Desde Medio Oriente

HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITORAYER recibí correo del cineasta israelí Enrique Rottenberg, desde Tel Aviv. Escribe para decirme -para decirnos- que lo que pasa ahora en Medio Oriente es lo que, de un

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HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR

AYER recibí correo del cineasta israelí Enrique Rottenberg, desde Tel Aviv. Escribe para decirme -para decirnos- que lo que pasa ahora en Medio Oriente es lo que, de un modo general, pasa en Medio Oriente: «Estos son los huracanes nuestros -escribe-. Nunca sabes cuándo empiezan a formarse, ni por dónde pasarán».

Se trata de uno de esos correos electrónicos enviados a un grupo que se forma en torno a la sola voluntad del remitente, aunque en éste resulta posible adivinar un nexo más allá del de Rottenberg con cada cual. Al repasar la lista de destinatarios puedo reconocer algunos nombres que han tenido que ver con encuentros en La Habana o en Tierra Santa y alcanzo, también, a desvelar identidades escondidas tras una combinación cifrada de letras y números.

Mientras leo la crónica de Enrique, me recuerdo de cuando regresé de Colombia a La Habana con las manos vacías y de la manera en que Enrique, Gilberto y Lourdes Argibay dispusieron las cosas -el consuelo en forma de «no se pueden recalentar los spaghetti»- para que cicatrizaran las heridas bogotanas en una terraza de Miramar. No importa qué reales fueran esas heridas. Lo que importa es que alguien hubo que las envolvió en el vendaje de la conversación larga.

Sigo leyendo: «Lo que tienes claro es que cuando el humo de esta guerra se esfume, quedará todavía, a este lado de la frontera, un país herido». Remuevo la memoria. Otra noche en Jaffa. Una ciudad herida. Con el recuerdo de otros conflictos -del mismo conflicto- en las grietas de los muros, en las calles angostas. Con la memoria de lo que escribiera Rafael Dezcallar, a quien encontrara años antes en La Habana.

Esa noche de Jaffa estuvimos alrededor de una mesa. El mar enfrente. Lejos de La Habana, pero La Habana como música. La Habana como fondo. Y el paseo marítimo, breve y recortado, con los minaretes sobre el telón oscuro de la noche palestina, vuelto en la conversación y en la nostalgia, en el aroma de los mirtos, la curva del Malecón habanero. Faltaba Enrique, pero estaban su mujer, Ellah, Prats, el pianista, los Eitan y los Meisler. Y allí nos quedamos, en la terraza mínima, hasta que a la judía de Trípoli se le agotó el catálogo de verduras y pescados. Hasta que se nos terminaron las horas de vigilia. Hasta que caducaron, casi, las palabras o las ganas de hablar.

Al día siguiente, Prats, Josif y yo salimos muy de mañana hacia Jerusalén. A contemplar Haram-al-Sharif -el Monte del Templo- desde el Monte de los Olivos. A asomarnos al otro lado del muro y mirar el muro mismo. A caminar por la Vía Dolorosa. A visitar el Santo Sepulcro. A regresar al barrio armenio desde el barrio musulmán. A sentir las hojas de la Biblia en los poros del alma.

Continúo con la lectura: «Del otro lado de la frontera habrá patriotas que bailarán de alegría sobre un país destrozado». Las palabras de Enrique resuenan como si permaneciéramos en Judea: «Quedará todavía a este lado de la frontera, un país herido, pero seguiremos teniendo una cultura amplia y en nuestros restaurantes se comerá tan rico como en Madrid».

Esta noche no voy a estar en Jaffa, ni en la casa de Carmela Benachala, ni en la terraza de Miramar. Pero voy a pensar en Enrique Rottenberg, en Ellah, en los Meisler, en los Eitan y en todos los amigos que habitan el país herido. Y voy a escribir a Enrique para decirle que he recibido su correo y que le he oído decir, desde su refugio de Tel Aviv, que «nadie gana en Medio Oriente; sólo hay quien pierde menos».