La soledad, enfermedad del siglo XXI

La ilusión de creerse en el pasado

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[Sexto reportaje de la serie que la periodista y escritora Mari Pau Domínguez publica cada domingo y en la que recrea historias en torno a la soledad basadas en episodios reales. La soledad es ya una epidemia del mundo desarrollado, que se extiende por España. Aunque estos relatos son pura ficción, posiblemente los supere la realidad en la que se basan]

Dibujo, aburrido y terco, las sombras de mi historia, limpio con un pañuelo todo lo innecesario, agua del pasado, lluvia de hoy. No queda nada. La vida como un cristal manchado, transparente cristal la solitaria muerte.

JUAN LUIS PANERO «Cristal de otoño»

Beatriz cumplía 94 años. Por aquel entonces todavía le quedaban algunas amigas, muy pocas, y se preocupaba por ella una vecina, aunque muy de vez en cuando. Las convocó a todas para celebrar su aniversario con un bizcocho que ella misma se había pasado la mañana elaborando, con cobertura de chocolate negro y un buen chorreón de anís en la masa, «a ver si éstas se animan». Beatriz siempre decía que sus amigas estaban «atontadas por la edad» y que hay que plantarle cara al paso del tiempo.

Ella, todas las mañanas, se arreglaba para ir a dar un paseo por el barrio. El destartalado tocador, que tenía casi los mismos años que Beatriz, era testigo de sus exagerados maquillajes poco apropiados para una piel de su edad, de la excesivamente espesa máscara de pestañas, y del carmín rojo saliéndose de los bordes naturales de los labios. Pero se veía guapa y no parecía dispuesta a renunciar al atractivo que, en su caso, no se manifestaba sólo en el aspecto exterior… En Beatriz cabían muchos mundos. Pero ahora habitaban todos en el vacío que produce la soledad.

Desde los 60 años vivía en un barrio de Madrid alejado del centro. Hasta entonces había viajado por medio mundo desarrollando las actividades más variopintas y sugerentes. Aunque jugaba en su entorno cercano a una fingida discreción, siempre que se le presentaba la ocasión relataba sus peripecias a lo largo y ancho del planeta, dejando boquiabierto al interlocutor de turno. ¿Todas verídicas? Quién sabe… Cualquier historia tiene sombras.

Contaba que ayudó como enfermera voluntaria a los heridos en suelo inglés durante la Segunda Guerra Mundial. Apenas tenía 18 años y vivía en Inglaterra con sus padres. Su verdadera vocación era el baile y fue precisamente de su trabajo como bailarina de lo que se valió para ejercer de espía republicana, un aspecto que adornaba hasta límites insospechados.

Como Greta Garbo

Paseaba por su barrio llamando la atención con una flor de amarilla de narciso prendida en el sombrero y creyéndose poco menos que una emulación de Greta Garbo. Esperaba siempre que le cedieran el paso, los coches se detuvieran al verla o le dijeran un piropo refinado, «ahora no quedan hombres como los de antes», comentaba a quien pasara por su lado sin haber reparado en su presencia. En más de una ocasión habían estado a punto de atropellarla.

-¡Beatriz, estás loca! Tienes que mirar antes de cruzar- le gritaba Mario, el viejo quiosquero, desde la otra acera.

-¡Déjame en paz! -se recolocaba el tocado del cabello tras el susto y seguía caminando con la cabeza bien alta-. Y por más cosas que me digas no pienso salir contigo.

Verdad o no, Beatriz se había convencido de que Mario estaba loco por ella. El pobre jamás se manifestó en ese sentido, pero lo que sí le demostraba era un enorme cariño y respeto. Eran ya muchos los años que llevaban viéndose en el barrio y asistiendo a las mismas costumbres cotidianas prácticamente a la misma hora. Dos paseos, a media mañana y después de tomar su té en casa por la tarde. Salir le hacía sentirse menos sola.

-¿Qué crees, que sigues en el Madrid de los años 30? -Mario le reprendía, asustado al ver que siempre cruzaba la calle como si los vehículos no existieran-. Los coches ya no son de caballos. Sigue sin hacerme caso y cualquier día tendremos un disgusto.

Entonces Beatriz, sin detener su camino y con aire burlón, se giraba y le lanzaba en la distancia un beso al aire. «Vieja loca», pensaba el quiosquero para sus adentros.

Durante la celebración de su 94 cumpleaños la vida trazó una línea silenciosa que iba a separar, más aún, a Beatriz del mundo. Al poco rato de llegar, y recién comenzando a degustar la tarta, algunas de las presentes afearon a la anfitriona que tuviera tan descuidado su piso. Habían notado un aumento en el deterioro de la vivienda desde la última vez que la visitaron. Y, para colmo, al abrir la puerta de una de las habitaciones empezaron a salir gatos, uno detrás de otro, como si fuera una visión irreal.

-¿Has seguido con tu manía de recoger gatos callejeros? -preguntó Bernarda.

-¡Es horrible! -comentó su vecina sin dejarle responder-. Gato que ve, gato que trae a casa. ¿Cuándo vas a parar? Esto no hay quien lo aguante.

-Tiene razón, tú estás para que te cuiden y no para cuidar a tanto bicho.

-Bah, qué sabréis vosotras. ¿Os gusta la tarta…? -dijo Beatriz como si no hubiera escuchado las quejas de sus amigas.

Los gatos se habían convertido en su única compañía. Y más que iban a serlo, porque poco a poco, como las luces que se van apagando en un teatro al terminar la función, las pocas amigas que tenía fueron dejando morir la relación. Se apartaron de ella porque la propia Beatriz se ausentó de la amistad al haberse ausentado antes de la realidad. Y porque, claro, después de ir a visitarla varias veces y que no les abriera la puerta, se cansaron.

Se acabó la función

Los días se le empezaron a hacer más largos. La soledad alarga las horas hasta el infinito y estira la desidia. Por la tarde se entregaba a su ritual diario de tomar té en una de las dos tazas que adquirió en un viaje a China. Estaban elaboradas en una porcelana tan quebradiza como lo era su ánimo al cumplir los 94. Aunque al salir a la calle seguía aparentando lo contrario.

Una tarde se le resbaló de las temblorosas manos la taza y cayó al suelo, haciéndose añicos. Beatriz, incapaz de recogerla, tan sólo lloraba. Miró el fregadero, lleno de cacharros sucios amontonados. Los gatos llevaban desde el día anterior sin comida. La cama, deshecha. El polvo, cubriendo todo del vencimiento que trae consigo la vejez pero, por encima de ella, la soledad no deseada.

Esa noche no durmió. A la mañana siguiente decidió desayunar en el bar de su calle. Se arregló como todos los días, delante del desvencijado tocador de madera. Buscó sus zapatos de tacón y hasta una boa de plumas para el cuello, que guardaba de sus años de bailarina. Los labios, rojos como siempre. Mario ya tenía abierto el quiosco. Beatriz se dirigió hacia él para darle los buenos días, cuando, sin atender al rojo del semáforo, se lanzó a la calzada gritando: «¡Paren! ¿No saben quién soy?». Los dos primeros coches la esquivaron con dificultad pero un tercero no tuvo tiempo de frenar… y la arrolló.

Mario sintió que el telón bajó definitivamente para Beatriz.