Sveta Planchinta posa durante su embarazo
Sveta Planchinta posa durante su embarazo - FOTO CEDIDA A ABC

«En un país normal una mujer no gestaría al hijo de otros, pero esto es Ucrania»

Esta es la historia de Sveta, una de las muchas mujeres ucranianas que prestan su cuerpo a parejas españolas para que sean padres

MadridActualizado:

Cumplió 30 años el pasado 1 de febrero. Tiene dos hijos y, a finales de noviembre, dio a luz por tercera vez, aunque en esta ocasión el bebé no lleva sus genes. Se llama Svitlana Planchinta —pero todos la llaman Sveta— y es una de las mujeres ucranianas que ponen su vientres para gestar a los hijos de parejas que no pueden tenerlos. Cobró 13.000 euros por hacerlo, que ha utilizado para comprarse una casa en su pueblo, una aldea a 800 kilómetros de Kiev. Ese era su objetivo cuando comenzó todo el proceso para dar a luz al bebé de una de las parejas españolas que han estado durante semanas en la capital ucraniana esperando a que el consulado inscribiera a sus hijos.

Fue la hermana de su marido —ya exmarido— la que le habló sobre esta posibilidad, ya que ella había sido gestante en tres ocasiones. En un primer momento su pareja la animó a hacerlo, pues le pareció una buena manera de poder vivir de ella. Para ello le exigían ser menor de 35 años —aunque asegura haber visto gestantes de más edad—, tener al menos un hijo y una buena salud.

Siguió el consejo de su marido y lo intentó, pero el embrión no se enganchó bien a su cuerpo, por lo que no pudo gestar a ese bebé. Pero cuando la relación terminó, hace ahora un año, Sveta pensó que era una buena manera de reparar parte del daño que el fin del matrimonio le había causado, pues el padre de sus hijos les quitó la casa, dejándolos en la calle. Su trabajo de cocinera no le permitía pagar otra vivienda, por lo que se fue a vivir con sus hijos a casa de sus padres.

De manera altruista

«Tuve que decidirme y dar ese paso para poder comprar un piso. Tengo dos hijos en los que pensar, y mi objetivo era darles una casa en la que pudieran vivir», explica por teléfono. Sin embargo, y aunque ella sí lo hizo por falta de dinero, durante el proceso se dio cuenta de que no todas las mujeres lo hacen por necesidad. «Cuando estaba en la clínica vi a mujeres que, si me las hubiera encontrado por la calle, nunca habría pensado que serían gestantes. Una de ellas contaba que su marido tenía buena posición y que vivían en una casa grande, de dos plantas. Cuando le pregunté que por qué lo hacía, me dijo que para pagar sus gastos, sus cosas, que le parecía una manera de conseguir el dinero», cuenta.

Pero tras haber dado a luz al bebé de una pareja española y haber compartido momentos con ellos, ahora cree que sería capaz de hacerlo también sin recibir dinero a cambio. «Nunca me lo había planteado, pero ahora, pensándolo bien, creo que sí lo haría. No veo nada malo en ayudar a otras personas, y mientras hay niños abandonados porque sus padres nos los quieren, hay gente que no puede tenerlos. ¿Por qué no hacerlo si puedes ayudar a que alguien sea más feliz?», reflexiona.

«Hay gente que quiere tener hijos y no puede y yo he decidido ayudarlos»

Cuando ella se decidió, no todo el mundo lo entendió. Pero Sveta asegura que no le importa, pues sus padres y su entorno más cercano lo aceptaron y la apoyaron en todo momento. Uno de los momentos más complicados fue cuando se lo tuvo que explicar a sus hijos, de seis y nueve años. Al principio se lo ocultó, pero cuando se le comenzaba a notar la barriga los sentó y les dijo: «En mi vientre tengo un bebé, pero este bebé es para otra pareja, porque a veces hay gente que quiere tener hijos y no puede, y yo he decidido ayudarles y dejar mi vientre para que este bebé viva ahí de momento». Aunque al pequeño le costó un poco, finalmente los dos lo entendieron.

Si se decidiera a ser gestante de nuevo, reconoce, le gustaría que fuera en otras circunstancias. Las políticas de las clínicas ucranianas de gestación subrogada tratan de evitar el contacto entre parejas y gestantes. Sin embargo, cuando Sveta estaba embarazada de tres meses, pudo conocerlos a través de una videollamada por Skype. A los cinco meses, los médicos vieron que tenía placenta previa —cuando esta está más baja de lo normal y por tanto supone un riesgo— y la trasladaron a Kiev para estar cerca de la clínica. No avisaron a la pareja española. «Una corazonada» fue lo que esta ucraniana cree que tuvo el matrimonio, pues en ese momento la localizaron a través de redes sociales. A partir de ahí, comenzaron un contacto clandestino.

«Me parecieron muy majos y bastante alegres. Cuando ya estaba a punto de dar a luz y llegaron a Kiev, comenzamos a pasar tiempo juntos, aunque todo a espaldas de la clínica», confiesa. Es precisamente este punto el que a Sveta le lleva a plantearse si volvería a hacerlo, pues considera muy importante el contacto con los padres del bebé. Tanto que, en este caso, espera seguir manteniéndolo. «No me gustaría que me olviden ni olvidarlos», dice.

Daña la dignidad

Otra de las cosas que reconoce que quizás le echaría para atrás es el trato que las clínicas dan a las gestantes. «En Ucrania, a las mujeres que estamos en este programa, se nos trata como trabajadoras. Nos dicen cuáles son las normas y que hay que cumplirlas. No piensan en nosotras como mujeres que somos, y además embarazadas, sino como empleadas», lamenta. A su juicio, se daña «un poco» la dignidad de las mujeres. «En un país normal donde la gente vive bien, una mujer no lo haría, pero en Ucrania, como no queda otra, las personas se buscan la vida de distintas maneras, y esta es una de ellas», asegura.

Cuando las trasladan a Kiev, cuenta, viven en pisos compartidos con más mujeres embarazadas. En su caso, eran seis en un piso de tres dormitorios, compartiendo una habitación por cada dos. Vivían solas, aunque contaban con una especie de coordinadora a la que podían llamar cuando les surgía alguna duda o problema. También era ella la que les daba dinero para hacer la compra, y otra mujer acudía a limpiar la casa. Pero echaba de menos un trato más humano, que sí atribuye a la familia española, hacia quien solo tiene palabras buenas: «Desde el primer momento, en sus ojos vi tanta esperanza por que salieran las cosas bien, que sabía que no iba a pasar nada malo. Se preocuparon por mí en todo momento».

Aunque asegura que durante el embarazo no tuvo tentación de echarse atrás, al tener al bebé entre sus brazos le entraron dudas. «Estuvo tres días conmigo. Nueve meses dentro, pero tres días en los que estaba en mis brazos. Cuando ya se marcharon ellos con el bebé entendí que era el final, que ahí terminaba todo. Lloré mucho. Claro está, soy persona, no soy un robot. Pero luego, cuando me invitaron a visitarlos, los vi encantados, y pensé qué futuro le esperaba a ese niño. Tenía que ir a su país, con sus padres, y ya está», explica.