El fraile capuchino Rainerio de Nava en el convento de la parroquia de San Antonio en Madrid
El fraile capuchino Rainerio de Nava en el convento de la parroquia de San Antonio en Madrid - Isabel Permuy
Beatificación de 14 religiosas

Las monjas «fueron fusiladas por odio a la fe, no desaparecieron sin más»

El fraile capuchino Rainerio de Nava afirma que a sus 94 años «no pensaba poder ver a su hermana elevada a los altares»

MadridActualizado:

A sus 94 años, el padre capuchino Rainerio de Nava ya no contaba con poder ver a su hermana elevada a los altares. Sor María Beatriz de Santa Teresa fue una de las 14 religiosas concepcionistas asesinadas durante la Guerra Civil que fueron beatificadas la semana pasada en la catedral de la Almudena. «Ha sido una gracia de Dios, un regalo muy grande. Nunca pensé que iba a poder vivirlo», asegura el sacerdote, que ha recibido a ABC en el convento de la Parroquia de San Antonio en el madrileño barrio de Cuatro Caminos.

Este fraile fue el principal responsable de la etapa diocesana del proceso de beatificación de estas religiosas, que luego continuó el capuchino Alfonso Ramírez Peralbo en el Vaticano y que culminó en enero de 2019 con el decreto de martirio firmado por el Papa Francisco. Fueron muchos años de trabajo, recopilando información y testimonios para poder demostrar que estas hermanas concepcionistas franciscanas prefieron morir a traicionar su fe durante la persecución religiosa de los años 30 del siglo XX.

«Sofocón emocional»

«La ceremonia de beatificación ha sido una especie de sofocón emocional. Desde entonces tengo un estado de ánimo optimista tanto en mi vida personal como religiosa. Algo se me ha quedado prendido en el corazón y siento una disposición personal distinta», asegura el fraile, que no esconde su profunda tristeza por la tergiversación que algunos medios de comunicación han hecho de la beatificación. «Estas mujeres fueron asesinadas por los milicianos por odio a la fe, no desaparecieron así sin más como han dicho algunos periodistas», subrayó.

Las 14 religiosas pertenecían a la Orden de la Inmaculada Concepción. Diez de ellas formaban parte de la comunidad del monasterio madrileño de San José; dos a la comunidad de Escalona (Toledo) y las otras dos a la de El Pardo (Madrid).

Comunidad del Monasterio de San José de Madrid, en 1936
Comunidad del Monasterio de San José de Madrid, en 1936 - ABC

La hermana del padre Rainerio estaba en el convento de San José. Era la mayor de siete hermanos. Él era el más pequeño. Sus padres eran labradores oriundos de Navas de los Caballeros (León), un pueblo situado en la depresión del río Valdeyorma. «Cuando se despidió de la familia para irse al convento con 16 años, yo estaba en el seno de mi madre», recuerda el fraile, que está a punto de cumplir 75 años en su ministerio sacerdotal. «Mis padres me contaron que era una niña extraordinaria. Y siempre se distinguió por ser una persona consecuente. Con 10 o 12 años cogía el arado que era muy pesado y labraba el campo», asegura.

La noticia de su muerte le llegó por carta cuando el padre Rainerio tenía 12 años y estudiaba en un colegio en Bilbao. Su hermana entonces tenía 28. «Fue muy doloroso», recuerda el capuchino.

Beata Beatriz de Santa Teresa
Beata Beatriz de Santa Teresa - ABC

Con el paso del tiempo, el fraile consiguió saber a través de distintos testimonios cómo habían sido los últimos meses de estas religiosas antes de ser fusiladas. «En el caso de la comunidad del convento de San José las denunció la portera de un edificio vecino. Cuando llegaron los milicianos tiraron a una hermana que iba en silla de ruedas por las escaleras. Llevaban meses sin comida ni nada. Los revolucionarios hicieron a las religiosas de entonces muchas cosas crueles que prefiero no recordar», asegura.

El relato de algunos testigos y numerosos documentos permitieron confirmar posteriormente que estas religiosas –que se habían visto obligadas a abandonar su convento para refugiarse en un piso de la madrileña calle Francisco Silvela– fueron fusiladas entre el 6 y el 8 de noviembre de 1936. «Sus cuerpos probablemente se encuentren enterrados en una fosa común en Paracuellos del Jarama», asegura el padre Rainerio.

Junto a ellas, también encontró la muerte la abadesa, María del Carmen Lacaba Andía. «En lugar de huir, como pudo hacerlo, se negó a abandonar a sus hermanas enfermas. Sus últimas palabras antes de morir fueron: ‘Viva Cristo Rey’», asegura el capuchino.

Una señal en la tumba

Algo parecido ocurrió con las dos monjas de El Pardo. Tras echarlas de su convento fueron llevadas hasta un descampado en el barrio madrileño de Vicálvaro, donde las fusilaron el 22 de agosto de 1936. Son los únicos dos cuerpos localizados e identificados. Se encuentran en la capilla del protomonasterio de las concepcionistas franciscanas de Toledo, la casa madre.

Se trata de la beata Inés de San José y de su hermana carnal, la beata María del Carmen de la Purísima Concepción. «El sepulturero que las enterró era un hombre bueno. Después de limpiarles el rostro les tomó una fotografía y puso una señal en sus tumbas. Gracias a eso pudieron ser reconocidas posteriormente», explica sor Ana María, religiosa concepcionista, quien recuerda que todas estas monjas sabían que iban a morir y aceptaban el martirio. «Rezaban al Señor para que los republicanos se convirtieran», subraya.

Todas murieron de una forma cruel, pero sin guardar «ningún tipo de odio en el corazón y sin renegar de su fe», recordó el postulador de su causa, el fraile capuchino Alfonso Ramírez Peralbo. Los malos tratos y los insultos que tuvieron que soportar estas religiosas sin que llegaran a renegar de su fe solo se explica –según detalla este fraile– por su «intensa vida de oración y su profunda vida interior».