Santiago Martín

Soy un fanático

Somos miles los que hemos rezado estos días para que el niño Alfie Evans tuviera una oportunidad para vivir y, por supuesto, sus padres

Santiago Martín
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Soy un fanático. Y, lo mismo que yo, lo es el Papa Francisco, el cardenal Sgreccia, Tajani (presidente del Parlamento Europeo), los miles y miles de personas que han rezado estos días para que el niño Alfie Evans, fallecido en la madrugada de este sábado, tuviera una oportunidad para vivir y, por supuesto, sus padres. Bueno, sus padres son, además, otras muchas cosas feas. Esto lo dice, así de clarito, el juez Anthony Hayden, que fue el que sentenció que Alfie no pudiera acogerse a la hospitalidad que le brindaba el hospital Bambino Gesù de Roma, propiedad de la Iglesia, en un último intento de curarle.

Hayden insultaba a todo el mundo, pero nadie puede tomarse ni siquiera el lujo de sospechar de su falta de imparcialidad. Sin embargo, resulta que es miembro militante de una importante asociación LGTB y autor de un libro a favor de la adopción de niños por parejas homosexuales.

Del mismo modo, tampoco se puede sospechar de la honestidad y capacitación del Alder Hey, el hospital donde estuvo internado Alfie, a pesar de que habían asegurado que el niño moriría en no más de cinco minutos después de serle retirada la respiración artificial y no fue así. Tampoco nos debe llevar a sospechar el hecho de que ese hospital se hiciera famoso hace años por dedicarse al tráfico de órganos de niños muertos.

Por supuesto, nadie puede sospechar que hubiera algo raro en las amenazas de la policía contra los que escribíeran mensajes de apoyo a los padres de Alfie, aunque continuamente se escriben en la red cosas muchísimo peores que ni se investigan.

Nosotros somos los fanáticos, mientras que los que se negaron a darle a Alfie una oportunidad de vivir, son los tolerantes. Pocas veces como en este caso se ha visto el verdadero rostro de un secularismo laicista agresivo y cruel.

Pero, por encima de todo, ha quedado una lección: la que han dado los padres, luchando contra viento y marea para salvar a su hijo. Esos son unos verdaderos padres. Gracias a Dios, mientras existan personas así, aún hay esperanza para el mundo, aunque a ellos y a nosotros nos insulten cada día llamándonos fanáticos, precisamente aquellos que en nombre de su tolerancia se dedican a sembrar la muerte.

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