El Doctor Tabuenca en una imagen de archivo ABC

Muere el pediatra que destapó el envenenamiento por aceite de colza

Juan Manuel Tabuenca frenó la tragedia que mató a 2.000 personas en España al hallar la causa del síndrome tóxico

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El pasado lunes, en un Madrid desierto y bajo un machadiano sol de fuego, el doctor Juan Manuel Tabuenca, Manolo, tras 38 largos años de amistad, entró en la noche y se fue a vivir a una casa más oscura. Recuerdo aquel día ya lejano de 1981 cuando me llamó a mi puesto en la agencia Efe. Era un tiempo en el que en España no se hablaba de otra cosa que de una extraña enfermedad, el Síndrome Tóxico. Los medios nos «informaban» del microplasma neumoni, o algo así, según dictamen de un laboratorio de Atlanta; de los tomates de no sé que región de España; de algo secreto que experimentaban en la base de Torrejón. Al otro lado del teléfono su inconfundible voz. «José Antonio, -me dijo- lo que está produciendo la epidemia es un envenenamiento por aceite de colza no apto para el consumo humano. Lo acabo de confirmar tras el resultado del análisis del aceite que llevé al laboratorio de Aduanas».

Tabuenca era entonces el responsable provisional del Hospital del Niño Jesús de Madrid. ¿Qué hacía en la capital de España el jefe de Pediatría del Hospital de San Sebastián? Pocos lo saben. Eran los años de plomo. Los «valientes» asesinos etarras habían tenido el arrojo de amenazar, no solo a una eminencia de la Pediatría, sino a un hombre que nunca se plegó ni a lo políticamente correcto ni transitó por los abrevaderos del poder. Poco después de recibir la amenaza y trasladarse a Madrid, un compañero suyo del Hospital de San Sebastián, caía abatido por la espalda, víctima de las balas de los etarras.

El entonces ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof, dispuso, por razones de seguridad, su traslado a Madrid. Y ahí estaba. En Madrid y en el Niño Jesús. Atendía a un recién nacido afectado por el síndrome que, en principio, solo se alimentaba de la leche materna. Hasta que la madre del bebé confesó que le daba también una cucharita de aceite. Presto, se incautó de la misma y llevó la garrafa al laboratorio.

Entonces yo era un redactor de Efe, y Tabuenca ponía sobre mis hombros una gran responsabilidad. Pero le conocía y no dudé. Solté a través del teletipo de Efe la noticia, que voló de inmediato, y la historia de España sobre la mayor epidemia vivida en la segunda mitad del siglo XX cambió para siempre. Retirado el maldito aceite, desapareció la enfermedad. La Real Academia de Medicina reconoció su trabajo. La clase política, con su bajeza y mediocridad, le honró con su ignorancia y silencio. Y a los pocos días le llegó el ultimátum: o se reincorporaba a su plaza en San Sebastián o la perdía. No era posible el traslado. Se negó a dar facilidades para formar parte de la lista de asesinados por el tiro en la nuca y enterrados de forma vergonzosa y clandestina, como era habitual aquellos años.

Dejó su bonita casa de San Sebastián, amigos, recuerdos, su puesto de trabajo y un trozo de su vida. Y marchó al exilio forzado del duro Madrid. Tristeza para él y los suyos y beneficios para otros, porque el destino quiso que en su consulta particular sus pacientes más numerosos fueran los niños y niñas de los trabajadores de RTVE, donde se le recuerda con admiración. El pasado lunes cruzó el umbral del más allá. Y entró en la sombra sin esperar la llegada del ocaso de la puesta de sol. Buenas noches. doctor.