El compromiso de Madre Teresa con los con olvidados, pobres y oprimidos sigue vivo y se extiende por el mundo.AP

La herencia de la «santa de los pobres»

«Si la congregación es obra de Dios, sobrevivirá», declaró antes de su muerte Madre Teresa, beatificada el pasado domingo por Juan Pablo II en una ceremonia multitudinaria. La memoria de la santa de Calcuta continúa presente, si cabe con más fuerza, en centenares de hospitales, escuelas y comedores repartidos por los cinco continentes, desde El Vaticano hasta BagdadMADRID. En sus memorias sobre Madre Teresa, el escritor José Luis González-Balado cuenta que, en una ocasión, alguien preguntó a la religiosa albanesa cuál sería el futuro de las Misioneras de la Caridad tras su muerte. «Si la congregación es obra de Dios, sobrevivirá. Si no lo es, mejor que desaparezca», fue la respuesta de la nueva beata.Lo cierto es que, el 5 de septiembre de 1997, cuando Madre Teresa dejó de respirar en mitad de uno de esos apagones que con frecuencia sacuden Calcuta, parte de la esperanza en un mundo mejor pareció desvanecerse. Se había ido la «santa de los pobres», la que dio su vida por ayudar a «bien morir» a miles y miles de hombres y mujeres despreciados y abandonados por todos en las «casas del moribundo» repartidas por los cinco continentes, y todos nos habíamos quedado un poco huérfanos.Días antes de la celebración del funeral, en el que se mezclaron personalidades de todo el mundo con cientos de miles de «hijos» de Madre Teresa, la hermana Nirmala -sucesora de la fundadora- hacía un llamamiento de futuro: «Continuaremos como hasta ahora. Nosotras continuamos el trabajo de Dios, sencillamente... Yo sólo soy una hija de Madre Teresa. La Madre nunca pretendió ser ella la que hacía el trabajo. «Es todo obra de Dios», seguiría diciendo». «Soy solamente un lápiz de Dios», repetía constantemente la nueva beata de la Iglesia. Tras su muerte, Dios iba a seguir dibujando en el papel dejado por Madre Teresa.Gotas en el océanoA la muerte de la «santa de los pobres», las Misioneras de la Caridad eran 3.914, divididas en 594 comunidades esparcidas por 123 naciones. Tras el anuncio de la beatificación de Madre Teresa, la congregación disponía de 4.470 hermanas, dispuestas en 697 comunidades que realizaban su trabajo con «los más pobres de entre los pobres» en 131 países. Todo ello sin contar la rama masculina de la orden, que congrega a medio millar de religiosos, y a las decenas de miles de voluntarios que acuden a comedores, hospitales y escuelas gestionadas por las Misioneras de la Caridad.La obra de Madre Teresa se extiende por todo el mundo, al igual que su mensaje de compromiso hasta dar la vida por los olvidados, los oprimidos, los que no tienen nada. Las hermanas siguen limpiando y afeitando moribundos, dando de comer a leprosos, sacando niños de entre las ratas, de modo callado, sin pretender llamar la atención ni darse publicidad. «Sé bien que lo que realizamos es menos que una gota de agua en el océano -afirmó en su día la nueva beata-. Pero si la gota faltase, el océano carecería de algo». Sólo en el moridero de Calcuta han abandonado este mundo con una sonrisa en los labios más de 40.000 personas.Una labor que se lleva a cabo en todos los rincones del mundo, desde la «ciudad de la alegría» a Nueva York, pasando por el propio Vaticano, Madrid e incluso Bagdad, donde las Misioneras de la Caridad realizaron, a la misma hora de la beatificación de su fundadora, un encuentro ecuménico con representantes musulmanes y protestantes. Algunas hermanas se trasladaron a Roma para la beatificación, pero la gran mayoría no quiso abandonar a «sus pobres» ni siquiera cuando su Madre subía a los altares. Es más, muchas ni siquiera pudieron seguir la ceremonia por televisión, puesto que las normas de la congregación prohiben todo tipo de lujos.El comedor más famoso del mundo después del «Nirmal Hriday» de Calcuta es el que se encuentra en una de las esquinas de la mismísima plaza de San Pedro, junto a la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio). Cada día, centenares de mendigos acuden a la casa fundada por Madre Teresa gracias al apoyo de Juan Pablo II (y en contra de buena parte de la Curia), y no es extraño ver cómo se entremezclan las púrpuras cardenalicias con los zapatos abiertos y la ropa desvencijada de los pobres de Roma. «En los pobres vemos al mismo Cristo», afirman las hermanas, que no se dejan apabullar por el boato que en demasiadas ocasiones sacude la capital de la cristiandad.Al otro lado del mundo, en Tucumán (Argentina), rincón todavía sacudido por el hedor y la muerte de los más inocentes, los niños, las Misioneras de la Caridad trabajan en comedores sin recursos, en hospitales sin camas y sin anestesias, entre cubos de basura. Siempre con una sonrisa, y con el sari blanco con franjas azules que popularizó Madre Teresa y que desde primera hora de la mañana ya está manchado, sin que por ello deje de transmitir pureza y bondad. Por supuesto, tampoco pudieron seguir la beatificación de su fundadora: «No tenemos tiempo que perder».¿Nada especial?En España, donde las Misioneras de la Caridad cuentan con cuatro casas (en Madrid, Barcelona, Sabadell y la recién abierta de Murcia), la cosa no fue muy distinta. El pasado domingo, las hermanas siguieron visitando presos en las cárceles, o preparando más camas para los pobres que llegan hambrientos y enfermos, como si nada especial hubiera sucedido en Roma. «Y más con la lluvia que está cayendo, que no tienen donde meterse», comentó una de ellas. Los hogares de la congregación en nuestro país tampoco cuentan con electrodomésticos.Sólo en una ocasión, revela una de las hermanas que trabaja en el comedor de Madrid, pidieron una televisión para seguir en directo el funeral de Madre Teresa. El domingo dispusieron de otro televisor pero, como sucediera en septiembre de 1997, «no vimos la beatificación, porque teníamos que rezar y atender nuestro trabajo». Un trabajo basado en el amor y el respeto a la dignidad de los que no tienen nada, y que, seis años después de la muerte de Madre Teresa, se revela más vivo y necesario que nunca.

JESÚS BASTANTE
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