Berlín, la capital del siglo XX
Caída del Muro / ABC

Berlín, la capital del siglo XX

RAMIRO VILLAPADIERNA | BERLÍN
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Como Marlene, como Roth, como Benjamin, el Príncipe de Asturias ya tiene para siempre «una maleta en Berlín», que es la experiencia de quienes vivieron la capital que mejor ha encarnado el siglo XX y, aunque huyan de su magnetismo, siempre se prometen regresar.

En el vigésimo aniversario del levantamiento popular que se encaró al régimen comunista y derribó el muro de Berlín, reunificando Alemania y, con ello, a Europa, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia hace singularmente honor a su adjetivo reconciliador.

Pocas capitales del mundo tendrán una historia tan tangible como Berlín, una ciudad que no es para venir a pasear sino para experimentar la avasalladora historia de un siglo y sus contradicciones. Al paso de las calles es difícil no ser consciente de la fuerzas que han dimanado de ella y han dado forma, no sólo a esta capital, sino a las ideologías y las tragedias del último siglo. También a su más rabiosa y desacarada modernidad, desde el «Metrópolis» de Fritz Lang a la capital europea de la cultura gay.

Ciudad por excelencia del salón literario de Bettine y Arnim von Arnim, de hugonotes y exiliados como Theodor Fontane y Joseph Roth, de pensadores «prisioneros del viejo y el nuevo mundo» como Walter Benjamín, de cabaretistas y poetas revolucionarios como Kart Tucholsky o Berltolt Brecha, de la Alexander Platz de Alfred Döblin, de Fassbinder, de los niños drogadictos de la estación del Zoo y Christine F. y del «cielo sobre Berlín» de Wim Wenders.

Fue centro de las vanguardias a principios de siglo y terminó como un poblachón aislado, de ancianas viudas, estudiantes eternos y pintores de rebajas. Su extraterritorialidad no es nueva: Joseph Roth escribía que «esta ciudad existe fuera de Alemania, fuera de Europa, es su propia capital» usurpa a todos y no necesita de nadie, pero se confesaba incapaz de sustraerse a «su historia inorgánica, su crecimiento maniático, su estética indiferente, su modenidad racheada»; como decía escribió Anneliese Bödecker, «es fea, desagradable y fría, y sus gentes ariscas, pero en realidad me dan pena quienes pueden vivir aquí».

Muro de «protección antifascista»

Varios muros señeros recorren la espina de la historia alemana, empezando por la pared romana de contención germánica, la muralla prusiana para que los berlineses no huyeran del reclutamiento o éste llamado con descaro muro de «protección antifascista» y cuyo paso más famoso, el Check Point Charlie, es lo más colorista y visitado. Berlín aúna un pasmoso sentido de libertad, con una sensación de amnesia, revisada con preocupación: miles de alemanes visitan anualmente estos pedazos de muro, como si fuera el suyo de las lamentaciones, en parco homenaje a cuantos arriesgaron su vida por huir del experimento social marxista.

La canciller Angela Merkel es un símbolo de muchas cosas, pero sobre todo del reencuentro de las dos Alemanias. Para Rainer Eppelmann fue cofundador del partido Resurgimiento Democrático, del que Angela Merkel fue la primera portavoz, «está claro que queda un largo camino para superar todas las diferencias» y, este pastor protestante, ex diputado, ex ministro y ex preso político dice que el ciudadano del Este es como «un hombre mayor que vive intentado olvidarlo todo».

Sobre la nostalgia del Este, Eppelmann reconoce que siempre hay a quien «le gusta pensar en su pasado y ése era la RDA, con el tiempo se tiende a idealizar las cosas... pero los datos siguen ahí, los más de cuatro millones de desplazados, los cientos de muertos, los presos políticos...». Pero es gente que «fue socializada en una dictadura y eso no es algo que se supere»; sin embargo, mientras ellos olvidan, lo que le importa a Eppelmann es que «los jóvenes recuerden».