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Uno de cada diez violadores sale a la calle sin rehabilitar

El tratamiento es voluntario, de caracter grupal y dura dos años, pero la mayoría de reincidentes no se somete a él

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Entre un 10 y un 20 por ciento de los agresores sexuales son reincidentes al salir de prisión. Son minoría, pero sus nombres evocan lo contrario: Félix Vidal Anido, el violador del estilete; Pablo García Ribado, el violador del portal; o Pedro Luis Gallego, el violador de La Paz. Todos salieron de la cárcel generando gran alarma social y, poco después, reincidieron. Ahora, en el antiguo barrio de Gregorio Cano, el violador de La Verneda, el mismo día de su puesta en libertad los vecinos repartían folletos informativos con su fotografía y decían sentirse un poco más inseguros.

Cano admitió en el juicio haber agredido sexualmente a 17 mujeres escudándose en el consumo de éxtasis y «speed». Tras cumplir 20 años de condena, Instituciones Penitenciarias alertada de su alto riesgo de reincidencia. El violador de La Verneda consumió drogas en uno de sus permisos, una condición que le impide mantener el grado de conciencia necesario sobre las consecuencias de sus actos, dice Prisiones. Incluso aunque se haya sometido al programa de rehabilitación de agresores.

Terapia grupal

Desde mediados de los años 90 existe un programa específico para tratar a los agresores sexuales encarcelados. En 2016, el último año del que hay datos, se llevó a cabo en 39 establecimientos penitenciarios y participaron un total de 416 internos. Cano fue uno de ellos.

El tratamiento dura hasta dos años y se aplica hacia el final del cumplimiento de la pena. En ese periodo, un grupo de entre 10 y 15 violadores y pederastas se reúne cada semana en una sala de la cárcel junto a uno o dos psicólogos. Son todos voluntarios. Se les clasifica en tres grupos en función de que su riesgo de reincidencia sea alto, moderado o bajo.

«En algunos agresores sexuales dos años de terapia grupal son suficientes, pero en otros no. Como regla general no es suficiente», asegura Rocío Gómez Hermoso, psicóloga forense de los Juzgados de Vigilancia Penitenciaria de Madrid. Sin cifras oficiales de reincidencia, la experta realizó un estudio en el que determinó que el 12% de los agresores sexuales delinquen cuando vuelven a estar en libertad, aunque en diferentes tipologías. En ocasiones se produce casi inmediato, como los cuatro meses que tardó el violador del estilete en volver a actuar tras salir en libertad. En otras, pueden pasar años, como han comprobado con horror en Francia hace apenas unos días, cuando una niña de 13 años fue violada y asesinada por un hombre que tenía antecedentes por violación de veinte años atrás.

Gómez defiende que es insuficiente que un programa de rehabilitación se desarrolle en grupo, aunque reconoce que algunos psicólogos penitenciarios deciden «por su propia voluntad» aplicar también terapias individuales.

Mejorar la autoestima

El protocolo que se aplica a los reclusos empieza por mejorar su autoestima, que crean que pueden cambiar, según recoge el profesor de Crimonología Santiago Redondo en el estudio «La violencia sexual». También se intentan corregir las interpretaciones erróneas que hacen de los hechos y de las mujeres. Es frecuente que crean que ellas deben someterse a los deseos de los hombres o que, aunque sean forzadas a tener relaciones sexuales, disfrutarán. Se trabaja su empatía con las víctimas, sus comportamientos violentos y, por último, se estudia cómo evitar una recaída. Deben identificar cómo empieza todo para poder frenarlo.

No obstante, quienes reinciden no suelen haber participado en el programa. «Este perfil de delincuentes sexuales con mayor probabilidad de reincidir suelen negarse a realizar el programa de tratamiento que se les ofrece en prisión y, si lo llevan a cabo, no suelen presentar una buena evolución en la terapia», explica Mertixell Pérez Ramírez, investigadora y secretaria general de la Fundación para la Investigación Aplicada en Delincuencia y Seguridad. Apenas el 14% de los agresores con alta probabilidad de reincidencia se apuntan al tratamiento.

Entre quienes lo reciben, la tasa de reincidencia disminuye, explica Pérez Ramírez, también miembro del Instituto de Ciencias Forenses y Seguridad. Y aporta dos cifras: pasan del 20% de reincidencia –estimación de investigaciones internacionales y nacionales–, al 4%, según un estudio realizado en España por Santiago Redondo. Pero pese a los «buenos resultados», siempre «queda un pequeño reducto de agresores sexuales de alto riesgo que parecen ser resistentes a la terapia», reconoce. Normalmente violadores múltiples.

El problema de la reincidencia, según la psicóloga forense Rocío Gómez, radica en que la anomalía sexual no se trata. «Hay que evaluar si existe una patología concreta, si se actúa por carencias, por deseo de agresión, qué es lo que le gratifica. Y eso no se puede tratar en grupo, sino d e forma individualizada», asegura.