Manifestación de repulsa en Madrid contra la sentencia de la Manada
Manifestación de repulsa en Madrid contra la sentencia de la Manada - EFE

Lecciones rápidas a quienes juzgan «Manadas»: «Es muy triste que malinterpreten las reacciones de las víctimas»

La psicología y la neurobiología ayudan a identificar los mecanismos humanos que se activan ante un trauma o herida, también ante las secuelas que deja una violación

La Manada: La Fiscalía del Supremo dice que «fue una violación con fuerza intimidatoria»

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En los últimos años han aumentado de manera exponencial las agresiones sexuales en grupo hacia las mujeres. La gran mayoría de las víctimas son menores de edad o chicas que recientemente han cumplido la mayoría de edad. Desgraciadamente, no todos los casos de ataque y agresión en grupo son denunciados. Ni todos ellos salen en los medios de comunicación, pero son numerosos los casos que se están produciendo en España en lo que va de año. Quizás, el caso más sonoro, fue el conocido por la Manada, donde una joven fue atacada y violada en las fiestas de San Fermín (Pamplona) en 2016 por un grupo de amigos cuya forma de divertirse consistió en agredir sexualmente a una joven y grabarlo con un móvil.

En mi opinión, después del juicio de la Manada, perdimos una gran oportunidad para hacer justicia con la víctima y para establecer una sentencia ejemplar para los agresores y para la sociedad. La gente se echó a la calle para pedir justicia y para gritar «no es no». Se nos escapó esa oportunidad y la conducta de la víctima fue mal interpretada por el sistema judicial y por parte de la sociedad. Es una verdadera pena que nuestros jueces no estén formados en trauma y no sepan cuáles son los mecanismos cerebrales y corporales que ponemos en marcha de manera inconsciente cuando estamos viviendo una situación traumática.

¿Cómo podemos explicar desde la neurobiología las conductas que llevan a cabo las víctimas en este tipo de situaciones? ¿qué hace el cerebro ante situaciones traumáticas como una violación? En 1995, Steven Porges desarrolló la teoría polivagal que nos sirve para explicar y comprender de una manera sencilla lo que ocurre durante la situación traumática. ¿Qué es un trauma? La palabra trauma proviene del griego y significa «herida». Cuando nuestro cerebro detecta que nuestra supervivencia está en juego, pone en marcha mecanismos automáticos e inconscientes para protegernos. Si después del acontecimiento traumático (violación, maltrato, abandono, negligencia, accidente, desastre natural, etc) no podemos integrar dicho acontecimiento, es cuando se produce el trauma, siendo necesario trabajar dicha situación no integrada por un profesional.

¿Qué es un trauma? Proviene del griego y significa herida

Porges establece en su teoría polivagal tres maneras diferentes de reaccionar ante un peligro o una amenaza:

1) Sistema de conexión social: en un primer momento, la persona que está siendo víctima de una agresión, una violación o un atraco trata de apelar a la empatía y humanidad del violador o atracador. En este caso, se activaría, anatómicamente hablando, el sistema parasimpático ventral vagal. El sistema parasimpático se pone en marcha cuando estamos en reposo y descansando.

2) Sistema de movilización (ataque o huida): si la estrategia de suplicar al abusador o atracador no obtiene un resultado positivo, inmediatamente se pondrá en marcha el ataque o la huida. En este segundo paso se activa el sistema simpático que es el que nos prepara para la acción (ataque o huida). Es lo que en inglés se denomina fight (ataque) or flight (huida).

3) Sistema de parálisis e inmovilización: cuando ninguna de las dos opciones interiores encuentran una solución adecuada, se pone en marcha la inmovilización y el bloqueo. En este caso, también se activa el sistema parasimpático dorsal vagal, provocando una paralización del cuerpo, así como una disociación a nivel psíquico. Por ejemplo, los niños que han vivido situaciones traumáticas suelen reaccionar de este modo: parálisis corporal y disociación psíquica. Por lo tanto, no existe conexión ni con su cuerpo, ni sus emociones ni con el exterior. Es como si la persona se desconectaran de todo.

Cuando los otros dos sistemas fallan me «apago». Es el sistema más arcaico y antiguo que tenemos los seres humanos. Veamos un ejemplo para entenderlo mejor. Imagina que una noche vas por la calle y un extraño se acerca con paso acelerado hacia ti. Nuestro cerebro, al percibir el peligro, pondrá en marcha estas tres reacciones en el mismo orden que hemos visto anteriormente. En primer lugar, la víctima tiende a apelar a la empatía del atracador. En caso de que esto no obtenga ningún resultado, tratará de huir o luchar, y si estas dos opciones no son efectivas o posibles, se producirá una parálisis tanto corporal como psíquica. Si nos centramos ahora en el caso de «la manada», la joven víctima suplicaría a sus agresores que la dejaran en paz.

Como esto no tuvo ningún efecto, trató de huir o atacar pero también fue en vano. El último recurso que tenemos ante este tipo de situaciones es la desconexión, es decir, la parálisis corporal y la disociación. La disociación es un mecanismo de defensa en el que las sensaciones corporales y las emociones que se están experimentando en el momento presente se bloquean y la persona dejar de estar en el momento presente para evadirse y no ser consciente de tan terrorífico acto. Afortunadamente, la disociación es un mecanismo de defensa y protección que ayuda a sobrevivir al acontecimiento traumático.

Todos ante una situación tan estresante e incomprensible a la razón como es una violación reaccionaríamos bloqueándonos y disociándonos ante el agresor o violador si las dos opciones previas no son efectivas. Cuando la víctima no puede (cuidado con confundir poder con querer) huir o luchar, aparece el último recurso que es la desconexión y la parálisis. Desgraciadamente en nuestro sistema judicial no son expertos en trauma, motivo por el cual se entiende que la víctima accede y consiente, pero nada más lejos de la realidad. El cuerpo de la víctima se desactiva y su mente se disocia como consecuencia del acontecimiento traumático, no como consecuencia de que consintiera.

El símil con el termostato de casa

No es que las víctimas no quieran defenderse, sino que no pueden defenderse. Podemos explicar la teoría polivagal con el símil del termostato de casa. Si el termostato de nuestro salón tiene la temperatura adecuada es como si se hubiera puesto en marcha la respuesta ventral vagal, es decir, la conexión social. En caso de que la temperatura esté por encima (zona de hiperactivación simpática) pondremos en marcha las reacciones de ataque o bien de huida. En cambio, si notamos frío en nuestro salón (zona de hipoactivación) tenderemos a la parálisis o la inmovilización.

Es muy triste que se malinterpreten las reacciones de paralización de las víctimas. No consienten, claro que no consienten. Dada la gran cantidad de casos de agresiones y violaciones en manada que se están produciendo en los últimos meses, se hace necesario e imprescindible trabajar la inteligencia emocional y la empatía desde bien pequeños, así como que nuestros jueces estén formados en cómo respondemos los seres humanos ante acontecimientos traumáticos. Ahora bien, entiendo que no sólo los jueces deben estar al tanto de la teoría polivagal que hemos explicado en este artículo, sino que la sociedad en general, también tiene la obligación de hacerse cargo de las opiniones que vierten cada uno de sus miembros. Dichas opiniones estarían más fundamentadas y se corresponderían de manera más fiel con la realidad si tuviéramos conocimientos mínimos sobre el funcionamiento cerebral y, sobre todo, de cómo responde el cuerpo y el cerebro ante un acontecimiento traumático y estresante.

Siempre digo que la familia y los amigos son un excelente factor de protección de cara a sucesos desagradables y traumáticos como lo que estamos hablando. ¿Qué papel juega la familia en este tipo de situaciones? Cuando alguien vive una situación traumática, ya sea de manera puntual o reiterada, se siente mal, muy mal: indefensión aprendida, flashbacks, insomnio, pensamientos recurrentes negativos sobre sí misma, síntomas ansiosos y depresivos, etc. La víctima se llega a sentir muy pequeña, como si de un niño se tratase. Todo esto se debe al inmenso miedo que ha experimentado. Es por ello que la familia y el entorno más cercano deben tratar de acoger a la víctima con el mayor respeto, cariño y prudencia, puesto que su vida ha sufrido una terrible sacudida.

Algunas de las cosas que podemos hacer ante situaciones traumáticas, independientemente de la edad de la víctima y del acontecimiento traumático, son las siguientes:

 La mejor pauta es la comprensión de cómo reaccionamos y nos sentimos ante un acontecimiento traumático

 Ofrecer contextos de seguridad, cariño y protección a la víctima (recordemos que tiene mucho miedo)

 Permitir y animar a la víctima a que hable sobre ello. También lo puede expresar a través de un diario o un dibujo.

 Entender que cada persona tiene un ritmo y un proceso de duelo diferente

 Es importante que la víctima piense sobre el acontecimiento traumático. Si la víctima es menor o tiene dificultades para pensar sola sobre ello, puede hablar con alguien de su confianza (familiar, amigo, profesional especializado, etc).

«Debemos enseñarles a ser humanos»

¿Y qué decir de los agresores? ¿qué le puede llevar a un ser humano a realizar semejante acto? También deberíamos analizar qué tipo de carencias y necesidades no han sido cubiertas en estos depredadores sexuales. Siempre digo que a se aprende a ser humano. No es algo que venga en el ADN y punto. Debemos enseñar a nuestros hijos y alumnos a ser humanos. Si desde bien pequeños los niños y las niñas fueran entrenados en regulación de las emociones, respeto y tolerancia a la frustración, nos irían bastante mejor las cosas como sociedad. Ahora más que nunca, no es no.

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Rafael Guerrero Tomás es psicólogo y doctor en Educación. Director de Darwin Psicólogos. Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Experto en clínica e intervención en trauma. Autor del libro «Educación emocional y apego. Pautas prácticas para gestionar las emociones en casa y en el aula” (2018).