El modelo español espera todavía su Pacto de Estado por la Educación
El modelo español espera todavía su Pacto de Estado por la Educación - ABC
ESPECIAL COLEGIOS

A la espera de un modelo educativo de consenso para despegar hacia el futuro

Las aulas se han convertido en un vaivén de reformas y contrarreforma que han acabado más de una vez en los tribunales y con huelgas y manifestaciones en las calles

MadridActualizado:

Cada vez que se produce un cambio de Gobierno, nuestro sistema educativo gira como una peonza. En los últimos cincuenta años ha encajado ocho legislaciones diferentes. La que ha diseñado el Ejecutivo de Pedro Sánchez, con independencia de cuál sea el futuro de su permanencia en La Moncloa, sería la novena. Es decir, que a lo largo de los años las aulas se han convertido en un vaivén de reformas y contrarreformas, de leyes orgánicas y reales decretos, de conflictos y enmiendas, que han acabado más de una vez en los tribunales y con huelgas y manifestaciones en las calles. Y nunca llega el deseado Pacto de Estado por la Educación, que todos consideran imprescindible, y donde las distintas fuerzas políticas y la comunidad educativa estarían codo con codo.

La Ley General de Educación de 1970, la Loece, la Lode, la Lopeg, la Loce, la Logse... algunas ni siquiera se implantaron, otras de forma parcial, o fueron enmendadas al poco de entrar en vigor o tuvieron una vida corta. Y tantas siglas porque «falta un acuerdo básico entre los partidos políticos en relación con lo que debe ser el sistema educativo», asegura Francisco López Rupérez, director de la cátedra de Políticas Educativas de la Universidad Camilo José Cela. Con la perspectiva que le da su dilatada experiencia (entre otros cargos, ha sido secretario general de Educación y presidente del Consejo Escolar del Estado, además de catedrático y director de instituto), Rupérez, como otros expertos, reconoce que ha habido dos grandes leyes que han dejado su impronta: la Ley General de Educación de 1970, «fue una ley modernizadora, que se adelantó a su tiempo», recuerda, y la Logse, que estableció la educación obligatoria hasta los 16 años (para muchos uno de los mayores logros) en dos etapas: Primaria y Educación Secundaria Obligatoria (ESO).

Pero todas las demás normativas no han aportado al sistema mas que tensiones en la comunidad educativa. «Desde la Logse, las reformas carecen de importancia, son gestos simbólicos, política expresiva», afirma Julio Cabaña, profesor honorífico de Sociología de la Educación de la Universidad Complutense se Madrid (UCM). El Gobierno de turno cambia la orientación de determinados aspectos que siempre resultan conflictivos: la asignatura de Religión, los colegios concertados, las horas de lenguas cooficiales, las reválidas, los porcentajes de contenidos controlados por el Ministerio y por comunidades autónomas...

«Conseguimos que una gran masa de niños obtenga una educación pero fallamos en los que se pierden y en tener pocos alumnos excelentes»

Sin embargo, a la hora de construir la arquitectura del sistema educativo, muchos echan en falta, precisamente, criterios educativos, didácticos y pedagógicos. «Para la estructura existen dos modelos: uno más equitativo, inclusivo, sin itinerarios o con itinerarios más tardíos, que defienden los socialistas. Y otro más diferenciador, que busca distinguir cuanto antes a los alumnos por sus capacidades y se fija más en los resultados, por el que apuestan los populares», explica Manuel Muñiz, profesor de Economía Pública de la Universidad de Oviedo. «Hay que buscar un equilibrio —afirma— entre la equidad y la eficiencia de los resultados. Ni ser mediocre ni dejar acrecentar las desigualdades sociales».

Pero con tantos cambios, el sistema educativo está estancado. Solo hay que echar un vistazo a los resultados de nuestros alumnos para ver que las reformas emprendidas hasta ahora, más allá de la escolarización, no dan los frutos deseados. «Desde el punto de vista del rendimiento estamos estancados en la mediocridad», afirma Rupérez. España es el segundo país de la UE en fracaso escolar: el 19% de jóvenes entre 18 y 24 años han abandonado el sistema antes de tiempo teniendo como mucho la ESO, es decir ni estudiaron FP de grado medio ni Bachillerato. La media de la UE es un 10,7%. Sólo Malta está por delante de nosotros. «Y es un indicador con la evolución plana en los últimos quince años», dice Rupérez. Además, nuestro país ostenta la cifra más alta de alumnos repetidores en ESO, un 11% frente al 2% de media de la OCDE. Por no hablar de los resultados en PISA, el espejo en el que se miran los modelos educativos. En la última evaluación de 2015, aunque España mejoró algo, empeoró tres puntos en Ciencias (493), mejoró dos en Matemáticas (486) y ocho en Lectura (496). Cuando se revisa la evolución se observa que la situación apenas ha variado en 18 años. No se avanza: en el año 2000, los estudiantes obtuvieron 491 puntos en Ciencias y 493 en Lectura. Y en 2003, 485 en Matemáticas.

Las edades más complicadas

Uno de los asuntos más controvertidos es la arquitectura de la Educación Secundaria. Los políticos no se ponen de acuerdo entre el modelo inclusivo, la misma enseñanza para todos, y otro que distinga a los alumnos por sus capacidades y resultados. «Que dejen de poner parches a los catorce años», se queja Muñiz. Y es que existe una realidad en el desarrollo evolutivo de los alumnos que no se puede obviar: la adolescencia, la etapa de transición a la edad adulta, está cargada de incertidumbres e inseguridades. Por eso, como explica Cabaña, hasta los doce años «es posible mantener una enseñanza común» para un grupo, pero a partir de esa edad los niños empiezan a diferenciarse. «A partir de los 13 y 14 años —continúa— los problemas empiezan a aflorar, unos tienen mucha capacidad y otros menos, a unos les gusta estudiar y a otros no. Es muy difícil cursar el mismo currículo para todos».

La «ley Wert», como se conoce a la Lomce (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) que está vigente, soluciona este asunto estableciendo itinerarios en 4º de ESO. Ya en 3º los alumnos eligen entre dos niveles de dificultad en Matemáticas. Y en cuarto, entre enseñanzas académicas, para ir al Bachillerato, y enseñanzas aplicadas, para ir a FP de grado medio. Dan asignaturas diferentes según escojan un camino u otro entre cuatro variantes. Y esto es una de las grandes críticas a la Lomce, ya que son muchos los que consideran que así se segrega a los alumnos de forma muy temprana, se diferencia entre los que tienen más capacidad y los que menos y se les obliga a elegir a los 15 años si estudian Bachillerato o FP.

De salir adelante, la propuesta del Gobierno socialista tiene por objetivo eliminar los itinerarios: el mismo nivel de contenidos y asignaturas para todos hasta los 16 años, todos tendrán la misma titulación. Y después los alumnos elegirán el camino a seguir. «Cada Gobierno ha intentado dar solución a este problema estableciendo currículos más fáciles o difíciles. Es un asunto ideológico. Y se trata de una cuestión de organización del centro, al que se le debería dar más autonomía para que decida cómo organizar a sus alumnos, dependiendo de su contexto y diversidad», propone Cabaña.

Ni unos ni otros parecen dar con la clave a la hora de construir un sistema adecuado a esas edades más complicadas. La Logse también recibió muchas críticas en su momento. «Cuatro años de ESO y dos de Bachillerato es un modelo poco frecuente en los países de la UE. De hecho, PISA fija su atención en los 15 años, porque esa es la edad más frecuente para terminar la Secundaria inferior en los países de nuestro entorno. La fórmula 4+2 aboca a un Bachillerato de dos años, que es insuficiente y el más corto de Europa», recuerda Rupérez. En su época esta ley provocó un debate muy intenso sobre otra cuestión: «Teniendo en cuenta las características de la adolescencia —continua—, la Logse sacó a los niños de 12 años del colegio, donde estaban acomodados y en un entorno más personalizado, y los trasladó a un medio nuevo, el instituto, más despersonalizado para los nuevos. Se entendía que el colegio era un entorno de inserción más amigable para hacer esa transición a la adolescencia».

Favorecer la adquisición de conocimientos

Con cada reforma, «lo que se está haciendo es bajar el listón para que los alumnos consigan el título», critica Muñiz. Muchos piensan que el sistema busca la obtención del título más que la adquisición de conocimientos. Por eso el profesor de la UCM Cabaña propone un gran cambio: «Suprimir el título de la ESO. Los alumnos estarían hasta los 16 años en una escuela básica, aprendan lo que aprendan. Y después accederían a escuelas diferentes para capacidades distintas, que se adaptarían a la situación de los alumnos a esa edad y en ese momento».

Hay otra cuestión en la que coinciden los expertos: muchos de los fracasos en la ESO vienen de atrás. Es en la Educación Infantil y Primaria donde se deben poner todos los esfuerzos. «Si tenemos una tasa tan elevada de repetición en Secundaria, hay que pensar que no hemos asegurado las competencias necesarias en la etapa anterior. Eso nos remite a una reflexión sobre orientaciones de carácter metodológico, la estructura de Primaria, los mecanismos de apoyo... Lo importante en los sistemas modernos es que la estructura se adapte a las diferencias individuales del alumno y a sus distintos ritmos de maduración», añade Rupérez.

El modelo educativo español posee un gran elemento diferenciador que no deja de resultar sorprendente: las grandes diferencias educativas entre las comunidades autónomas. Mientras unas regiones, como Castilla y León, Madrid y Navarra, se encuentran al mismo nivel educativo que los países nórdicos en las evaluaciones de PISA, otras, como Canarias y Andalucía, están en muy atrás. «Las comunidades tienen que aprender unas de otras. Los alumnos deben adquirir unos conocimientos básicos en asignaturas como Matemáticas y Lenguaje. Pero hay regiones que dan 7 horas y otras 4. Por eso, los resultados no pueden ser los mismos», señala Muñiz.

Y eso que nuestro sistema también tiene sus fortalezas. Antes de la crisis, España era envidiada por su equidad educativa. «Era el sistema donde menos pesaba el nivel económico para aprobar. Todos los niños tenían las mismas oportunidades. Con la crisis y los recortes, existe menos equidad pero todavía destacamos», sostiene Muñiz. Sirvan de ejemplo las cifras que revela un estudio de las fundaciones Ramón Areces y Sociedad y Educación: el porcentaje de alumnos resilientes, es decir, los que consiguen altos rendimientos educativos pese a encontrarse en entornos socioeconómicos desfavorables, es de un 39,2%, diez puntos más que la media de los países de la OCDE. «Conseguimos que una gran masa de niños tenga una educación adecuada, pero fallamos en los extremos: en los que se van perdiendo, por eso la tasa de fracaso escolar es tan alta, y, en el lado opuesto, tenemos muy pocos alumnos excelentes», dice Muñiz.

El modelo educativo español posee un gran elemento diferenciador que no deja de resultar sorprendente: las grandes diferencias educativas entre las comunidades autónomas

La educación tiene otros muchos retos por delante: incorporar otras habilidades al currículo para adaptarse a nuevos entornos profesionales (valores que están en alza en las empresas como la tolerancia, resiliencia, autoconfianza...), es necesario despertar las vocaciones STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), poner en valor las Humanidades...

Reformas y desafíos que también se fijan en la figura del profesor. El actual Gobierno socialista ha hablado de establecer requisitos o pruebas a los estudiantes que quieran acceder a la carrera de magisterio o al máster de profesorado. Y el debate sobre un MIR educativo, a semejanza de los médicos, es un melón que se abre de forma periódica. Pero esta idea nunca parece terminar de calar, aunque siempre genera una gran controversia. «Lo del MIR o un filtro para la carrera son parches», asegura Muñiz. En su opinión, el origen de los problemas del sistema no son los profesores, que «no son valorados —defiende— ni en las aulas, ni por las familias ni las autoridades educativas, ni social ni económicamente. Se les ha perdido el respeto.

A la larga eso ha provocado su desmotivación y frustración. Todo lo contrario ocurre en Finlandia, donde la profesión más valorada es profesor de Educación Infantil, porque va a marcar el futuro de nuestro hijo». Para otros los tiempos cambian y «a pesar de que tenemos profesores espléndidos, la profesión docente tiene que fortalecerse. Por eso hay que modernizar el modelo de acceso a la docencia. No basta solo con atraer a los mejores, sino una vez dentro los tenemos que cuidar y retenerlos mediante el diseño de una carrera profesional semejante a la de las empresas», afirma Rupérez.

Hay muchas las propuestas sobre la mesa para la educación. Solo falta que políticos y comunidad educativa se sienten a construir un sistema que haga despegar a los alumnos hacia un futuro.