AFP  A Pamela Anderson también le chiflan las burbujas
AFP A Pamela Anderson también le chiflan las burbujas

Entre copas hasta que llegaron las burbujas

Borracha y más gorda que ayer (pero menos que mañana), he decidido que si me detiene la policía por hacer eses sin lápiz voy a proferir insultos contra los mormones. No tendrán la culpa de todas las

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Borracha y más gorda que ayer (pero menos que mañana), he decidido que si me detiene la policía por hacer eses sin lápiz voy a proferir insultos contra los mormones. No tendrán la culpa de todas las guerras del mundo, pero a mí no me gustan las camisas de manga corta con corbata. Digamos que no ando borracha porque esté de moda, como demuestran Mel(opea) Gibson o Pamela Anderson y su marido, que en todas las fotos de la boda salían con una copa o botella en la mano. Estoy borracha (y voy a empezar a decir embriagada, que es lo que diría Doris Day) y más gorda gracias al Govern de les Illes Balears que nos ha llevado de excursión a un par de bodegas y al restaurante de Koldo Royo (donde Maragall compartía mesa con Alberto Aza, y de donde salió con cinco coches).

Carlos García Calvo mantiene la divertida teoría de que los excelentes productos mallorquines, si los tomas en Mallorca, no engordan. Así que uno puede hincharse a sobrasada, a ensaimadas, a coca de trampó, a coca de verduras o a galletas de Inca en la isla sin miedo. Soy muy fan de Carlos, pero supongo que para no engordar tendría yo que ser ministra de Sanidad, princesa (que no es cierto que las niñas ya no queramos ser princesas; otra cosa es que queramos casarnos con un príncipe) o Miss China.

Antes de sucumbir con los tres sorbos, tres, a los tres vinos (blanco, tinto y roble) de la exquisita y pequeña bodega Son Puig, he decidido que quiero vivir en Mallorca, como George Sand, pero sin tener al lado a un flojo como Chopin. Además, aquí, por si se me antoja delinquir, la cárcel tiene dos piscinas (y ningún famoso). Quiero vivir en una «possesió» como la de los Alabern (Son Puig), en el valle de Puigpunyent (con microclima incluido) en plena sierra de Tramontana. Hombre, una siempre ha querido ser Angela Channing, pero esto es como más fino, más tirando a los Gioberti. Bueno, más fino todavía. Y voy a empezar a cambiar la expresión «más limpio que una patena» por «más limpio que Son Puig». Viendo la propiedad y, como diría el anuncio, usted podría comer en su propio fregadero, que había que ver el del laboratorio, una pieza antigua rescatada.

Se trata de una empresa familiar en la que hasta el arquitecto que ha acondicionado la planta baja de la «possesió» como bodega es uno de los hijos. Una empresa donde, al ser de reducidas dimensiones, se pueden permitir el lujo de hacerlo todo: la uva en sus viñas (entre ellas Callet y Premsall Blanc), la elaboración del vino (iba a poner caldo, pero es que me da la risa) y el embotellado. De Son Puig, nos fuimos para la bodega Macià Batle, en Santa María del Camí. Después de la visita, más degustación. De vinos y de otros productos delicatessen que fabrican. Por ejemplo, unos deliciosos tomates secos con aceite de oliva que también elaboran ellos mismos. De aquí me llevaría la espectacular mesa de catas con tierra de Santa María bajo el cristal.

Luego llegaría el restaurante de Koldo Royo. A esas horas ya cantaba «Espineeete, el amigo de los niños». Después de empezar con el Collit de Fruits (blanco), me quité la vergüenza y pedí una coca-cola (desde que Melanie Griffith se pidió un café con leche en Segovia mientras comía cochinillo, ya me corto menos). Es que más que de «Entre copas» soy de «Entre burbujas». Pero los efectos del vino todavía me duraban por la tarde.

En la rueda de prensa de Maragall en el Parlament no le entendí nada. Claro, que sobria tampoco me entero.

ROSA BELMONTE