El Papa Juan Pablo II recibe la comunión de Joseph Ratzinger, a quien guardaba «trabajo preparado», dice el autor de esta biografía novelada sobre Karol Wojtyla - fotos: abc y sekotia
entrevista

«Al Papa Juan Pablo II no le duraba un euro ni cinco minutos sin repartirlo»

Ve la luz la primera biografía novelada del Pontífice con motivo del primer aniversario de su beatificación. El autor, Carlos A. Marmelada, se adentra en su vida no pública, su mundo de afectos, recorre su Polonia natal y lo radiografía con testimonios de quienes rodearon al «santo que cambió la historia»

madrid Actualizado:

«Para todos aquellos fieles que el 8 de abril de 2011 aclamaban en la Plaza de San Pedro "Santo súbito" para que el Papa Juan Pablo II fuese beatificado, el personaje era queridísimo, uno de los líderes más influyentes del siglo XX y trascendental para el mundo contemporáneo, pero la persona es tremendamente desconocida». Del relato de la «vida no pública» de Karol Wojtyla se ha encargado quien así habla, el profesor Carlos Alberto Marmelada, que acaba de publicar la primera biografía noveladadel predecesor de Benedicto XVI (Ediciones Sekotia). Se trata de un volumen distinto a los ensayos y libros que abordan el pensamiento del Papa polaco para saltar a su mundo espiritual, a sus afectos, emociones y sentimientos.

abc
abc

Con un recorrido cronológico muy original, la biografía narrada «y realista» del devenir de Juan Pablo II lleva por título «Hasta el último aliento. Juan Pablo II, el santo que cambió la historia», y comienza con el día de su fallecimiento, la noche del 2 de abril de 2005, con 84 años. Después, en un «flash-back» muy estructurado retorna a su infancia para trazar el periplo que le llevó de sacerdote a obispo, arzobispo y el Juan Pablo Segundo al «que quería todo el mundo». Las últimas páginas del libro obedecen a los acontecimientos fechados el 1 de mayo de hace un año, con su beatificación, cuyo día de celebración será el 22 de octubre. Esta fecha es la del Inicio de su Pontificado como el 264º Santo Padre de la historia de la Iglesia cristiana y ahora, santo. El libro es un homenaje para ese primer aniversario del proceso de beatificación más corto de la Iglesia moderna -seis años y treinta días, superando en un mes al proceso de Santa Teresa de Calcuta-, aunque los fastos se ultimen para el 22 de octubre. «Cuando observas a jóvenes de 17-18 años preparar esas celebraciones, compruebas que a Juan Pablo II lo quería muchísimo la gente, porque cuando murió en abril de 2005 esos chavales tenían 10-11 años». Sorprendido habla el profesor Marmelada que resume el «tempo» de la novela: «El 80% de la obra trascurre en una semana, y eso que recorre más de un siglo de historia».

Marmelada (Barcelona, 1962) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación e imparte clases en la Universidad Internacional de Cataluña. El autor de la biografía novelada irradia adoración por los cuatro costados por el Pontífice al que ha radiografiado apoyándose solo en un pequeño puñado de personajes ficticios, como el «narrador» de la obra e investigador de la vida de Wojtyla, el padre Kowalski. Durante su conversación con ABC.es se va involucrando entusiasmado en las virtudes del «Papa viajero» a quien se ha aproximado con una labor minuciosa de ambientación de la Polonia de la época, sus costumbres, la travesía vital de un muchacho nacido en Wadowice, marcado por su orfandad de madre desde los nueve años, fichado por la Gestapo y luego combativo con el comunismo que se hizo también con su país natal y, especialmente, en su mundo de afectos gracias a los testimonios y contactos con decenas de sus compañeros de la infancia, el seminario (a partir de octubre de 1942) y el colegio cardenalicio en el Vaticano. «Muchos de esos testimonios son de octogenarios, otros han muerto ya... y todos, chicos y chicas, destacan la gran facilidad de Karol Wojtyla para encontrarse con la gente y hacer amigos».

«Wojtyla tenía facilidad para hacer amigos y vivía una amistad sin género»

«¿Cuando habla de sus compañeras quiere decir que tuvo novias?», interrogamos con un punto curioso al autor. Y él traza: «Ésa fue una de las cosas en las que trató de desprestigiarle el Gobierno comunista prosoviético que se instaló en Polonia y cursó una investigación de espionaje al Papa, pero nunca se le achacar nada. Tiene un pasado intachable y él vivía la amistad sin género». En el libro se recopilan incluso declaraciones de una famosa mujer con la que públicamente se le atribuyó un idilio en su juventud. «Ella misma, la hija del director del colegio donde estudiaba Wojtyla, lo niega y secunda que nunca le vio ni un gesto fuera de lo cortés y respetuoso», agrega el autor, que lo describe como un joven alto, rubio y con ojos azules, «el yerno que toda madre quiere» para sí.

Pero Wojtyla andaba adentrado ya en el mundo del rezo, influenciado por varios modelos de santidad, como su padre, que oraba sin descanso tras la pérdida de su esposa Emilia Kaczorowska y con una fe católica insondable, además del hermano Alberto (fundador de una orden hacia los desamparados), o el llamado «santo del rosario viviente», Jan Tyranowski, a quien beatificó ya siendo Pontífice. En su recorrido de huida de la Alemania nazi y la ocupación polaca, su refugio en catacumbas de Cracovia, su internamiento en un grupo de teatro... se forjó un Papa definido por sus circunstancias. Marmelada lo acerca al lector como un «Papa humilde, de máxima entrega a los demás y renuncia a sí mismo y preocupado por los jóvenes, con gran desapego hacia las cosas. Esos son sus rasgos definitorios».

Volvemos a interrogar al autor: «¿Es compatible esa renuncia a lo material con vivir en el Palacio Apostólico del Vaticano posteriormente, se sentiría a disgusto rodeado de tanta fastuosidad?». Marmelada: «Todo el mundo que conocía a Juan Pablo II sabe que le regalaban algo y le duraba cinco minutos. No quería nada, ni un euro habría sabido tener un minuto sin dárselo a quienes lo necesitaban, sin repartirlo. Un vistazo a su habitación lo retrata: una cama pegada a la pared, una sillita con una mesa con una lamparita, un cuadro de la Vírgen y una fotografía de sus padres. Le bastaba con eso». Precisamente esa búsqueda del desprotegido es la que le marca ya como arzobispo de Cracovia, cuando «se ganó el afecto de todos los fieles y sacerdotes porque viajaba de diócesis en diócesis porque sabía que sólo así se podía aproximar y conocer realmente los problemas de la gente. Luego también lo hizo como Papa y si Pablo VI había salido nueve veces de visita durante su Pontificado y todas ellas a lugares de Italia, Juan Pablo II realizó más de 140 viajes en Italia y 104 intercontinentales», desgrana su biógrafo. Visitó 129 países. El «Papa viajero» marcó un antes y un después en la Iglesia y la historia con fe (y no muerte y destrucción, subraya el autor, como otros personajes definitivos) y se granjeó a pulso y con cientos de kilómetros a sus espaldas ese cariño profesado en la betatificación más multitudinaria que se recuerda en la Ciudad Estado que palpita dentro de Roma. Una prueba de ello es que al comenzar su Pontificado, la Santa Sede tenía relaciones diplomáticas con 84 estados, y al fallecer, eran 173.

Hablaba italiano, francés, alemán, inglés, español, guaraní, portugués, ucraniano, ruso, croata, el esperanto, griego antiguo y latín, idiomas que emplearía para ser tener un papel decisivo y explítico en la mejora de las relaciones de la Iglesia católica con otras confesiones, como el judaísmo, el islam, la Iglesia ortodoxa oriental y la comunión anglicana, para encontrarse en una imagen histórica con Fidel Castro en La Habana en 1998, para ser el Papa más canonizador y beatificador y para, en una palabra, posicionar a la Iglesia que lideraba con 1.900 millones de fieles como el faro y la guía del mundo que le tocó vivir.

El hombre de la decisiones pacientes

Benedicto XVI le pidió varias veces jubilarse, pero Wojtyla tenía trabajo «preparado» para él

A Juan Pablo II tampoco le faltaron detractores, como todos aquellos que despotrican contra la figura por ser líder de un credo que no comparten, aunque el profesor catalán destaca que en la recreación histórica de los 26 capítulos de su vida, con un contexto histórico distinto y perfectamente recogido en esta publicación, uno se acerca a la personalidad del Papa y sabe que lo que «uno en su lugar hubiese hecho lo mismo que él». «Tradicionalmente se le imputa abordar problemas desde un punto de vista sobrenatural, pero él analizaba todo con tranquilidad, tenía mucha paciencia, le gustaba documentarse y nunca tomaba decisiones en caliente. Podía esperar veinte años en tomarla si era la correcta y cuando presenciaba discusiones de los cardenales delante de él, se retiraba para ser ecuánime y tomar una determinación clara». Hay una parte de los feligreses que recordarán siempre a Karol Wojtyla como el «Papa de todos los católicos». No quiere significar que no se acepte a Joseph Ratzinger, matiza el autor de esta biografía, sabedor como es de las masas que arrastraba a su paso su predecesor al que pidió en varias ocasiones jubilarse y retirarse a su Baviera natal para seguir cultivando su estilo áspero y escolástico que le valieron la fama como el «intelecto del Vaticano». «Juan Pablo II no le dejó, tenía trabajo preparado para él», coteja Marmelada, y aprecia: «Como Santo Padre, Benedicto XVI está sorprendiendo también a los fieles, como ocurrió en su visita reciente a Inglaterra, presentándose afable, sonriente y simpático también, por qué no». «El tiempo le hará Justicia a Joseph Ratzinger -completa el profesor-, quizás póstumamente». Como no ocurrió con otro Papa, al que ya se le tributó en vida, Juan Pablo II, y prosiguen los homenajes, como este libro.