El lío de Juan Pablo II

Uno de sus éxitos fue abrir sedes por todo el mundo conformando una red que trascendía con mucho una determinada forma de entender la teología moral

José Francisco Serrano Oceja
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El cardenal Ángelo Scola, arzobispo emérito de Milán, cuenta en sus memorias que uno de los símbolos del pontificado del Papa Woyjtila fue la creación del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II en la Universidad Lateranense. Un centro académico que pretendía ofrecer una respuesta adecuada a la exigencia de una nueva formulación del Evangelio de la Familia.

Allí se han formado generaciones que ahora son responsables de esa área en sus iglesias. Mayoritariamente en España. Uno de los éxitos del Juan Pablo II fue abrir sedes por todo el mundo conformando una red que trascendía con mucho una determinada forma de entender la teología moral, las relaciones entre bienaventuranzas y conciencia desde una perspectiva personalista y una fundamentación bíblico-patrística.

Estos días pasados, monseñor Vicenzo Paglia, Gran Canciller del Instituto, ha dado un golpe de mano con unos nuevos Estatutos y la salida de algunos de los más destacados profesores. Hay quienes interpretan este gesto como la confirmación de que, en este pontificado, no pocos quieren enterrar el magisterio de Juan Pablo II. Sería uno de los primeros datos de una grave ruptura, no solo en las formas y las decisiones de gobierno sino en la continuidad de la doctrina en una cuestión sensible como el magisterio sobre la vida y la familia. El punto final al proceso que comenzó en los Sínodos pasados. Hipótesis que no sabremos si es cierta hasta que no se desarrolle la nueva etapa y veamos por dónde caminan.

Pero lo que sí está claro es que sería suicida la ruptura en la continuidad doctrinal. Una cuestión es determinar nuevas prioridades, abrir el foco a los problemas emergentes, y otra ofrecer una respuesta que implique un cambio sustancial de doctrina, como si la anterior no fuera válida para los nuevos retos. Y, tanto más grave en la apariencia pública, sería convertir a la Iglesia en un partido político en el que, ante el mínimo cambio, se destapan las «vendettas» internas, por mucho que los del Instituto se equivocaran con determinados disensos públicos. ¿No ha dejado claro el Papa Francisco el sentido de la misericordia?

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