Ángel García: «La mayor parte de los niños de Argentina van a quedar tocados para toda la vida»

Acaba de llegar de Argentina, donde pasó las Navidades con los niños desnutridos de Tucumán. Ahora va a llevar regalos a más de 100.000 personas mayores, «que también creen en los Reyes Magos». El padre Ángel, presidente y fundador de Mensajeros de la Paz no para. ¿Su próximo objetivo? Irak

JESÚS BASTANTE
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-Este año no ha pasado las Navidades en su casa, con su familia. Se ha ido algo más lejos...

-He estado en Argentina, en Tucumán, donde he celebrado la Navidad en un hospital con los niños rotos, esos que salen desnutridos en las fotos y cuya realidad es peor de lo que nos cuentan. Más del 80 por ciento de la población pasa hambre, y debemos darles de comer. En estos meses hemos inaugurado 4 comedores, y colaboramos con más de 60, pero aun así la mayor parte de los niños de Argentina van a quedar tocados para toda la vida.

-¿Cómo está funcionando la ayuda que llega desde España?

-La ayuda está llegando. En la actualidad estamos ayudando a más de 100.000 niños, y podemos decir que los niños de Tucumán y de toda Argentina están recuperando la sonrisa y la esperanza. Pero la miseria es tan grande que las ollas de los comedores están vacías, rebañadas.

-La situación en Argentina, ¿tiene solución?

-Creo que hay esperanza de que se termine con el problema, que existe desde hace tiempo, y no sólo en Argentina. El presidente de Brasil acaba de decir que su objetivo es que sus compatriotas coman tres veces al día. Cuando uno observa esa pobreza, se conforma con eso. En Argentina, gracias a la solidaridad de muchos españoles, no tanto de los organismos oficiales, que todavía no han vibrado ante esta situación, se puede solucionar el primer problema, el del hambre. Pero queda mucho por hacer.

-También ha viajado recientemente a Irak. ¿Qué es lo que ha encontrado?

-He visto las consecuencias de las guerras, donde, como siempre, pagan los más desfavorecidos, los niños: casi todos están infectados de cáncer. He visto los hospitales, las residencias de los ancianos... Por no tener, no tienen ni los medicamentos más elementales. Irak es un pueblo roto, un pueblo triste, con una amenaza. Tenemos que parar esa guerra, no podemos quedar impasibles. Sé que políticamente es muy difícil hacer una valoración, pero humanamente no se puede tolerar la amenaza de una invasión. Estamos ante una guerra en la que pueden morir miles de inocentes. Yo no quiero que muera nadie, pero aún menos los niños y los ancianos.

-Desde los inicios de Mensajeros de la Paz, en los años 60, se ha involucrado especialmente con las personas mayores. ¿Por qué?

-Porque son los más débiles. Ahora, ante la llegada de los Reyes Magos, hemos gritado que los mayores también creen en ellos. Este año vamos a llegar a más de 100.000 ancianos. Algunos de ellos lo que necesitan no son regalos, sino que alguien les dé un poco de cariño, que las familias se acuerden de sus mayores y les encarguen los Reyes.

-¿Por qué este abandono a las personas mayores?

-Tenemos que recuperar el respeto hacia nuestros mayores: estamos comenzando a despreciarles porque no son productivos o no tienen dinero. Algunos mueren y nadie se da cuenta hasta tres o cuatro días después. Y ésta no es una cuestión de las instituciones, es un problema de la sociedad. Tendría que estar penado que alguien muera y sus vecinos no se enteren. Nos hemos vuelto un poco insensibles, aunque también existe mucha más solidaridad, véase Galicia o Argentina.

-¿Cuál es el «secreto» de su éxito?

-El secreto es creer en lo que haces. Hay que creer en Dios y en los hombres, sin miedo a que te utilicen. Estoy convencido que no hay personas malas, aunque sean políticos u obispos. Si le tocas el corazón, ves que lo tienen como nosotros. El secreto está no sólo en querer a la gente y dar la vida a los demás: también hay que dejarse querer.

-¿Qué le ha pedido a los Reyes Magos?

-Les he pedido que no se llegue a invadir Irak. Creo que el mayor regalo de Reyes es que no haya armas, ni bombas atómicas, ni muerte... La gente de buena fe no puede acostumbrarse a la muerte. A veces, y lo he visto, ves cómo alguien muere y no le llora nadie. Observar eso te da fuerzas para seguir trabajando.