Delfín González, tío de Elián, en el  armario más famoso de todo Miami
Delfín González, tío de Elián, en el armario más famoso de todo Miami

Desde Miami Puros, guayaberas y la casa de Eliancito

«Lo bueno de vivir en el sur de Florida es su cercanía a Estados Unidos». Este chascarrillo, un punto malvado, sirve para ilustrar la peculiar insularidad que el exilio cubano mantiene en su epicentro

Pedro Rodríguez. Miami
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«Lo bueno de vivir en el sur de Florida es su cercanía a Estados Unidos». Este chascarrillo, un punto malvado, sirve para ilustrar la peculiar insularidad que el exilio cubano mantiene en su epicentro de Miami, ocupado desde hace casi cincuenta años y que por primera vez esta semana ha empezado a atisbar el principio de un final biológico para la dictadura de Fidel Castro. Un recorrido por esa especie de isla multiplicada que es la Pequeña Habana a través de su vía central, la folklórica Calle Ocho, ilustra estampas e historias de vidas truncadas y reconstruidas a pulso, nostalgias a flor de piel y promesas que cuesta creerse sobre un retorno en cuanto sea posible.

En el número 1106 de la Calle Ocho, que como alguno de los locales dice «es tan larga que llega incluso hasta donde viven los caimanes», se encuentra la fábrica de puros «El Crédito», una de las pocas que sobreviven en Florida desde que en 1962 el presidente John F. Kennedy prohibiese las relaciones comerciales con Cuba, no sin antes haber mandado a un ayudante de confianza en una disimulada misión para acaparar el mayor número posible de habanos para su consumo personal.

Por fuera, no parece mucho. Pero pasar más allá de la ordenada tienda es un viaje al pasado de un negocio familiar centrado en la marca «La gloria cubana» y bendecido por el reciente «boom» de los puros en Estados Unidos. En pupitres de madera, un pelotón de mujeres y un solo hombre -todos cubanos- se entregan laboriosamente con herramientas de otra época más analógica que digital a la artesanía de producir lo que ellos llaman «tabacos», a un ritmo de 150 puros diarios por tabaquero.

Aunque en Cuba, este repetitivo trabajo manual era amenizado por la lectura en voz alta de libros y de periódicos, esta semana los empleados de «El Crédito» han tenido sobrado tema de conversación. Como explica la encargada Aimet López, «nunca en la historia de la dictadura de Castro hemos visto una transferencia de poder y por eso creemos que esta vez la cosa va en serio». Pero es pesimista, «si se muere no va a cambiar nada de la noche a la mañana, hay mucho miedo y es un país torcido durante muchos años que no se va a enderezar en un día».

Aimet, que salió de la isla de niña, no teme por su negocio. «Hay gustos para todo y clientes para todos». Y matiza que, aunque los habanos forman parte de las representaciones icónicas de Castro, «ese señor se ha apropiado de algo asociado de siempre con Cuba, hasta eso se ha querido robar».

En la otra punta de la Calle Ocho, a la altura del numero 5840, se encuentra la Casa de las Guayaberas, la típica camisa de los cubanos que pese a su origen humilde ha terminado por convertirse en una elaborada y cotizada prenda con su propia filosofía. A sus 85 años, Ramón Puig sigue al frente de su negocio, tomando medidas, cortando y presumiendo con fotos y recuerdos enmarcados de su relevante clientela que abarca toda la élite de Cuba hasta la revolución pasando por Ronald Reagan o incluso el Rey de España.

Un sastre con calle

Los modelos corrientes están fabricados en China pero Ramón es el sastre obligado de las guayaberas clásicas y exclusivas, en las que utiliza lino irlandés con buen gramaje y botones grabados con su nombre. El octogenario, al que el ayuntamiento de Miami no ha dudado en dedicar una calle, considera a Fidel Castro como «una desgracia, un cáncer que nos cayó a nosotros los cubanos». Lo que en su caso le supuso perder todo su negocio, salir de su patria en octubre de 1968 y batallar más de diez años en Miami hasta el éxito siempre con la ayuda de su mujer Juana María, a la que todos llaman Tita.

Ramón Puig confiesa que tiene su cementerio ya pagado en Florida y que solo le gustaría volver para pasear. «Cuba era el país más lindo del mundo, había amor, respeto, cariño, las mujeres eran bellas, no hacían falta papeles, bastaba la palabra dada, cuando el peso cubano llegó a valer más de tres dólares americanos, la isla era autosuficiente y los últimos modelos de automóviles llegaban antes a La Habana que a Miami».

Desviándose hasta el 2319 North-West de la Calle Segunda, se puede llegar a la humilde casa donde vivió el niño Elián González, milagrosamente rescatado tras el mortal intento de su madre de saltar hasta Estados Unidos a bordo de una improvisada balsa. Ahí residió durante los cinco meses de la gran batalla televisada entre el exilio y el régimen de Castro. La Administración Clinton terminó por devolver el niño a su padre por la fuerza. El hogar se ha convertido en algo a medio camino entre museo, altar y traumático escenario que Delfín González, uno de los exiliados tíos del niño, se encarga de mostrar a los interesados en contemplar, entre otras cosas, el armario más famoso de todo Miami, donde Elián y el pescador Donato Dalrymple intentaron resguardarse durante la incursión de agentes federales en junio del 2000 para cumplir con el retorno del menor a su pueblo natal de Cárdenas, en la provincia cubana de Matanzas.

Delfín nunca ha vuelto a tener contacto con Elián, que, según insiste su tío, no ha vuelto a sonreír como cuando estuvo con ellos. Estos días, el septuagenario Delfín recurre a su experiencia marinera para argumentar que, aunque lo que más le gustaría en el mundo es que terminase la dictadura castrista, «la noche está todavía muy oscura, vamos a esperar a que aclare porque sin luz no podemos ver el puerto».

POR PEDRO RODRÍGUEZ ENVIADO ESPECIAL A MIAMI