El agresor condenado por violencia de género se coloca unas gafas virtuales, con casco y altavoces
El agresor condenado por violencia de género se coloca unas gafas virtuales, con casco y altavoces - FOTOS FACILITADAS A ABC POR IDIBAPS

Logran rehabilitar a veinte maltratadores con realidad virtual

Investigadores españoles prueban la eficacia de esta herramienta para mejorar la empatía hacia la víctima y reducir la tasa de reincidencia

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Veinte maltratadores condenados por violencia de género se colocan unas gafas de realidad virtual. Tras cinco a diez minutos de ejercicio de simulación, «comienzan a sentir el pánico que crean» en sus parejas o exmujeres, incluso, «empiezan a entender la denuncia que les interpusieron sus esposas». No es magia. Es un experimento ideado por el Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (Idibaps-Hospital Clinic), en colaboración con la Universidad de Barcelona, y ha resultado ser una herramienta más pedagógica y eficaz que los cursos de rehabilitación de agresores machistas. Pero «no es sustitutivo», matiza a ABC la coordinadora del estudio, la neuróloga María Victoria Sánchez.

Los resultados, publicados ayer en la revista «Scientific Reports», han sido poderosamente llamativos para los estudiosos de la mente, entre otros motivos, por la facilidad para el agresor para «meterse en el cuerpo» de sus maltratadas. «Llevamos desde 2011 trabajando con 200 condenados en cursos de reincidentes con el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña. Y es el primer estudio que utiliza la realidad virtual como método para trabajar la empatía de los agresores y que mejora su capacidad para reconocer el miedo que causan», comenta Sánchez.

Algo tan sencillo en apariencia como un casco con gafas y altavoces adentró a los veinte convictos objeto del estudio en una habitación tridimensional, donde ellos interpretan a la víctima y un avatar masculino entra en escena y les somete a violencia psicológica y verbal. «¿Qué coño haces? ¡Cállate! Eso es lo único que te gusta y sabes hacer, hablar por teléfono ¿no?», les espeta el agresor virtual. Colocado a escasos milímetros, los agresores reales se sienten amenazados. «El ambiente es interactivo, ya que el abusador mira cara a cara al participante», explica Mel Slater, coautor del estudio. No hay violencia física, solo el lanzamiento de objetos, porque «se perdería el sentido de inmersión en la realidad virtual», aclara Sánchez, responsable del equipo Neurociencia de Sistemas del Idibaps.

La clave de los buenos resultados que se consiguen con este método está en el «embodiment» (encarnación), comenta Slater, director del Event Lab de la Facultad de Psicología de la Universidad de Barcelona. «Sientes el cuerpo que te presentan en la realidad virtual como propio, independientemente del color de piel o del sexo». Ellos son su propia víctima. «Los participantes experimentan una fuerte ilusión subjetiva de propiedad del cuerpo virtual. El ejercicio influye en ellos, alterando sus percepciones y comportamientos posteriores», remarca Sánchez.

Cambian la perspectiva

Tras la experiencia, el equipo de investigadores recabaron las impresiones de los maltratadores, todos con penas privativas de libertad. «Cambiaron la perspectiva hacia la violencia doméstica y el dolor que infligen a sus víctimas», defienden. Aunque parezca mentira, la primera regla de un acto de violencia es la falta de empatía. Todos los agresores estudiados presentan déficit de reconocimiento emocional y tienen dificultades para identificar sensaciones como la ira y el miedo. Con un simulador virtual, lo sintieron en sus carnes. Yreconocieron el miedo en la cara de las mujeres, dice otra de las autoras, Sofía Seinfeld.

Tras adoptar el rol de víctima, las reflexiones de los maltratadores arrojaron sorprendentes novedades. «Me he sentido francamente mal», dice uno. Responde otro, en alusión al rival virtual: «El tío ese me ha hecho sentir como se siente mi mujer cuando discuto con ella. Yo la trato así». «Entiendes los miedos de las mujeres a no denunciar y por qué aguantan tanto», responde otro participante. «Te encuentras aborchonado, indignado y te preguntas, “¿yo actúo así?”», empatizó otro.

Lo más curioso fue cómo muchas de sus reflexiones tras pasar por el entorno figurado giraron en torno al temor a ser golpeados, medita la neuróloga del Idibaps. Un maltratador alegó, tras su «viaje» por el espacio ficticio: «En un momento pensé que el hombre me iba a golpear. Venía hacia mí, pensé que me iba a dar una hostia y yo tenía la mano levantada para que no me pegara, para cubrirme». «Me he sentido amenazado por el avatar masculino. No sabía si enfrentarme a él, insultarle, o decirle las cosas tal y como las pensaba», sintió otro agresor.

En palabras de Sánchez, lo importante del estudio es que ayuda a rebajar la tasa de reincidencia posterior de los maltratadores de carne y hueso.