El efecto Sistach

JORGE TRIAS SAGNIER
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6 de Enero de 2010, 8,45 de la mañana, Barcelona. He venido, con la familia, a pasar el día de Reyes en casa de mi madre donde nos reuniremos unas cincuenta personas entre hermanos, maridos, mujeres, hijos, nietos y biznietos. Pienso que es un buen momento para hacer lo que tantas veces hice cuando era niño: ir a misa. Antes de abrir el cuarto misterioso repleto de regalos íbamos a misa de 9 con mis padres. Los nervios me encogían el estómago y deseaba que se acabase cuanto antes. Llego a las nueve menos un par de minutos a los capuchinos de la diagonal, un edificio del arquitecto Sagnier, mi tío abuelo, y encuentro las puertas del templo cerradas a cal y canto. «A lo mejor es que ya no quedan capuchinos», pienso, «bueno, me acercaré a Montesión de la Rambla de Cataluña, seguro que esa estará abierta». Llego en menos de cinco minutos y un cartel anuncia el horario de los oficios y el primero para este día es a las 12. «Vaya -me digo- los curas también tienen derecho a descansar», se me ocurre como justificación. Antes de darme por vencido me acerco a la iglesia de los Redentoristas, en la calle de Balmes, que siempre estaba abierta y recordaba que había misas cada hora a partir de las 7 de la mañana los días festivos. A las nueve y veinte estoy plantado en la puerta y ahí no hay trazas de actividad. «Claro, ya no hay cautivos a los que redimir».

Me doy por vencido, y de regreso a casa, al pasar otra vez por Montesión, me fijo que un mendigo no muy mal vestido pide limosna para comer. Paso de largo, ando unos veinte metros, me vuelvo y le pregunto si de verdad necesita dinero para comer. Por su respuesta me doy cuenta que no es un mendigo sino un desgraciado abandonado del mundo que no sabe ni quién es y que la antipsiquiatría le ha dejado sin amparo mientras Hereu, el alcalde barcelonés, manda a sus fieles a repartir caridad por Mauritania. Le doy 10 euros, tranquilizo mi conciencia, me doy media vuelta y, ¡que le atiendan los servicios sociales del Ayuntamiento!; al fin y al cabo, ¿qué puedo hacer yo? Cuando era niño a las misas de 7 y 8 de los barrios burgueses iba el servicio doméstico y los trabajadores. A la de 9 los deportistas y madrugadores. A las 10 y las 11 las familias cristianas repletas de hijos. La de 12 era para los abuelos, la de 1 para los enfermos, y había hasta otra a las 2 para rezagados, noctámbulos, borrachos y pecadores. Ahora el servicio se reúne en mezquitas y templos evangélicos. Los deportistas no van a misa y los madrugadores cultivan el footing. Las familias están de fin de semana, y sólo unos pocos abuelos, enfermos o pecadores siguen yendo a misa con su fe inquebrantable. «¿Qué puedo hacer yo?», se preguntará el cardenal arzobispo Sistach. Nada. Que el último apague la vela del sagrario. Esto es Barcelona.

VADE MECUM