Protestas ante la embajada canadiense en Manila por los desperdicios
Protestas ante la embajada canadiense en Manila por los desperdicios - AFP

Filipinas se impone en la primera «guerra de la basura»

Después de la escalada dialéctica del presidente Duterte, Canadá acelera el regreso de un controvertido cargamento de desperdicios a su territorio

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

La basura se ha demostrado en las últimas semanas como un asunto que puede protagonizar las relaciones diplomáticas entre dos países, motivar la retirada de embajadores y amagar con la declaración de una guerra. El miércoles por la noche, Canadá anunció que acelerará y costeará el regreso a su territorio de un controvertido cargamento de desperdicios que envió a Filipinas en 2013, después de meses de protestas y amenazas del Gobierno del país asiático. El episodio es apenas un detalle anecdótico de un asunto de gran calado –la gestión global de desechos en un mundo cada vez más poblado e industrializado– inflamado por el populismo del presidente filipino, Rodrigo Duterte.

El cargamento en cuestión fueron 103 contenedores, con casi 2.500 toneladas de basura, que Canadá envió a Filipinas para su tratamiento. En las últimas décadas, ha sido habitual que las potencias occidentales coloquen parte de sus desechos en países en desarrollo, muchas veces para reciclaje, pero también para su destrucción o para simplemente colocarlos en vertederos. En aquella ocasión, se suponía que Canadá, a través de la empresa Chronic Inc., mandaba «plástico de alta calidad» para su reciclaje. La realidad es que se trataba de basura doméstica común, desde botellas de plástico a pañales.

En 2016, un tribunal determinó que Canadá debía «repatriar» los desperdicios, pero el Gobierno de Ottawa se mostró remolón a la hora de recuperar su basura. Duterte entendió el asunto como una oportunidad para presentarse ante su país como un mandatario de puño de hierro: después de que Canadá no cumpliera con el plazo acordado de sacar la basura de Filipinas el pasado 15 de mayo, emprendió acciones enérgicas. Sacó a la representación diplomática de su Gobierno en Canadá y dijo que no volverían hasta que no se solucionara el problema. Antes, Duterte llegó a anunciar que declararía la guerra a Canadá si no lo hacían, en una afirmación típica del estilo del mandatario filipino.

El miércoles, a Duterte se le acabó la paciencia y su portavoz, Salvador Panelo, aseguró que, ante la inacción de Ottawa, el Gobierno filipino solucionaría el problema por su cuenta: «Si Canadá no acepta su basura, colocaremos la misma cantidad en sus aguas territoriales», dijo Panelo, que anunció que estaban buscando una compañía de transportes para hacerlo. «Es obvio que Canadá no se toma esta cuestión o nuestro país con seriedad», dijo el portavoz.

Horas después, llegó el comunicado de la ministra canadiense de Medio Ambiente y Cambio Climático, Catherine McKenna, en el que anunciaba que su país ya había encontrado a una empresa para ocuparse de la devolución, Bolloré Logistics Canada, y realizarlo «lo más pronto posible». Según su plan, el envío comenzará la semana que viene y concluirá a finales de junio. «Los costes relacionados con la preparación, transferencia, envío y eliminación de la basura serán asumidos por el Gobierno de Canadá», añadió sobre una operación que supondrá unos 1,14 millones de dólares para las arcas del país.

«Diplomacia de la basura»

La escalada dialéctica de Duterte contrasta con la escasa entidad del cargamento de basura: supone menos que todos los desperdicios producidos por el área metropolitana de Vancouver en un día. Sin embargo, es una ventana abierta a las tensiones globales por el futuro de la gestión de basuras. Los países occidentales envían millones de toneladas de plástico a países asiáticos para que se ocupen de su reciclaje o eliminación, en una práctica que sufrió un trastorno formidable en 2018, cuando China decidió dejar de aceptar esos envíos. India tomó una medida similar este año.

Estas prohibiciones han disparado el envío a países como Indonesia, Malasia o Tailandia, donde, según un estudio de Greenpeace, en muchos casos no se respetan las regulaciones sobre reciclaje, tratamiento o incineración de los plásticos.

El episodio entre Canadá y Filipinas es una muestra de que la «diplomacia de la basura» será un nuevo eje de las relaciones internacionales y una nueva presión para que los países más industrializados refinen sus programas de gestión y reciclaje de desperdicios.