La mujer en el lenguaje : La disputa de los géneros

Jesús Piceto Pérez Fernández
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Durante la primera década del siglo actual escuchábamos en España con gran frecuencia cómo un político nacionalista se expresaba siempre esforzadamente empleando un lenguaje de doble género del que parecía hacer gala. Ciudadanos y ciudadanas; vascos y vascas, etc. Era el lendakari Juan José Ibarretxe, que promocionaba primero y presentaba finalmente en Cortes su famoso plan para avanzar definitivamente en el separatismo vasco. A aquella propuesta se la llamaba abreviadamente Plan Ibarretxe, y de manera familiar Raca-raca, esto último debido al meritorio tesón de su promotor. Obviamente, para tal programa necesitaba unificar al máximo en su favor los apoyos en el País Vasco, y dado que no menos de la mitad del electorado son mujeres, exhibir con la mayor frecuencia y a poco que viniera a cuento un lenguaje que proclamara su integración debería suponer una interesante ventaja en urnas.

Pero el tiempo pasa, y aquel lenguaje de raca-raca parece que fue lo que quedó más entero del Plan Ibarretxe, al menos fuera del País Vasco. Porque una vez superada la breve fase inicial quizá de cierta perplejidad, muchos políticos, empezando por los que se tenían por más izquierdosos y progresistas, asimilaron fácilmente la tenue epidermis de semejante pesadez expresiva y se subieron a ese carro oratorio de dos ruedas tan propenso a todos los charcos. Pronto pareció desatarse sobre esta dualidad una curiosa competición similar a aquella típica de adolescentes en que salían en estampida a la voz de «marica el último». Se fue instaurando así con fuerza una nueva moda, diría que de protofeminismo, de la que políticamente sería arriesgado prescindir, y empezó a extenderse por los diferentes ambientes públicos de la sociedad dando lugar a constantes anécdotas (1).

Recuerdo haber intercambiado opiniones sobre el tema en mi correspondencia con una amiga que por entonces vivía en Chile, y cómo le trasladé mi opinión de que oculto tras un lenguaje que aparentaba tanta ecuanimidad residía un fondo de machismo que seguía bastante vivo.

Ese lenguaje sexista (me refiero al lenguaje en el que se confunden género gramatical y sexo) ha siguido desarrollándose, ganando adeptos y suscitando formas nuevas. Por ejemplo, no falta quien postula que, refiriéndose a un grupo de individuos, se debe elegir el género gramatical para todos por mayoría: si hubiera más mujeres, habría que emplear el femenino. Llamémoslo improvisadamente lenguaje de escrutinio, pues se impone escrutar cantidades y sexos antes de bien hablar. Creo que podemos evitarnos un mayor comentario. Otros, en cambio, postulan con fuerza dejarse de tonterías e imponer sin más el femenino para todos. Para el hablante de español y a diferencia del genérico masculino, el genérico femenino se percibe como un lenguaje de artificiosidad impostada dudosamente progresista, un lenguaje de dominación de parte, en definitiva nuevamente discriminador. El impecable razonamiento que presentan para ello quienes lo practican es que todos somos personas, y «persona» es un vocablo de género femenino. Este postulado cunde en ciertos ambientes, y hasta hay algún partidopolítico haciendo esfuerzos de superviviente que ha empezado a adoptarlo incluso en su denominación

Llegados aquí, hago notar que puestos a modificar el lenguaje a favor de una pulcra ecuanimidad, podríamos fijarnos también en el esperanto, que tiene el asunto resuelto desde su invención por el simple procedimiento de excluir por completo el género gramatical. Y no es que esté proponiendo una fusión con el esperanto, aunque sí me reconozco simpatizante de esa lengua. Más bien lo que digo es que la lengua natural tiene sus propias reglas y razones así como su propia manera de evolucionar, y resulta aventurado y violento pretender forzarla.

Podemos, podemos preguntarnos si es que nuestro idioma tiene un problema con el género o si es que lo tenemos nosotros. Para buscar respuesta, empecemos consultando en el diccionario de la Real Academia Española (RAE) los términos «hombre» y «mujer» --y recordemos que la RAE no inventa el idioma, sino que sólo lo recoge de manera informada--. En el artículo que dedica al término «mujer», tanto la primera definición como todas las demás acepciones son naturalmente específicas, es decir, todas son aplicables únicamente a la mujer. En cambio, en el artículo correspondiente al término «hombre» para algunos será una sorpresa encontrarse con que la primera definición es enteramente genérica. Así dice: Del lat. homo, -inis). m[asculino]. Ser animado racional, varón o mujer. Y aún abunda más sobre este carácter integrador del término cuando expone la cuarta acepción.

Dejemos aparte la más que discutible presunción que recoge la RAE de que seamos los humanos los únicos seres animados y racionales, y fijémonos en que el término «hombre», gramaticalmente masculino, no hace distinción de sexo, se refiere a todos los humanos. Y por tanto, una deducción inmediata es que las mujeres son también hombres, además de mujeres, de modo que en cuanto a género gramatical les cuadra igualmente el masculino genérico que el femenino específico, según la ocasión.

Como el mismo diccionario nos dice, estas palabras provienen del latín, en donde encontramos que la situación queda mucho más clara con el empleo de tres vocablos. Uno genérico, homo (hombre), y dos específicos, mulier (mujer) y vir (varón). Otro tanto pasa en el griego clásico, que tiene el genérico antropo (hombre) y los específicos andro (varón) y gineco (mujer). O sea, que el problema no viene por la naturaleza de nuestra lengua ni por sus orígenes, sino que se le ha añadido, un vicio adquirido hace tiempo y que se ha hecho evidente en nuestros días junto a las legítimas reivindicaciones femeninas. Para corregirlo entonces lo más recomendable será agua y jabón, limpieza de la lengua. Después seguiremos un poco más con esto.

En cuanto a la palabra «persona», a la que se acogen cada vez más feministas para tratar de implantar un femenino genérico, hay algo en tal uso que nos zumba como mosca tras la oreja. Veamos. ‘Persona’ tiene su origen en el latín, en donde se dice igual que en español. El latín lo recibió del griego (prosopon) a través del etrusco, y en los tres idiomas, griego, etrusco y latín, significa exactamente lo mismo. La persona es la máscara con que un actor se cubre el rostro para desempeñar en escena el papel que le ha correspondido. De una parte, esa máscara sirve a modo de megáfono para que dirigiendo la voz del actor éste sea escuchado con más facilidad por el auditorio. Y sobre todo la máscara, el prosopon, la persona, sirve para identificar con facilidad en la distancia al personaje concreto de que se trata y hasta su característica primordial (implorante, iracundo, etc.) según el papel correspondiente. Sin embargo encontramos serias dificultades para referirnos también a los niños con el vocablo ‘persona’, al menos hasta que con la edad lleguen a hacer visibles con firmeza sus características dentro de la comedia humana; de modo que ‘persona’ no alcanza a todos, a diferencia de lo que ocurre con ‘humano’. «Humano», que es un adjetivo masculino que sustantivamos con facilidad, [ser] humano, emparentado directamente con homo y con humus (tierra) y que se refiere a todos, hombres y mujeres de cualquier edad y condición.

Así que en el caso de «persona» no conviene que perdamos de vista su significado primordial de máscara, aspecto, apariencia, puesto que desde su origen lo ha conservado durante tantos siglos que es imposible lo haya perdido enteramente, y de hecho lo manifiesta fácilmente en los términos derivados: ‘personaje’, ‘personalismo’, ‘personalidad’ (las palabras parecen tener y conservar, como nosotros, su propio ADN). Y si bien todos tenemos inevitablemente un aspecto formal, una apariencia, digamos que una máscara, estamos lejos de limitarnos a ello. De modo que mejor no tomemos el rábano por las hojas porque no somos teatro, por más que nos guste. Vivimos en la realidad, no en la figuración. No somos figurantes, apariencia, fachada; somos seres reales, completos y profundos. No somos únicamente personas; somos hombres, todos, seres humanos.

Volviendo al término «hombre», la anomalía no consiste en que la lengua margine a la mujer, sino más bien al revés en una especie de efecto rebote. Me explico. La mujer dispone de los dos términos que le corresponden por derecho propio, «hombre» y «mujer», genérico y específico; en cambio el hombre (empleando el uso común actual) sólo dispone del término «hombre». ¿Cómo es eso?

Naturalmente que el lenguaje puede emplearse con intención discriminatoria, y esto es lo que en mi opinión ha ocurrido. Con la implantación del cristianismo en el Bajo Imperio penetraron algo más que los postulados de Cristo. Por ejemplo, un fundamentalismo que asoló la cultura latina y unas ideas semíticas sobre la mujer que fueron calando y que no sólo arruinaron sus derechos sino hasta la misma consideración hacia ella como ser humano. La mujer llegó a ser considerada como ser sin alma (2) y poco menos que prima hermana del Diablo, origen de la perdición de los hombres y por lo tanto merecedora del desprecio, explotación y castigo. Únicamente podía librarse por gracia del milagroso perdón celestial, otorgado clericalmente (clerecía masculina) para alcanzar en ultratumba el paraíso de los bienaventurados, a condición, claro está, de que siguiera purgando como mujer de acuerdo a lo que se esperaba de ella (3). Las consecuencias de esta consideración son inmensas y perdurables, posibilitando y hasta exigiendo en la sociedad una marginación, alienación y explotación totales. En esta situación parece bastante coherente, cae de suyo, que los varones se arrogaran en exclusiva del término «hombre», presentándose en definitiva como los únicos seres realmente humanos. De esta manera el término genérico «hombre», «homo», desplazó al específico «varón», «vir», haciéndose a su vez particular, discriminatorio y excluyente, sólo para machos.

Resumiendo, las mujeres son también seres humanos (masculino), son también hombres (masculino), puesto que ambos vocablos nos atañen a todos sin distinción. Por lo tanto es suyo también el género gramatical universal masculino, integrador, y pueden tomarlo con toda propiedad, sin recelo alguno de ser expoliadas en nada. Nada pierden de su feminidad ni de su presencia social. De modo que al igual que han ido haciendo suyos también todas las profesiones y oficios que antes eran sólo de varones, pueden seguir tomando también como propio y sin recelo alguno el género gramatical masculino en el lenguaje.

En todo caso somos únicamente los varones quienes sí tenemos un pequeño problema por haber prescindido interesada e injustamente de nuestro vocablo definidor propio,«varón», al que ellas pueden forzarnos a regresar. Pero todavía podríamos limpiarlo de telarañas y recuperarlo, ya que su raíz, aunque algo famélica en la actualidad, sigue viva. Así pues, bastará con que cada uno y todos juntos, en la vida y en el lenguaje, ocupemos con libertad y sin extralimitarnos el lugar que nos corresponde.

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1) Por ejemplo, recientemente una empresa aceitera de Lucena tuvo que pagar a sus trabajadores cierta cantidad a la que le obligaba el convenio que tenía suscrito con ellos. Pero al hacer las cuentas echó mano de la pillería para ahorrarse una parte y no pagar a las mujeres. Lo que la empresa adujo es que el convenio hablaba sólo de trabajadores, y no de trabajadoras. El asunto, claro, no terminó ahí.

2) Y no pretendamos arreglar algo negando la existencia del alma, que literalmente la tienen hasta las escopetas. Otra cosa puede ser preguntarse qué es el alma, acaso un concepto equiparable a núcleo, esencia, fundamento humano identitario individual, algo muy a cuento para nuestro tema.

3) Nadie espere que proponga la desmantelación de la Iglesia Católica, o algo parecido, aunque tenga, como tienen todos los países, como tenemos todos, aspectos del pasado sin duda censurables junto con aspectos del presente que ha de corregir. Por supuesto que no debemos justificar nuestros errores superados, pero tampoco permitir que nos destruyan ni nos esclavicen.

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Jesús Piceto Pérez Fernández es psicólogo y fue durante muchos años bibliotecario en la Universidad Autónoma de Madrid

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