Nacionalismo sin Dios

Afirmar que Omella «no ha alzado ni una vez la voz para condenar la represión que vive Cataluña» es fruto de un delirio incalificable

José Francisco Serrano Oceja
Madrid Actualizado: Guardar
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Al Cardenal Juan José Omella se le ha atragantado esta semana la Generalidad de Cataluña. Bueno, lleva ya un tiempo de complicada digestión con determinado nacionalismo político. Según se lee en el libro de Xevi Xirgo «Carles Puigdemont. Me explico. De la investidura al exilio», el desprecio con el que Puigdemont se refiere al cardenal Omella anuncia la freudiana pretensión de los políticos catalanes de convertirse en los obispos laicos de la grey patria. Obispos de una religión sin Dios. Por más que don Juan José encarne el espíritu del pontificado del Papa Francisco; por más que se empeñe en «tender puentes»; por más que su estilo campechano le convierta en un negociador nato, cuando es atacado por el secularizado nacionalismo catalán, pasa a ser calificado sin piedad como «un hombre de Estado». Por cierto, quizá no olviden que es presidente de los obispos españoles reunidos en Asamblea.

El expediente a la Iglesia por la misa de las víctimas del Covid, aunque al final quede en agua de borrajas, ha provocado que se hiciera público uno de los comunicados más duros contra el poder civil emanado de manos eclesiales en los últimos tiempos. Quizá el hecho de que estuviera en España el cardenal secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, por esas horas condicionó el tono de la respuesta.

No sé si el presidente de la Generalidad de Cataluña, Quim Torra, valido de Puigdemont, ha leído en algún momento de su dilatada carrera política el documento de los obispos catalanes «Arrels Cristianes de Catalunya» (1985). O quizá sí y por eso esta desaforada campaña contra Omella, que terminará siendo una campaña contra los obispos y la Iglesia de Cataluña. Afirmar, como ha hecho Torra, que Omella se ha «olvidado estos años de los derechos fundamentales de la Constitución y de las cartas de derechos humanos, que protegen la libertad de expresión y manifestación, y que no ha alzado ni una vez la voz para condenar la represión que vive Cataluña» es fruto de un delirio incalificable. Convendría que esta lección del presente no pase inadvertida, dentro y fuera de la Iglesia.

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