El padre Florencio, capellán del Centro Penitenciario de Castellón de la Plana, acompaña, junto a un grupo de 40 voluntarios, a los presos desde 1987. Para él, lo más importante son las personas
El padre Florencio, capellán del Centro Penitenciario de Castellón de la Plana, acompaña, junto a un grupo de 40 voluntarios, a los presos desde 1987. Para él, lo más importante son las personas - REPORTAJE GRÁFICO: ROBER SOLSONA

Una Iglesia entre rejas

La labor de los capellanes en la prisión de Castellón se convierte en el mejor aliado del servicio penitenciario para mejorar la reinserción de los presos

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La parroquia del padre Florencio Roselló es muy particular. Sus fieles no son cristianos al uso. En su pequeño templo entre rejas hay asesinos, traficantes de drogas, ladrones, estafadores y violadores. Pero a los ojos de este capellán del Centro Penitenciario de Castellón de la Plana sus feligreses son sobre todo personas. Cada uno con su nombre y su historia.

La de Carlota y Antonio (nombres ficticios) es agridulce. Apenas tienen 25 y 30 años, respectivamente. Pero ya llevan tres en prisión por un delito de tráfico de drogas. Gracias a su buen comportamiento, ahora trabajan por separado en distintos economatos, una especie de tiendas donde los presos pueden comprar productos básicos como agua, conservas, artículos de higiene o embutidos. En la cárcel nació su pequeña hija, Ainhoa, que ahora tiene un año y que cuida su abuela mientras ellos cumplen condena. Desde hace tiempo están dándole vueltas a la idea de bautizarla. «Padre, ¿cuándo celebramos el bautizo?», pregunta Antonio.

La vida en prisión es difícil para esta joven familia, que solo consigue reunirse con su hija cada tres semanas en un vis a vis. «La prisión no es un lugar bonito para que una niña reciba un sacramento tan importante. Tu hija se merece algo mejor. Vamos a esperar que ambos tengan un permiso y la bautizamos fuera», le explica el capellán.

Los hijos, el dolor más grande

Pese a que el ambiente en prisión no deja de ser tenso por las circunstancias personales de cada preso, la labor cotidiana de la Pastoral Penitenciaria ayuda a mejorar la convivencia. «Se crea una comunidad de fe muy bonita porque cuanto más conseguimos normalizar las relaciones más les ayudamos cuando estén fuera», indica.

María sabe muy bien lo que significa poder contar con alguien. Tiene 32 años pero desde hace casi cuatro años paga con su libertad un robo con fuerza. «Estaba enfadada con mi familia. No tenía trabajo y tomé la decisión equivocada», asegura. Como el 80 por ciento de las mujeres que están recluidas en este centro, María es madre y está sola. «El dolor más grande para estas mujeres son los hijos», asegura el padre Florencio. Para María, el capellán de prisiones hace las veces de padre. «Me da buenos consejos y me ayuda a desahogarme. Me da tranquilidad», afirma.

Es imposible recorrer los pasillos de la prisión sin que algún preso se acerque al sacerdote para estrecharle la mano o darle incluso un abrazo. «El padre tiene mucha mano aquí y hace mucho por nosotros. Nos ayuda a poder hablar con la familia, es un apoyo muy grande», asegura Carmen. Lleva en prisión 19 años por estafa y tráfico de drogas. Su adicción a la heroína le ha traído muchos problemas y enfermedades graves, como la hepatitis C y el VIH. «Aquí tienes muchas horas para pensar y te das cuenta de que te has equivocado mucho», afirma.

Contra lo que se pudiera pensar, el 80 por ciento de los presos están arrepentidos y piden perdón por el sufrimiento que han causado, explica el padre Florencio. «Hay más conciencia del arrepentimiento de lo que parece y lo más difícil es conseguir reconciliarse con ellos mismos», añade.

«La esperanza que no tienen»

El trabajo del sacerdote y los 40 voluntarios que trabajan a su lado en la pastoral penitenciaria es muy especial y reconocida por el propio servicio penitenciario. «La labor de la Iglesia es importante para nosotros porque ahora ya no abarca solo la asistencia religiosa sino que tiene en cuenta muchas otras partes del individuo que ayudan a la reinserción y reeducación», explica la directora del centro, Celia Bautista.

En sus recorridos por la prisión, el padre Florencio y sus voluntarios ayudan a los reclusos en tareas de lo más sencillas pero que ayudan a estas personas a no terminar ahogadas en la espiral de la exclusión. A algunos presos les facilitan los trámites de renovación de sus DNI o tarjetas de extranjería, les ofrecen tarjetas telefónicas para que se puedan comunicar con sus familiares, les asesoran jurídicamente cuando les deniegan el tercer grado e incluso les acogen en dos pisos cuando salen de permiso de prisión y no tienen quién les acoja.

«Traemos escucha, acompañamiento y la energía y esperanza que aquí no tienen», asegura Ángel, un joven voluntario de 36 años. Este diseñador gráfico abandonó su carrera de publicista para ser educador e integrador social tras ver que llevaba más años trabajando con las personas en exclusión que con el diseño y el marketing. Junto a José dirigen desde hace años un taller de valores, que permite a las reclusas compartir sus preocupaciones y sus miedos mientras están privadas de libertad.

«Los talleres y las actividades que organizamos son medios para llegar a la gente», subraya el padre Florencio. Porque para él lo más importante es poder atender a las personas. «La prisión cumple parte de la inserción, el resto lo tiene que hacer la sociedad», insiste.

El padre Florencio presume además de tener las celebraciones llenas de gente. «El 25 por ciento de los reclusos asisten a misa porque encuentran la paz y el silencio que necesitan», asegura. «Hay mucha gente que se encuentra con Dios en la cárcel. A veces la familia se cansa y la persona reclusa se siente sola y se da cuenta de que Dios sigue ahí».