Civilizar el dinero

Por Juan GARCÍA PÉREZ, S. J.
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En la Suiza de las cuentas míticas y el «secreto bancario» han lanzado una campaña con el lema «civilizar el dinero». El lema puede sonar a cinismo. En el billete de dólar americano se lee (¡todavía hoy!) In God we trust. Y en las monedas de cinco francos suizos la inscripción Dominus providebit (el Señor proveerá). En una época de capitalismo desenfrenado, ¿no tiene algo de sarcasmo esa mezcla de religión y dinero? ¿O siempre ha sido así y únicamente ahora se presenta al natural y sin disfraces?

El dinero, como toda moneda,tiene su cara. En sí no es ni bueno ni malo. Es un medio necesario para poder seguir viviendo. Nos da la posibilidad de satisfacer las necesidades más urgentes y de hacer frente a ciertos riesgos, entre otros la enfermedad y la vejez. Además es un factor civilizador. Sin un cierto grado de bienestar no se puede alcanzar una evolución, un nivel social humano, técnico, artístico, intelectual o incluso moral. Malvestir con harapos y dormir bajo un puente no permiten llevar una vida de persona humana.

Pero el dinero tiene también su cruz. El propio Galbraith decía que el estudio del dinero se oscurece adrede. Se echa mano de la complejidad para poder disfrazar mejor la verdad. Ya resulta curioso que en el encuentro de Davos hubiese que echar mano de fuerza pública, cortar carreteras y vías y convertir en rehenes a los habitantes de aquella ciudad para que hasta el selecto club de financieros no llegasen los gritos de la protesta contestataria. El dinero pone en la pista de salida para manejar abusivamente el poder. De ahí la denuncia de los profetas del Antiguo Testamento.

¿Qué es, por tanto, civilizar el dinero? Es liberarlo del empleo caprichoso y salvaje para ponerlo al servicio de todos. Es emplearlo de acuerdo con los principios de la justicia y de la solidaridad mundial. Es tener la valentía de responder a la interdependencia con la solidaridad. Michel Camdessus, antiguo Director del Fondo Monetario Internacional, subrayaba tres características: responsabilidad frente a las crisis, solidaridad con los países menos desarrollados y un nuevo sentido de ciudadanía mundial, que se tome en serio el desarrollo duradero. El dinero se puede ganar con honradez y emplear con moderación. Nos permite vivir y compartir. Nos proporciona espacios de seguridad. A nosotros toca convertirlos en espacios de generosidad. Pero esto nos obligaría a «civilizarnos». Y por ello un buen cometido para la Cuaresma civil sería: civilizar el dinero.