José Francisco Serrano Oceja

Una Iglesia de primavera

¿Acaso la Iglesia de otoño no es también una Iglesia muda, instalada en la pausa de la historia?

José Francisco Serrano Oceja
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Comienza un nuevo curso. El pasado miércoles 23 de agosto, el Papa Francisco nos preguntaba si somos cristianos de primavera o de otoño. La Iglesia en España, ¿es una Iglesia de primavera o de otoño? ¿Qué significa ser de primavera o de otoño? Contesta el Papa: «De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús, o de otoño, que está siempre con la cara mirando hacia abajo, amargado y, como a veces he dicho, con la cara de pimientos en vinagre». ¿Acaso la Iglesia de otoño no es también una Iglesia muda, instalada en la pausa de la historia?

De primavera estará la Iglesia en Mallorca si durante este curso, como parece confirmarse, el Papa nombra un obispo titular. También lo estará la Iglesia en Madrid con el más que plausible nombramiento de los obispos auxiliares, una vez que Barcelona ya los tiene con perfiles excelentes. De primavera vive, por ejemplo, la de Santander, con el Año Jubilar Lebaniego; la de Alcalá de Henares con el escondido centenario del cardenal Cisneros; o la de Toledo con el importante número de seminaristas de nuevo ingreso.

De primavera vivirá la Conferencia Episcopal Española si afronta, como ha solicitado un destacado prelado, la cuestión de los inmigrantes, los refugiados, los corredores humanitarios. También llegará la primavera cuando se hagan públicos un par de trabajos que se llevan cocinando desde hace ya tiempo. Uno de ellos, sobre la situación del clero en España, que puede dejarnos un sabor agridulce.

La primavera florecerá en la Iglesia si cada uno de sus miembros abandonamos la mirada torva y olvidamos el ejercicio de descargar la responsabilidad en otros, del pasado o del presente, o en la generalidad más emotiva que lógica del tópico y del eslogan. Como dice el Papa Francisco, en lugar del compromiso, la tentación es la entrega al entretenimiento vanidoso de «lo que habría que hacer», el «habriaqueísmo», que induce a cultivar la imaginación y perder el contacto con la realidad. Es preferible hablar de la primavera que del otoño, aunque estemos climatológicamente más cerca.

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