Tribuna

César Alonso de los Ríos, mucho más que un periodista, por Regino García Badell

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En la mañana de este martes, Primero de Mayo, ha muerto César Alonso de los Ríos. Al ponerme a escribir sobre él y sobre su intensísima vida me resulta especialmente difícil encontrar palabras para definirle y para describir su trayectoria vital e intelectual. Podría decir que ha sido uno de los periodistas españoles más brillantes, más insobornables, más valientes, más cultos y más originales de su generación. Quizás el más. Podría recordar cómo, desde su puesto de redactor-jefe, fue el alma de aquel «Triunfo», que, en los últimos años del franquismo, intentaba ser el órgano de la modernidad para todos los que queríamos un cambio en España. O cómo creó «La Calle» para que la izquierda española no cayera en dogmatismos y, mucho menos, en el servilismo ante los nacionalistas en que acabó cayendo y del que no se escapa. O cómo, ya en su madurez, colaboró en «ABC» con columnas que nunca dejaban indiferente a nadie. Pero César no fue sólo, con ser mucho, un periodista. Fue siempre un hombre absolutamente comprometido con los demás, y para decirlo sin complejos, con España y los españoles.

He tenido la inmensa suerte de haber sido su amigo y de haber estado muy cerca de él los últimos veinte años de su vida, y eso me ha permitido conocer hasta qué punto, como a su admirado Unamuno, le dolía España. La última vez que conseguí que bajara de su Pozuelo a Madrid para comer con unos amigos, en septiembre del año pasado, luego le acompañé tranquilamente a su casa. Hablamos, como era lógico en aquellas fechas, de la catástrofe que suponía para España el desafío de los separatistas catalanes. Pero César no se limitó a caer en los lugares comunes. Con una lucidez tan profunda como amarga, esa catástrofe la ligó a su propia biografía, que –hoy se me hace evidente- sentía que estaba acabándose. Venía a decir que el fracaso de España con los nacionalismos era también el fracaso de toda una generación –la que había protagonizado la Transición-, era el fracaso de toda la izquierda antifranquista –en la que él había ocupado un papel muy señalado-, y decía con inmensa tristeza que también era el fracaso de toda su trayectoria vital.

Yo, con cierta torpeza, creía que estaba haciendo autocrítica de su militancia en el Frente de Liberación Popular (que le llevó casi dos años a la cárcel en los sesenta) o después en el PCE, pero César me estaba queriendo decir algo más íntimo y profundo. Con un tono de confidencia y cierta solemnidad me dijo que su militancia política, su compromiso para conseguir que España y los españoles tuvieran más libertad y más prosperidad, no había empezado cuando en su juventud se unió al FLP, sino mucho antes. Me contó cómo, cuando tenía siete u ocho años, un día estaba con su padre en una nave que tenía en su Osorno natal y le preguntó por un cartel envejecido que estaba pegado en una pared en el que se veía un montón de manos que sostenían un mapa de España con la leyenda «España necesita muchas manos para levantarla» (o algo así). Ese cartel era un resto de un mitin que alguien de la CEDA dio en Osorno antes de las elecciones de febrero del 36. El padre de César era carlista reconocido, pero dejó aquella nave para que los representantes de las derechas dieran su mitin a los campesinos de la zona; y aquel cartel había sobrevivido hasta ese momento en que su padre le explicaba lo que significaba. Y César me decía, mientras volvíamos a Pozuelo, que pasó toda su infancia obsesionado con la idea de que debía poner sus manos a la tarea de levantar España. Me dijo más, me dijo que esa había sido la obsesión de toda su vida. Que en el fondo, cuando se metió jesuita al acabar el bachillerato lo hizo pensando en España.

Como cuando, años después, se salió de la Compañía, o como cuando empezó Derecho en Valladolid, o se hizo periodista, o se metió en el FLP, o se fue a la cárcel, o se metió en el PCE, o entró en «Triunfo», o creó «La Calle», o ayudó a acabar con el carrillismo, o colaboró con los socialistas y con Solana en el ministerio de Cultura, o fue girando hacia el PP precisamente por la tibieza –cuando no complicidad- del PSOE con los nacionalistas, o cuando escribió sus dos imprescindibles libros contra los nacionalistas. Yo, al escuchar, cada vez más emocionado, sus palabras, comprendí que aquel hombre, sin alharacas, me estaba confesando que toda su vida había estado marcada por la voluntad de hacer una España mejor. Si en la dictadura todo se había reducido a resistir testimonialmente, desde la muerte de Franco, él se había empeñado en influir en la política española y había tenido la oportunidad de hacerlo. Y, venía a decirme que, en estos momentos, con Cataluña partida por la mitad y España en estado de shock, le invadía una inmensa melancolía al constatar el fracaso de un régimen político que, en gran medida, es obra nuestra.

Así, en la hora de su muerte, creo que a César la palabra que mejor le definiría es la de patriota. Lo ha sido como nadie que yo conozca. Y creo que le gustaría.