Bomberos intentan apagar las llamas en la localidad de Cardigos, en el centro de Portugal
Bomberos intentan apagar las llamas en la localidad de Cardigos, en el centro de Portugal - AFP

España envía dos aviones para apagar los fuegos de Portugal

Determinadas circunstancias estructurales refrendan la dimensión desastrosa de las gestiones realizadas por el Gobierno de António Costa

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Arde sobre quemado en Portugal. El país vecino vuelve a caer presa de la misma pesadilla de los últimos años: los incendios se extienden de norte a sur en el arranque del verano, mientras los ciudadanos lusos asisten impotentes al avance de las llamas y a la ineficacia de las autoridades en su combate.

Las zonas central y norte se vieron azotadas desde la tarde del pasado sábado por la trampa infernal provocada por los pirómanos, reincidentes porque las penas no son lo suficientemente duras. Cuarenta y ocho horas después, las regiones de Castelo Blanco y Santarém ven cómo el 90% de estos siniestros parecen controlados, aunque los vientos calientes aún pueden jugar una mala pasada.

Afortunadamente, no ha habido que lamentar fallecidos, pero sí se han contabilizado 30 heridos, uno de ellos muy grave. Y todo en medio de una sucesión de escenas dantescas que retratan que Portugal repite los mismos errores. De hecho, casi la mitad de las aldeas afectadas ya habían padecido las consecuencias del gran incendio de 2017. Y hoy el destino las arrasa una vez más.

Las primeras investigaciones policiales han permitido hallar claros indicios de que la mayoría de los focos responde a la mano criminal de quienes buscan deliberadamente hacer daño, ya que se encontraron numerosos explosivos y restos pirotécnicos, prueba inequívoca de que las llamas no surgieron por azar. ¿Cómo se explica, si no, que en Castelo Blanco se reg istraran hasta cinco focos a la vez en el plazo de solo unos minutos? Lo mismo sucedió el año pasado, y el anterior, y el anterior.

El país luso «ha solicitado asistencia bilateral a España

El caso es que determinadas circunstancias estructurales refrendan la dimensión desastrosa de las gestiones realizadas por el Gobierno de António Costa. Por ejemplo, la plantación poco diversificada de las especies de árboles, escasa limpieza de los matorrales, falta de prevención, despoblación y envejecimiento de las zonas rurales, temperaturas cada vez más altas y lluvias insuficientes…

El Ministerio de Administración Interna emitió ayer un comunicado en el que informaba de que el país luso «ha solicitado asistencia bilateral a España, en el marco del Protocolo entre la República portuguesa y el Reino de España sobre Cooperación Técnica y Asistencia Mutua en materia de Protección Civil». Inmediatamente, Madrid envió dos grandes aviones anfibios, que se encaminaron directamente a Vila de Rei para combatir las llamas.

Son ya más de 12.000 hectáreas las que han ardido en tierras lusitanas desde el pasado sábado, justo cuando se ha difundido el último dato global referido a un año completo. En 2017, se quemaron más de 500.000 hectáreas. Cifras terribles que hablan por sí mismas y testimonian la gravedad de la situación, pues Portugal corre un alto riesgo de desertificación si continúa este ritmo de destrucción del monte.

Protestas

Los ayuntamientos locales y Protección Civil claman por medidas de gran calado que, con el paso del tiempo, siguen brillando por su ausencia. Para colmo, siguen produciéndose episodios como el denunciado por varios alcaldes de la franja central, que han protestado porque los tres helicópteros Kamov propiedad del Estado se hallaban en tierra.

Las quejas hicieron que el Ejecutivo socialista decidiera sacarlos de los hangares a todo correr, en parte porque habría resultado muy difícil explicar que los medios más potentes llegaran desde España.