Vista exterior del edificio Healy Hall en el campus de la Georgetown University de Washington
Vista exterior del edificio Healy Hall en el campus de la Georgetown University de Washington - EFE

El escándalo de los sobornos para la admisión de alumnos resquebraja el sistema universitario de EE.UU.

Se presenta una demanda colectiva que afecta a ocho universidades implicadas en las coacciones y trampas destapadas por el FBI

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

«¿En qué universidad estudiaste?». Es una pregunta habitual en una conversación entre dos estadounidenses que se acaban de conocer. La respuesta es casi una definición del estatus social de una persona: el rango de la universidad en la que uno se gradúa es una medida casi infalible de su posición en la sociedad. A ello se le une que el sistema de admisión a las mejores universidades estadounidenses -líderes globales en educación- están investido en la meritocracia: solo llegan los mejores. Es decir, si en tu curriculum pone Harvard, Yale, Stanford o Georgetown no solo te va bien en la vida, sino que, además, te lo mereces.

Este andamiaje de excelencia educativa y mérito se ha puesto a temblar con el escándalo de las admisiones compradas a universidades de elite en EE.UU. El asunto se destapó esta semana: una red de sobornos y trampas que conseguía meter a hijos de familias con dinero en centros de primer nivel como Stanford, Georgetown o Yale.

Entre quienes pagaban estaban inversores, dueños de empresas de medios y actrices famosas, como Lori Loughlin (‘Padres forzosos’) o Felicity Huffman («Mujeres desesperadas»). En el centro de la trama estaba William Rick Singer, el facilitador que ponía en contacto a los padres con los responsables de las universidades o con los administradores de los exámenes de admisión para dar ventajas a sus hijos. En ocasiones, se hacía pasar a los solicitantes como atletas de elites para que entraran en los equipos deportivos de la universidad, con el soborno a los entrenadores, que les elegían por dinero. En otras, se conseguía que otra persona realizara los exámenes o se permitía que se los corrigieran después.

Las consecuencias penales para los participantes en la trama están todavía por determinar. Las autoridades imputaron a cincuenta personas -entre ellas, 33 padres de alumnos admitidos- cuando se anunció la investigación el pasado martes. Singer se declaró culpable de asociación delictiva, conspiración para el fraude, lavado de dinero y obstrucción a la justicia. Loughlin se entregó y pagó un millón de dólares para su libertad bajo fianza.

El escándalo, sin embargo, no se quedará solo en los protagonistas del fraude: apunta a salpicar también a las universidades. Un grupo de estudiantes y padres han iniciado una demanda colectiva contra las ocho universidades relacionadas con la imputación: Stanford, Georgetown, Yale, Universidad del Sur de California (USC), Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), Universidad de San Diego, Universidad de Texas en Austin y Wake Forest.

Los demandantes son estudiantes que participaron en procesos de admisión en esas universidades y no fueron seleccionados, mientras que ahora otros han demostrado que lo consiguieron solo echando mano de la cartera. «Por cada uno de los estudiantes admitidos a través de un fraude, un estudiante con talento fue rechazado», denunció en la presentación de cargos el fiscal Andrew Lelling.

Las universidades han insistido en que sus procesos de admisión son rigurosos, que solo permiten que entren los estudiantes que lo merecen y que el escándalo se debe a la actuación independiente de empleados en busca de su propio lucro. Sin embargo, algunas han tomado medidas. La USC -donde fueron admitidas dos hijas de Loughlin- ha decidido rescindir la admisión de media docena de estudiantes. Otras han asegurado que revisarán los procesos en el filtro de solicitudes. Es el caso de Georgetown, que ha anunciado la contratación de un analista independiente para examinar cómo se elige a los alumnos.

El escándalo ha sacudido a EE.UU. aunque, para muchos, que el dinero sea un factor clave para llegar a las universidades de elite es el elefante en la habitación. Solo que el animal ha movido la cola y ha tirado un jarrón con flores. La ruta para llegar a Harvard o Yale es bien conocida: desde la infancia, los padres invierten decenas de miles de dólares anuales en guarderías que abren la puerta a colegios de prestigio que son la mejor carta de presentación para llegar a las mejores universidades. Cuando este camino no funciona y el estudiante no alcanza la excelencia necesaria, los que más tienen pueden solucionarlo con un talón: una donación millonaria a la universidad, que después es deducible de impuestos. El caso más recordado en esta época es el de Jared Kushner, yerno de Trump y graduado en Harvard, pero los casos de donaciones multimillonarias el año en el que se admite a un magnate de los negocios son habituales.

La otra ruta es ser un gran estudiante, lo que es más difícil en entornos de clases más bajas, sobre todo si algunas plazas llevan un apellido puesto. El año pasado, un juicio sobre el proceso de admisión de estudiantes de origen asiático en Harvard reveló la existencia de una «Lista de Intereses del Decano y del Director», por la que se privilegiaba la entrada de hijos de grandes donantes o de personas en las que la universidad tenía un interés especial (y no conectado con la excelencia de los solicitantes).

Con la admisión a universidades de elite no solo se gana quedar bien al responder la pregunta del principio: los datos de Payscale.com, graduarse en Harvard supone ganar 760.000 dólares más que el graduado medio universitario en EE.UU. durante los veinte primeros años de carrera.