El Papa lava los pies a uno de los presos de la cárcel de la ciudad de Velletri, a una hora de la capital (Roma)
El Papa lava los pies a uno de los presos de la cárcel de la ciudad de Velletri, a una hora de la capital (Roma) - AFP

El Papa lava los pies a doce presos en una cárcel fuera de Roma

Les dice que «es un gesto que realizaban los esclavos y nos enseña a servir a los demás»

CORRESPONSAL EN EL VATICANOActualizado:

Como al Papa Francisco se le han «acabado» las tres cárceles de Roma, en este Jueves Santo se ha desplazado a la ciudad de Velletri, a una hora de la capital, para celebrar la misa de la Cena del Señor con los reclusos y lavar los pies a doce de ellos en representación de todos los demás, recordando el gesto de Jesús.

El Santo Padre fue recibido con aplausos en una cárcel donde reina una extraña paz a pesar de estar absolutamente sobrecargada: 570 reclusos -muchos de ellos extranjeros- en un edificio construido para 411, como recordó la directora, Maria Donata Iannantuono, una de las autoras de este milagro junto con la subdirectora, Pia Palmieri, y la comandante de la policía penitenciaria, Maria Luisa Abossida.

Si no fuera por la dureza de muchos rostros, resultaba difícil pensar que la misa conmemorativa de la Última Cena se estuviese celebrando en una cárcel. Había, eso sí, una mayoría de hombres, unos jóvenes y otros maduros, pero también muchas mujeres que forman parte de la administración penitenciaria y de los servicios sociales a los reclusos.

Y, dispersos por el medio, policías de uniforme, pero en una actitud de gran tranquilidad, que intercambiaban un apretón de manos con el preso más cercano durante el signo de la paz y cantaban al unísono con los demás participantes.

Como siempre, el momento de mayor emoción fue el lavado de los pies a doce de los presos: nueve italianos, un marroquí, un marfileño y un brasileño.

Antes de dirigirse hacia ellos, el Papa les explicó que «este es un gesto que, en tiempos de Jesús realizaban los esclavos. Como no había asfalto, cuando alguien llegaba a una casa de visita o para almorzar, traía los pies llenos de polvo, y los esclavos los lavaban».

En un tono sereno y casi íntimo, Francisco añadió que «Jesús no solo realizaba esa tarea de esclavo sino que aconsejó a los Apóstoles: "Haced esto en memoria mía". Es decir, servid los unos a los otros, servid a los demás».

El Papa comentó que «la fraternidad es siempre humilde, está al servicio de los demás. Y yo realizaré este gesto porque cada uno de nosotros debe estar al servicio de los demás».

En el caso de Francisco es un gesto heroico, pues con sus 82 años y su ciática le cuesta mucho arrodillarse y, de hecho, no lo hace durante las ceremonias litúrgicas.

Pasado tormentoso

Pero ante los presos sí. Lavaba un pie a cada uno, lo secaba cuidadosamente, lo besaba y, al terminar, miraba hacia arriba, a los ojos del recluso: unos fríos, y otros desbordantes de lágrimas. Con todos intercambiaba, además, un apretón de manos. La abundancia de tatuajes de alguno y las cicatrices de algún otro sugerían un pasado tormentoso, pero Francisco los ve como hermanos.

Las oraciones de los fieles, compuestas por los participantes, marcaron otro momento de gran intensidad, pues respondían a las preocupaciones sinceras de las directoras del penal, de los policías o de los presos.

Una de ellas fue en español: «Por todos nosotros, que salimos de nuestras tierras y vinimos a Italia buscando mejores condiciones de vida…». Otra plegaria, en italiano, era todavía más dolorosa: «Por nuestros compañeros más frágiles, que han perdido la vida en la cárcel». Es el drama de los suicidios cuando falta por completo la esperanza.

La cárcel de Velletri es más humana gracias a las tres mujeres que la dirigen, en medio de grandes dificultades. En sus palabras de agradecimiento al Papa, la directora, Maria Donata Iannantuono, explicó que uno de sus principales objetivos es crear condiciones serenas que «disminuyan el riesgo de reincidencia al terminar las condenas, en la mayoría de los casos por delitos comunes».

No le resulta fácil, pues acoger a 570 presos en lugar de los 411 previstos conlleva «una grave carencia de personal, que significa trabajar en condiciones duras, sin poder garantizar toda la atención y todos los derechos a todos los detenidos».

La directora le habló de su ilusión por aumentar las actividades de trabajo en la cárcel, que ocupen mejor el tiempo y permitan ahorrar para el futuro. En estos momentos cuentan con una pequeña granja fuera del penal, pero solo pueden trabajar en ella los siete reclusos que reúnen todos los requisitos. Al final de la misa, algunos de los regalos a Francisco fueron, precisamente, productos de la granja, que recibió como un tesoro.