocrítica. Por otra parte, con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación».

En lugar de lamentar y condenar a los demás, el Papa reconoce que «tampoco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con propuestas que se adapten a sus horarios, a sus lenguajes, a sus inquietudes más concretas».

Del mismo modo, reconoce que «nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas».

Rechazo a la violencia sobre la mujer

Entre muchos casos concretos, denuncia «la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación».

E insiste en que «es importante ser claros en el rechazo de toda forma de sometimiento sexual. Por ello conviene evitar toda interpretación inadecuada del texto de la carta a los Efesios donde se pide que ‘las mujeres estén sujetas a sus maridos’. San Pablo se expresa aquí en categorías culturales propias de aquella época, pero nosotros no debemos asumir ese ropaje cultural, sino el mensaje revelado que subyace en el conjunto de la perícopa (el pasaje)».

Por su amplitud, el documento podría considerarse como un conjunto de varios pequeños tratados sobre el modo en que Jesús se comportaba con las familias, el amor en el matrimonio, el modo de sacar adelante los hijos, la «familia grande» que integra a los suegros y a otras familias, y la «espiritualidad matrimonial y familiar».

Es un documento para leer muy despacio, que impulsará el cambio iniciado en los dos Sínodos hacia una actitud constructiva y positiva: «En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor».