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El «milagro» de la bebé de 18 meses que permaneció durante 58 horas en un pozo y fue rescatada con vida

El mundo contuvo la respiración durante las 58 horas que Jessica McClure tropezó con un pozo de agua abandonado. Fue rescatada gracias a un hombre que, mientras arrojaba gelatina de petróleo para favorecer el deslizamiento, superó la claustrofobia centímetro a centímetro y llegó a Jéssica

El ágonico rescate de Julen, el niño que cayó en un pozo de Málaga, en directo

MADRIDActualizado:

Los equipos de emergencias tratan de rescatar a Julen, el pequeño de dos años y medio que el domingo por la tarde a Yulen cayó en un pozo en la zona del Dolmen del Cerro de la Corona, en el término del pueblo malagueño de Totalán. La Guardia Civil ha señalado que cada minuto cuenta y cada segundo es más difícil que esté con vida, aunque no se trabaja con otro horizonte que no sea el de llegar cuanto antes al niño. La familia, por su parte, no pierde la esperanza.

Hace tres décadas se produjo un caso similar que acabó con final feliz. Se trató entonces de una bebé de algo más de 18 meses, Jessica McClure, que pasó 58 horas en un pozo.

El 14 de octubre de 1987, Jessica jugaba con otros niños en el patio de una tía. La cuidaba su madre, Reba, de 17 años. Sin embargo, la joven entró a la casa a responder una llamada. Cuando volvió a salir segundos después, y alertada por gritos de los chicos, su hija no estaba.

Nunca se supo con detalle cómo pero Jessica tropezó con un pozo de agua abandonado. Cayó en un agujero de 20 centímetros de diámetro resbalando. Cuando el cuerpo se detuvo, estaba casi siete metros debajo de la superficie.

Según cuenta el diario «Clarín», Reba llamó a la Policía y al padre de la bebé, Lewis, de 18 años. Los primeros oficiales en llegar intentaron calmar a la familia: escuchaban los quejidos de la pequeña y creyeron que podían liberarla en minutos. Estaban equivocados.

Policías y bomberos diseñaron un plan sencillo: perforar un pozo paralelo y luego un canal hacia donde yacía la niña. Pero alrededor de Jessica no había tierra blanda sino piedra dura.

A la mañana siguiente, el pozo paralelo estaba terminado, pero el puente entre ambos agujeros se complicaba porque los martillos perforadores estaban diseñados para perforar hacia abajo, no a los lados. Llevaron a un ingeniero en minas para supervisar el trabajo. Después de horas de silencio, Jessica volvió a emitir sonidos, así que se redobló el esfuerzo.

El túnel lateral para conectar ambos pozos fue completado cuando Jessica llevaba 45 horas atrapada. Para entonces, sin agua ni comida, cada minuto contaba. Millones de personas se mantenían pegadas a las pantallas y muchos hicieron llegar miles de dólares en donaciones.

El elegido para llegar hasta Jessica fue Robert O’Donnell, un paramédico del Departamento de Bomberos de Midland. Mientras arrojaba gelatina de petróleo para favorecer el deslizamiento, superó la claustrofobia centímetro a centímetro hasta que llegó a Jéssica. Primero intentó acercarla tirando de una pierna, pero la pequeña gritó y se retrajo.

Tardó más de 20 minutos, bajo la opresión de toneladas de piedra alrededor, en sacar a la bebé al pozo de rescate. Fue a las 19.56 del 16 de octubre, hace hoy 30 años. O’Donnell salvó la vida de Jessica pero, giro cruel, al mismo tiempo comenzó a perder la propia.

Cuando la pequeña emergió del pozo en brazos de un rescatista, cubierta de barro, el lugar se convirtió en una fiesta. Sin huesos rotos, pero deshidratada y con gangrena en su pie derecho, Jessica fue llevada al Midland Memorial Hospital. Debió pasar por el quirófano 15 veces, y parte del pie fue amputado.

«Todos en América se convirtieron en padrinos y madrinas de Jessica», dijo el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Su sucesor, George Bush, la recibió en la Casa Blanca.

Robert O’Donnell, el hombre que sacó a la niña, se convirtió en un héroe nacional. Pero cuando se olvidó el caso, volvió al anonimato. Nunca superó el estrés postraumático del rescate ni el paso de la gloria y el olvido y se suicidó en 1995.

Jessica McClure vive una vida normal, todavía en Midland. En 2011, cuando cumplió 25 años, pudo acceder al fondo fiduciario que se creó durante el drama para ayudarla: si bien se recaudaron 1.200.000 dólares, la crisis de los mercados en 2008 le dejó sólo 800 mil. Se casó a los 19 y hace poco se divorció. Tiene dos hijos, Simon y Sheyenne. Y no recuerda nada de las 58 horas en las que mantuvo al mundo en vilo.